Para el recuerdo del XC aniversario del inicio de nuestra guerra elijo La llama, de Arturo Barea (Badajoz, 1897; Faringdon –Reino Unido–, 1957) obra en la que, de prodigiosa y vibrante forma, vuelven a aunarse autobiografía e historia (en este volumen final de la trilogía La forja de un rebelde, la correspondiente al período 1935-1940). Junto a su honestidad política (Barea fue toda su vida un socialista rebelde «imposible» e «intratable», según propias palabras) e integridad, este autorretrato despliega otro atributo personal: el de haber vivido peligrosamente en nuestro país importantísimos acontecimientos y ser –tantas veces– su privilegiado testigo.
Convertido, al inicio de La llama, en un burgués arquetípico, casado, solvente padre de familia con empleo en la Oficina de Patentes de la calle Alcalá (no falta ni una amante: María), a Arturo Barea sentirse de izquierdas y militar en la UGT no evita el aburrimiento de una vida que percibe vacua. En su trabajo diario le indignan los abusos y sobornos por parte de grandes empresas, nacionales y extranjeras, para quedarse con patentes de relevancia.
Tras el asesinato de Calvo Sotelo, el ejército se levanta el 18 de julio de 1936 y el Gobierno pide a militantes de partidos y sindicatos que apoyen la República. El pueblo exige armas y Barea es ahora testigo de desmanes durante unos días de gran incertidumbre:
«Me senté en el balcón de casa sin ver la gente que pasaba por la calle o que se enracimaba en grupos, hablando a gritos. Traté de acallar el conflicto dentro de mí. Me era imposible aplaudir la violencia. Estaba convencido de la Iglesia en España era un daño que había que corregir, pero a la vez me rebelaba contra esta destrucción estúpida. ¿Qué habría ocurrido a la biblioteca del colegio con sus viejos libros iluminados, con sus manuscritos únicos? ¿Qué habría ocurrido a las salas de física y de historia natural, tan espléndidas, tan escasas en España? ¡Y toda la riqueza destruida en material de enseñanza!».
En la Casa del Pueblo, aprovechando su experiencia como soldado reclutado para la guerra con Marruecos, enseña a los obreros a montar y a desmontar un fusil y a disparar con él. Poco después, Arturo Barea reporta el asalto al Cuartel de la Montaña desde el vigor periodístico y el nervio narrativo. A fuego quedan marcadas las páginas que muestran, fuera de sí, a la masa iracunda bombardeando con un solo cañón los flancos de la fortaleza. Tras la violenta entrada y muerte de todos los militares, los asaltantes consiguen hacerse con 5.000 pistolas Astra calibre 9 mm (pero sin munición alguna que las haga útiles).
«Eché una ojeada al salir del cuarto de banderas, abierto de par en par. Estaba lleno de oficiales, todos muertos, yaciendo en una confusión bárbara, unos con los brazos caídos sobre la mesa, otros sobre el suelo, algunos sobre el cerco de las ventanas. Algunos de ellos eran muchachos, casi niños. Fuera, en la explanada, bajo un sol deslumbrante, yacían cientos de cadáveres. En los jardines todo estaba quieto».
Todos los partidos políticos, además de su batallón de milicianos, tienen su propia policía, su prisión con ejecutores propios y un lugar especial para las ejecuciones. Oficiales leales a la República se lanzan a la tarea de construir un ejército, pero las pocas armas pertenecen al Ministerio de la Guerra y este solo las entrega a milicianos con la condición de que acepten su mando.
El ejército rebelde del general Mola es rechazado más allá de Villalba, pero el entusiasmo por esa victoria carece de una compartida adhesión: se ha certificado cómo cada batallón miliciano, anarquista o comunista, va a lo suyo. Los bombardeos sobre la población civil empiezan a causar considerables destrozos y matan a mujeres y niños. Partidarios de Franco, los tristemente célebres «pacos», disparan a la población desde balcones y buhardillas. A cambio, se fusila en masa a sospechosos de simpatizar con los nacionales…
«Había un individuo en el corro a quien yo no había visto nunca. Olía a gasolina y tenía ojos grises, fríos, y labios delgados. Dijo:
–Mejor lo hemos pasado nosotros. Hemos hecho una limpieza.
–¿Has estado cazando fascistas por los tejados?
