Traducción de Alba Nerea Borja Pagán. Salamandra. Barcelona, 2026. 432 páginas. 23 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por David Lorenzo Cardiel
Aunque cueste creerlo, Suecia fue un reino capaz de sumarse a esa guerra mundial nunca reconocida que fue la Guerra de Sucesión española y ganarle varias manos a Polonia-Lituania y a la Rusia de Pedro el Grande, pero así, como por arte de magia, un siglo después, en el diecinueve, quedó convertida en fanfarria. La población, profundamente campesina, con las ciudades hanseáticas convertidas en adendas de los nuevos Estados burgueses postnapoleónicos, habían convertido a la vetusta monarquía en un simple obstáculo en los designios de Prusia (futura Alemania), Rusia y, en ocasiones, Reino Unido, con su intervencionismo sobre el Viejo Continente, como pudo comprobarse durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero no iré tan lejos, porque la novela de la que escribo en este texto no lo hace. En el siglo XIX, las hambrunas, las epidemias y la falta de iniciativa política, sumado al desgaste de la guerra casi continua y a la vigilancia de los conatos revolucionarios liberales terminaron por empobrecer a la población sueca hasta el límite de la subsistencia. Suecia, Noruega y Finlandia fueron países terriblemente pobres y terriblemente atados de pies y manos. Sólo les quedaba permanecer unidos y jugar en equipo. Los tres, a su manera, salieron adelante, cada uno aprovechando sus circunstancias. Suecia comenzó a revertir su suerte un poco antes, con reformistas como Gripenstedt a la cabeza.
¿Cómo convertir un contexto casi de terror en la excusa para construir una novela mordaz, divertida, llena de pasajes memorables, en tanto a entretenidos y luminosos? El escritor y periodista Jonas Jonasson ha sido capaz de conseguirlo con esta maravilla de propuesta, El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina, ahora publicada en castellano por Salamandra.
El aguardiente bendito… parte de la simplicidad. Un granjero y una joven de mente ágil descubren la receta de un delicioso aguardiente que nadie parece conocer. No es un secreto que los suecos decimonónicos acostumbraban a pagar sus penas diarias con la bebida, así que el elixir de Algot Olsson y Anna Stina pronto se convierte en un negocio próspero, ridículamente abundante, tanto que la destilería clandestina se hace secretamente famosa mientras funcionarios, nobles locales y la propia casa real miran para otro lado.
Aquí es cuando la novela se vuelve hilarante por momentos. Jonasson no quiere contar una historia más de suecos, quiere hacer reír al lector contando algunos puntos oscuros del pasado cotidiano de sus ancestros desde una deformidad de mirada narrativa que convida la del propio Valle-Inclán. Por ejemplo, cuando el conde local y su hijo, oficial del ejército, se enfrenan a hidalgos, burgueses y campesinos por hacerse con el monopolio de aquel aguardiente que atraía riquezas y compraba lealtades. Eso sí, que nadie se lleve a error, porque Algot y Anna saben jugar en ese tablero que nunca quisieron, el de la supervivencia, por lo que hasta el final de la novela hay sorpresa.
La novela mantiene en todo momento un tono directo, jocoso y fresco, como si en vez de una obra de ficción su autor estuviese escribiendo una crónica para un periódico sobre un misterioso tónico espirituoso del siglo XIX de su país. Es su enfoque narrativo, junto con una destreza para las letras más que evidente, la que consigue que el libro se goce como pocas novelas que buscan la risotada en el lector he tenido en mis manos en los últimos años. El aguardiente secreto… se disfruta como lectura y como chanza. No por ello existe, casi de forma permanente, el hilo invisible del destino trágico. Y es que la vida humana, sin tragedia, no podría tener humor, y viceversa.
Les invito a probar este refrescante tomo de más de cuatrocientas páginas de gradación que —eso he podido comprobar— despierta el ánimo y agita los sentidos. Les recomiendo veinte páginas por día, o quizá cien, porque, qué sé yo, El aguardiente secreto de Algot y Anna Stina daño, lo que se dice daño, no va a hacerles. Todavía.