Alfaguara. Barcelona, 2026. 648 páginas. 23,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. El autor de “La España vacía” se interna, a caballo entre la novela y el ensayo, en la figura de la pintora Rosario Weiss, discípula ¿e hija? de Francisco de Goya
Por Rafael Fuentes
Sergio del Molino (Madrid,1979) es autor, entre otros títulos de Los alemanes, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2024, y de La España vacía (2016) un ensayo sobre la despoblación rural no solo recurriendo a las frías cifras, sino a través del cine, la literatura, la historia y la mitología popular para explorar los prejuicios mutuos entre los habitantes de los pueblos y de las ciudades, que tuvo una enorme influencia y sobrepasó el ámbito literario. Luego, siguió con el asunto en Atlas sentimental de la España vacía (2021) y Contra la España vacía (2021), donde trata de deshacer malentendidos y utilizaciones partidistas y aboga por una visión realista del campo, sin “romanticismos”, poniendo el acento en la necesidad de servicios modernos.
En La España vacía, Sergio del Molino se movía en el entrecruzamiento de géneros, seña de identidad de su producción. Ahora, en su última obra, la monumental La hija, el cruce se intensifica, si cabe, en un conseguido híbrido entre novela histórica, autoficción, Historia y ensayo, con un manejo de numerosas fuentes primarias y secundarias, que recoge y explica al final del volumen, permitiéndonos consultar varias obras para profundizar en la más que sugerente historia en la que nos sumerge La hija.
Ya desde su título, la propuesta se refiere a una figura real, Rosario Weiss, que, también pintora, acompañó en la Quinta del Sordo y en su exilio en Burdeos y fue ahijada y discípula de Francisco de Goya, especulándose si pudo ser su hija biológica, aunque oficialmente lo era de Isidoro Weiss, casado con Leocadia Zorrilla, que, para algunos solo su ama de llaves, mantuvo una relación sentimental con el genial pintor.
La hija se divide en dos partes diferenciadas. En la primera, titulada “Manuscrito encontrado de Juan Antonio Rascón (escrito en París el 12 de julio de 1878)”, toma la palabra Rascón, un personaje también real, que conoció y admiró a Rosario Weiss y escribió una sentida necrológica, considerada un documento fundamental sobre la artista, a la muerte de esta, con tan solo 28 años. En la novela, Rascón llega a París en 1878 para examinar unas pinturas que resultan ser las luego célebres Pinturas negras de la Quinta del Sordo, y esto le da pie a rememorar su juventud y su enamoramiento de Rosario Weiss. Aunque es verdad que las Pinturas negras se expusieron ese año en la Exposición Universal de la capital del Sena, este viaje de Rascón y su amor por la discípula de Goya no son hechos que acontecieran en la realidad, sino licencias de Sergio del Molino, que, sin duda, nos acercan al personaje de manera mucho más humana. A través de la voz de Rascón, conocemos la vida e inquietudes de Rosario, así como se nos describe la época española y francesa del siglo XIX. En esta parte el peso cae en la ficción narrativa.
En la segunda parte, titulada “Manuscrito encontrado de Sergio del Molino”, se nos sitúa en la actualidad y el narrador es el propio escritor madrileño, que nos cuenta su fascinación por “La atención”, autorretrato al óleo de Rosario Weiss, fechado en 1841, que se conserva en el Museo del Prado, donde la artista se representa a sí misma como Diana cazadora. “Desde el otoño de 2024 -confiesa Del Molino- vivo empadronado en la sala 62 A del Prado. Entro por la puerta de Jerónimos […] y avanzo sin demora hacia el objetivo único de mis visitas”. Estamos ante una escritura ensayística, con toques de autoficción, que examina el proceso creativo y repasa la vida y la obra de Goya y de su discípula y se pregunta, entre otras cuestiones, “¿por qué a algunos les enfada tanto la posibilidad de que Rosario sea la hija de Goya?”. Una Rosario a la que Del Molino siente como su contemporánea: “Al mirarla me encuentro con una contemporánea que podría cenar conmigo en una tasca de Madrid”.
Uno de los aciertos de La hija, es que no es una visión “arqueológica” o meramente histórica, sino que Del Molino se declara muy implicado, y consigue involucrarnos: “Me revela secretos sobre quién soy […]. No me habla de asuntos muertos, sino de mi propia vida, de mi propia bastardía, de las veces que maté yo al padre, de mi soledad y de mi propia búsqueda de interlocutor. Nos contamos quiénes somos como se lo cuentan dos amigos, y nos reconocemos en los temblores de la mano, en la inseguridad de no saber qué estamos qué estamos haciendo con la vida y con el arte -ella, a trazos; yo, con letras- y, al mismo tiempo en el arrojo de hacerlo sin miedo”.
La hija, encabezada con una estupenda cita de una carta de Goya a Martín Zapater (“No temo a brujas, duendes, fantasmas, valentones, gigantes, follones, malandrines, etc., ni ninguna clase de cuerpos temo, sino a los humanos”) es una reivindicación de Rosario Weiss, sobre todo como artista, pero también como mujer de talante liberal, y una denuncia del borrado a la que en buena medida se la sometió. Un “olvido” que hoy se está subsanando con un renacer del interés por su figura. Lo vemos en esta obra Del Molino, y en la publicación, casi a la par, de la novela histórica La hija de Goya, de Amelia Noguera, en el sello Funambulista. Lean las dos. Está claro que Rosario Weiss, con Goya y más allá, da para mucho.