–Eso es para los chicos. Nosotros hemos estado despachando billetes para el otro barrio en la Casa de Campo. Billetes de ida sólo. ¡Cómo corderitos! Un tiro en la nuca y en paz. No tenemos muchas municiones para gastarlas. –Mientras hablaba, su mano derecha subrayaba con amplios gestos cada frase. Me corrió un escalofrío a lo largo del espinazo.
–Pero eso es cosa del Gobierno, ¿no?
Se me quedó mirando con sus ojos sucios:
–Compañero, el Gobierno somos nosotros».
Tras pasar por la checa del Círculo de Bellas Artes las matanzas en la Casa de Campo crecen, algo que no deja de indignar a Barea: «Tenía que encontrar a mi pueblo. Esta carroña había que barrerla antes de que infestara todo. Necesitábamos un ejército». El Partido Comunista inicia la formación de un ejército organizando el 5º Regimiento como cuerpo articulado y disciplinado.
Unos conocimientos básicos de inglés escrito y su alto nivel de francés resultan útiles para que el Ministerio de Estado se fije en Arturo Barea. Destinado al departamento de prensa, Luis Rubio Hidalgo, jefe de la Sección de Prensa y Propaganda, le pide incorporarse como censor de los telegramas y conferencias telefónicas que los corresponsales extranjeros mandan a sus periódicos. Es enviado al edificio de la Telefónica con horario nocturno de doce a ocho de la mañana y sueldo de 400 pesetas. Su jefe, que nunca será de su agrado, es hombre de confianza de Julián Álvarez Vayo, ministro de Estado. Los socialistas Largo Caballero e Indalecio Prieto son ahora, respectivamente, el presidente del Gobierno y el ministro de la Guerra.
Barea dispone de un pase para circular por Madrid libremente, pero su carné de la UGT le resulta más útil. Al Comité Obrero de la Telefónica anuncia que ha llegado para censurar los despachos de los reporteros internacionales. Allí se sospecha que todos los periodistas apoyan al ejército franquista.
La Oficina de Arturo Barea está en el piso quinto y es un cuartucho mal iluminado. A sus órdenes tiene otro censor, que poco durará, el ordenanza y un ciclista para los recados. En el cuarto piso está la sala de periodistas. Además de publicaciones, se censuran también las conferencias con París y Londres (pueden cortarse, a conveniencia, con un conmutador). El inglés es el idioma más usado y los censores deben suprimir todo lo que no indique victorias del gobierno, cortando de cuajo aquello que despida aromas derrotistas.
Las constantes rendiciones republicanas excitan a los periodistas, que se las arreglan para pasar sus crónicas a los diarios en argots (como el slang) y burlar la censura. La República crea tribunales con juez y asesores para tratar de eliminar el temor de la caza del hombre. Barea se involucra en su trabajo: no quiere ni oír hablar de que la guerra esté perdida. Tras entrar en Toledo y liberar el Alcázar columnas nacionales amenazan Madrid. La gente huye en desbandada a la capital. Mujeres y niños son alojados en el sótano de Telefónica, donde la podredumbre y los destrozos alcanzan proporciones dantescas.
Tras la renuncia de su compañero, Barea, casi cautivo en la oficina, resiste como puede. Los periodistas dan como segura la caída de Madrid y él solo no alcanza a censurar todo. Se producen los primeros bombardeos sobre un Madrid hambriento y en tinieblas.
«Me veía a mí mismo, sentado allí, en la oscuridad, detrás del cono de luz lívida, trabajando a ciegas, cuando todo el mundo creía que yo sabía lo que estaba pasando. No sabía nada más que el anillo alrededor de Madrid se cerraba más y más y que no estábamos equipados para hacer frente a la amenaza. Era difícil sentarse quieto. Algunas veces, cuando pasaba al lado de un grupo de periodistas, ligeramente borrachos, que habían estado la noche entera tratando amablemente de engañarme –y posiblemente lo habían conseguido–, me entraban ganas de provocar una bronca con ellos. Lo que para nosotros era vida o muerte, para ellos no era más que una historia».
Antes de partir secretamente a Valencia, el Gobierno de la República ha dejado instrucciones escritas al general Miaja para negociar la rendición de Madrid con la menor efusión de sangre posible. Enterado del traslado gubernamental, Arturo Barea decide seguir trabajando en la Telefónica como si nada pasase, Las tropas rebeldes están fortificadas en la Casa de Campo. A la espera de que pronto alcancen la ciudad, el nerviosísimo es máximo en la Telefónica:
«Me encontré a los corresponsales en una excitación salvaje, esperando sus conferencias, pasando las últimas noticias de la lucha en los barrios extremos, ayudándose unos a otros si una llamada venía cuando el que la había pedido estaba ausente. Las mesas del cuarto de los periodistas estaban llenas de papeles, tazas sucias, jarras de café, bebidas de todas clases; todos los teléfonos parecían sonar al mismo tiempo y todas las máquinas de escribir pataleaban furiosas. Nadie hizo referencia a la marcha del Gobierno.
Desde la ventana de mi oficina oía, en la oscuridad de la calle, al pueblo marchando en busca del enemigo, chillando y cantando, automóviles disparados con las bocinas incansables; y en el fondo, detrás de los ruidos de la calle, los ruidos del ataque, disparos de fusil, de ametralladoras, de cañón, explosiones de morteros y de bombas. Me senté a censurar los despachos».
Se pelea cuerpo a cuerpo en la cárcel Modelo. Los nacionales han avanzado las posiciones próximas al centro, pero Barea espera una confirmación oficial de la conquista y pide al corresponsal norteamericano que no dé aún la noticia. «La Gran Vía, la ancha calle en la que está la Telefónica, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos». Al conocer que el gobierno ha llegado a Valencia, el Ministerio de Estado comunica a Barea que todo parece perdido. Madrid queda bajo mando militar. La junta de Defensa decide mantener la censura «mientras en dos o tres días cae Madrid», pero Madrid no se rindió el 7 de noviembre de 1936…
Escribe Arturo Barea: «Yo había entrado en la censura no como empleado del Estado, sino como un voluntario de la guerra contra los fascistas» y decide que la censura siga existiendo: «la prensa extranjera, nuestro contacto con el mundo exterior, no podía seguir recibiendo noticias sin control alguno, pero tampoco se podía silenciar». De la Junta de Defensa obtiene el mantenimiento del servicio cuando periodistas extranjeros han enviado ya despachos triunfalistas sobre la entrada de Franco en Madrid:
«Había telegramas, en clave, de embajadores y legisladores cuyo partidismo por Franco era indudable. Había radios para y de españoles con la dirección de embajadas extranjeras, donde estaban refugiados, cuyo texto dejaba ver claramente las más ingenuas combinaciones bajo simples mensajes familiares».
Barea reorganiza la censura de prensa extranjera con cinco empleados, aislados, sin instrucciones y escasa información oficial… Y sin demasiado interés de la Junta, obviamente centrada en detener el paseo militar de los rebeldes. El 8 de noviembre de 1936, en apoyo de Madrid, llega la Brigada Internacional entrenada en Albacete. Son extranjeros sin uniforme con armas modernas que demuestran bravura enfrentándose a su enemigo. Mientras las granadas caen en la Puerta del Sol, plaza Mayor y calle Mayor (a 300 metros de la Telefónica) los tanques y munición soviéticos son recibidos con esperanza. Estados Unidos parece dispuesto a vender armas a la República. «Esperábamos todos que, ahora, a través de la defensa de Madrid –¿qué mejor roto?– el mundo se enteraría al fin de por qué luchábamos».
El camarada Kolzov ordena a Arturo Barea ir al Comisariado de Guerra para ponerse bajo la autoridad de Álvarez del Vayo. Con Rubio Hidalgo, regresado de Valencia, discute los detalles del servicio y las reglas generales para la censura sobre cuestiones militares. Se organizan turnos de trabajo y Barea pide otro censor. Pronto le mandarán a alguien muy especial… La censura del ministerio se ha trasladado a la Telefónica para evitar a los periodistas sus diarios paseos a través de un Madrid salpicado de cañonazos.
A los veinte días del sitio y defensa de Madrid una bomba sobre la calle Hortaleza daña el edificio de la Telefónica. Se decide desplazar la oficina de censura a una enorme sala de consejo en el piso cuarto. Barea se encuentra en constante conflicto recibiendo órdenes dispares de Valencia, de la Junta de Defensa y del Comisariado de Guerra. Corto de personal, sin poder entenderse ante la avalancha de periodistas desbordados por una labor de frente de batalla, en un edificio que es punto de mira de todos los cañones que se disparan (y guía para los aviones que sobrevuelan el cielo de Madrid dejando caer su carga mortal), Arturo Barea está a punto del colapso físico y mental.
La llegada de Ilsa Kulcsar, austríaca políglota que se pone a disposición de su jefe, cierra los desencuentros de Barea con la esposa Aurelia y la amante María. Aunque asegura no quererla, él ha encontrado a su mujer: Ilsa. «En su mente simple, el ordenanza había visto claramente lo que yo aún no conocía con mi cerebro: que ella y yo nos pertenecíamos el uno al otro».
«Al día siguiente vino a la censura a que le diera un salvoconducto y tuvimos una larga conversación en nuestro francés convencional. Habló francamente de ella misma, ignorando o tal vez no enterándose de mi antagonismo: era una socialista austríaca con dieciocho años de lucha política detrás de ella; había tomado parte en la revolución de los trabajadores de Viena en febrero de 1934 y en el movimiento ilegal que siguió; después había escapado a Checoslovaquia y vivido allí con su marido como una escritora política. Había decidido venir a España cuando estalló la guerra. ¿Por qué? Bueno, a ella le parecía que era la cosa más importante para los socialistas que ocurría en el mundo y quería ayudar. Había seguido los acontecimientos de España a través de los periódicos socialistas españoles, los cuales descifraba con la ayuda de sus conocimientos del francés, del latín y del italiano. Tenía un grado universitario como economista y socióloga, pero por muchos años se había dedicado solo a trabajo de educación y propaganda en el movimiento obrero. “¡Buena pieza me había caído en suerte! ¡Revolucionaria, intelectual y sabihonda!”, pensé para mis adentros».
Surgen inmediatas diferencias entre Arturo e Ilsa a la hora de ejercer la censura. Ella cree que en sus informes al exterior, del aire real que se respira en Madrid no llega absolutamente nada. Nada de la tensión y la esperanza, del trabajo o del miedo: «Esta censura es de idiotas. Tachar lo que le podría servir de referencia al enemigo; eliminar noticias tendenciosas sobre el pánico; no dejar que se filtre una sola mención a derrotas o a discrepancias internas. Eso es lo esencial de sus instrucciones». Él asume que «al convertir nuestras derrotas en algo inexplicable nuestros éxitos perdían su importancia. Nuestros comunicados sonaban a ridículo, dando así a los fascistas una victoria fácil en su propaganda». Y Barea llega a la conclusión de que así, con este método de trabajo completamente ineficaz, tratando de conservar un prestigio que no se posee, pierden la posibilidad y ocasión de una propaganda efectiva:
«Los dos, ella y yo, veíamos con asombro que ambos queríamos la misma cosa, aunque nuestras fórmulas fueran diferentes y sus raíces de origen absolutamente distintas. Acordamos que trataríamos de convencer a nuestros superiores de que cambiaran sus tácticas, ya que para ello estábamos en una posición clave en la censura de prensa del Madrid sitiado».
El ejército rebelde está a las puertas, a dos kilómetros de la Gran Vía madrileña. A diario parten cientos de mujeres y niños en convoyes con destino a la costa levantina (entre ellos Aurelia y los hijos de Arturo Barea).
En el nuevo cuarto de la censura Ilsa Kulcsar se ha convertido en una leyenda viva. A los periodistas inspira confianza y respeto. Con su inglés fluido maneja la censura con imaginación y criterio, llegando a influir en la manera de pensar de algunos corresponsales extranjeros. Pero la irritación de estos no ha cesado ya que siguen sufriendo las restricciones impuestas a sus informaciones del frente. A pesar de los intentos de Ilsa, los militares republicanos dejan pasar lo justo. Y a ese periodismo solo le interesa «la propaganda cruda de izquierdas para lectores ya convencidos, o la propaganda de derechas que asuste, en forma de fantasma amenazador, a sus burgueses lectores».
Ilsa vuelca sus esfuerzos sobre las Brigadas Internacionales, que con sus hazañas bélicas llenan primeras planas del Daily Express o del Paris-Soir. Esto enfada a Arturo Barea porque parece que solo los brigadistas sean los salvadores de Madrid: «me parecía injusto que se olvidara al pueblo de Madrid, a los soldados improvisados del frente de Carabanchel, del Parque del Oeste y del Guadarrama, simplemente porque no existía una propaganda organizada que los mostrara al mundo».
La destrucción de la población y la incomprensibilidad ante tanta barbarie minan a Barea, cada vez más inseguro durante el cotidiano trabajo de censurar y restringir despachos. El 6 de diciembre de 1936, «sintiéndome como un desertor dispuesto a lanzarme a una batalla peor aún», abandona Madrid rumbo a Valencia para aclarar su situación laboral. El reencuentro con su mujer Aurelia es frío y solo se queda a pasar la noche con ella por sus hijos. Pero la situación es insostenible y el matrimonio es solo ya una ficción.
Nada más ser nombrada jefa de la oficina de censura, Ilsa Kulcsar se desplaza a Valencia. Acusada de trotskista por un insignificante periodista centroeuropeo, allí se defiende y es rápidamente creída. El reencuentro entre Arturo e Ilsa se despliega entre románticas cenas y paseos por las playas levantinas. Han decidido volver a Madrid tras este breve paréntesis y proseguir su trabajo en Censura.
Ilsa Barea-Kulcsar
Ambos pretenden trabajar en armonía, y no en oposición, con los conductos oficiales del Departamento de Prensa. Arturo Barea recupera su cargo de jefe de la censura de prensa extranjera e Ilsa Kulcsar queda como su segundo. Ello conlleva aumento de sueldo para ambos y hasta cama en un hotel de la Gran Vía. Los rebeldes han tomado Las Rozas y penetran por el borde noroeste de la ciudad. Apenas contenidos por las Brigadas Internacionales, Arturo e Ilsa oyen «el rugido creciente de la batalla durante nuestras horas de trabajo, y a través de las ventanas de nuestro cuarto en el hotel, durante las escasas horas de sueño».
«Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la tragedia. Era amargo pensar que yo era un entusiasta de la paz, amargo pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No podía cerrar los ojos y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a mi propio país, sin más finalidad que la de que unos pocos se hicieran los amos y esclavizaran a los supervivientes».
Las buenas relaciones entre el general ruso Goriev (agregado como consejero al Estado Mayor del general Miaja) e Ilsa Kulcsar fortalece la situación de la vienesa y cambia la opinión de algunos comunistas extranjeros que la consideraban indeseable por su posición crítica e independencia hacia ellos. Por esas fechas el matrimonio entre Leopoldo Kulcsar (consejero de la Embajada española en Praga) e Ilsa se rompe por petición del marido. Arturo también está decidido a divorciarse de Aurelia y dar por terminada su relación con María. Fuera de Ilsa ninguna otra mujer le interesa.
En febrero de 1937 tiene lugar la batalla del Jarama. Barea se persona en la primera línea de trincheras y ve al enemigo a escasos cien metros: moros, falangistas, legionarios, italianos, un puñado de alemanes y reclutas de la vieja Castilla. En la Alcarria tiene lugar la ofensiva italiana del Corpo Truppe Volontarie (soldados enviados por Mussolini): sus tanques arrollan Brihuega y Trijueque y se sitúan ante Torija, cerca de Guadalajara, buscando cerrar la carretera de Alcalá de Henares, esencial para Madrid por su comunicación con Valencia. Cazas soviéticos («ratas» y «moscas»), una unidad anarquista y los italianos del batallón Garibaldi (batallón que luego dará nombre a la XII Brigada Internacional) dan vuelta a la situación, recuperando Brihuega y Trijueque. Además, como preciado botín, se hacen con los documentos del Estado Mayor enemigo. Mil italianos que pelean a favor de Franco son hechos prisioneros.
La victoria de Guadalajara se convierte en un reclamo propagandístico para la República. Madrid no está tan aislado. Llegan los primeros visitantes extranjeros. Ernest Hemingway y la rubia periodista norteamericana Martha Gellhorn dan glamur al hotel Florida, donde corre el dinero y se citan las mujeres fáciles. Se rueda la película Spanish Earth. Marzo de 1937: el Madrid «heroico». Por fin una época de poco trabajo para Censura que Arturo Barea (ya divorciado) aprovecha para mostrar a Ilsa la ciudad y llevarla a la Cava Baja y a rincones típicos con fuentes y plazuelas. Desde el Viaducto, observando los cerros de la Casa de Campo, el enemigo parece lejano...
A Arturo Barea tratar con políticos extranjeros le contraría. Ver desde una ventana de la Telefónica cómo las bombas sobre la Gran Vía –«la avenida de los obuses»– despedazan a peatones (entre ellos el portero del edificio) y saberse solo («tenía que trabajar y no tenía derecho a mostrar nerviosismo o miedo») le crea un humor muy sombrío que sufre Ilsa. El edificio de la Telefónica está muy dañado: no puede resistir mucho tiempo y el 1 de octubre la Oficina de Prensa Extranjera y Censura regresan al Ministerio de Estado, a ese palacio en la plaza de Santa Cruz tan próximo a la plaza Mayor.
Destrozado en su habitación de hotel, Arturo no colabora en trasladar los documentos importantes al ministerio (labor que hacen Ilsa y Agustín, cuñado de Barea). Justo el día después de haber dejado definitivamente la Telefónica, un obús penetra por una de las ventanas de la desierta oficina explotando sobre la mesa central donde todas las tardes Ilsa se sentaba a trabajar.
Un médico receta opio a Barea para dormir. Sueños angustiosos y sudor frío revelan su agotamiento. Tras conocerse los sangrientos enfrentamientos entre antifascistas en Barcelona, Arturo Barea siente que es imposible ganar la guerra. Pero es necesario seguir: «Si quería seguir luchando contra mis nervios y mi cabeza, tenía que hacer algo más en esta guerra que simplemente vigilar la censura de las noticias para unos periódicos que cada día eran más indiferentes. Seguí escribiendo y comencé a hablar por radio».
«Fue la primera vez que hablé por un micrófono. En el cuarto estrecho que se había convertido en estudio se apiñaba el personal de la estación y la guardia del edificio, y pude ver que los había emocionado. Yo mismo tenía un nudo en mi garganta y el sentimiento de que se había confiado en mis manos una fuerza inmensa. Dije al Comité Obrero que cada día daría una charla después de las noticias para América Latina a las dos y cuarto de la noche. El locutor me había anunciado como introducción a la charla como Una Voz Incógnita de Madrid y esto es lo que quería seguir siendo: aquél sería mi nombre en la radio».
Barea brinda sus alocuciones de La Voz Incógnita de Madrid en una emisora de onda corta bajo el férreo control de un delegado del gobierno. Negrín es el nuevo presidente del Gobierno, y Prieto limpia a fondo y reorganiza el Estado Mayor. Tiene lugar la batalla de Brunete cuya brutalidad impresiona a Arturo Barea: «En las noches, un día tras otro, gritaba en el micrófono lo que sentía», Tanto él como Ilsa están desfondados: «nos habíamos convertido en meros supervivientes de los días iniciales de la revolución, ya que habíamos fracasado en adaptarnos a los cambios sufridos por la administración».
Ilsa Kulcsar no está dispuesta a entregar su independencia de juicio y sus maneras antiburocráticas, pero empieza a convencerse de que «para nosotros ya no había sitio y que habíamos ido más allá de nuestra posición». La implacable censura de Prieto se hace notar. Arturo e Ilsa, con el consentimiento de Miaja, regresan a Valencia para darse otro respiro.
A su vuelta, Barea ha dejado de ser empleado del Ministerio de Estado. Se ha nombrado a una mujer jefe de la Censura y del Departamento de Prensa. Para seguir como censor de la radio de Madrid, y responsable de la estación de onda corta, él solo cuenta con un dubitativo apoyo de Miaja, que no es ya gobernador civil. Arturo e Ilsa perciben con crudeza el odio que siempre les ha tenido el Partido Comunista: «Nosotros éramos herejes, peligrosos, como si tuviéramos lepra». Ilsa Kulcsar vuelve a ser acusada de trotskista y espía, y teme ser arrestada y expulsada de España. Arturo Barea sabe que correrá igual camino. Temeroso de que a Ilsa le den el «paseo», él consigue que le pongan escolta. Paradójicamente, el encargado de cuidarla resultará ser un capitán comunista.
De Valencia llega el nuevo censor responsable de la radio, un alemán puritano e inquisidor que se carga de un plumazo las emisiones de La Voz Incógnita de Madrid (a pesar de su indudable éxito en España y en Latinoamérica). El cuñado de Arturo y un sacerdote católico amigo convencen a la pareja para que abandone Madrid. En otro noviembre, tan diferente de aquel en que se conocieron hace un año, salen para Alicante, donde los espera la madre del cura para darles cobijo. El padre Lobo ha avisado a Ilsa:
«–Ahora escucha la verdad, Ilsa. A ti no te quieren aquí. Sabes demasiado, conoces mucha gente y haces sombra a los otros. Eres demasiado inteligente y aquí no estamos acostumbrados a mujeres inteligentes. Tú no puedes evitar ser como eres, así que te tienes que marchar; y te tienes que llevar contigo a Arturo, porque te necesita y porque os pertenecéis uno al otro. En Madrid ya no podéis hacer nada bueno, como no sea el estaros quietos sin hacer nada como ahora, y ¡aun así! Pero esto no es bueno para ti, porque tú quieres trabajar. Así que marcharos.
–Lo sé –replicó Ilsa–. La única cosa que ahora puedo hacer por España es no dejar a la gente de fuera convertir mi caso en un arma contra el Partido Comunista, no porque yo no quiera a los comunistas, que no los quiero aunque haya trabajado con ellos, sino porque esto sería un arma contra España y contra Madrid. Es por lo que me estoy quieta y no muevo un dedo por mí y por lo que digo a mis amigos que no hagan escándalo. ¡Tiene gracia! La única cosa que puedo hacer es no hacer nada».
Sobre Barcelona, en febrero de 1938, aviones italianos dejan caer sus bombas, alcanzando al hotel Ritz, donde Arturo e Ilsa están alojados. Ilsa gana algo de dinero traduciendo a delegaciones inglesas y a periodistas. Arturo batalla contra su destrucción mental y vomita por cualquier cosa. Solo la catártica redacción de los relatos de su primer libro, Valor y miedo, lo libra de la locura.
Arturo e Ilsa, que han comprendido que ya nada tienen que hacer en Barcelona, consiguen con dificultad los visados que les permitan cambiar de aires. Una semana antes de dejar Barcelona y España para siempre, Arturo Barea e Ilsa Barea-Kulcsar se han casado legalmente ante un juez catalán.
En París él empieza la redacción de La forja, primera parte de La forja de un rebelde. El pacto de Munich entre Hitler y Stalin acaba con las pocas esperanzas de la España republicana: «Ningún país de Europa movería un solo dedo para ayudarnos contra Hitler y sus amigos españoles», sentencia un desencantado Barea.
Mientras tiene lugar la larga batalla del Ebro, último gran esfuerzo de la República para no perder la guerra, la hostilidad de Francia hacia los republicanos españoles obliga a Arturo e Ilsa a huir de nuevo. Su destino ahora es Inglaterra. Logran arribar a un barco milagrosamente. En paralelo, miles de españoles, una vez caída Barcelona el 26 de enero de 1939, son apilados en campos de concentración franceses. Hasta el 1 de abril, fecha oficial de la victoria rebelde, restan solo dos meses de guerra.
Leyendo a Arturo Barea, recibiendo sus testimonios en La llama, pronto se advierte que las simpatías partidistas, las posiciones ideológicas ante el conflicto fratricida, han quedado en segundo plano.
Porque lo que esa voz en primera persona testimonia, desde una experiencia y un conocimiento hermanados con el humanista pensamiento de Albert Camus (creo que Barea y Camus comparten –además de un estilo literario tan preciso y eficaz como poético– una similar forma de posicionarse ante la vida y la muerte, ante la paz y la guerra); lo que la valiente voz de Arturo Barea transmite –digo– es su preocupación por las exaltadas actitudes políticas del hombre, por su posición en épocas radicalizadas y violentas, por su comportamiento durante una guerra concreta, la nuestra; pero, sobre todo, en La llama Barea ha vertido su fe laica en una España mejor, obligada a materializarse para que sobre su suelo imperen la libertad, la igualdad de oportunidades y la justicia democrática –unos ideales tan socialistas como cristianos.