El ex-presidente Zapatero bien puede ser considerado como un perfecto fariseo: sublimes palabras y sórdidos hechos en la misma persona.
Sublimes palabras: ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho.
Sórdidos hechos: 1.300.000 euros en joyas en la caja fuerte de su despacho y no declaradas a Hacienda.
Zapatero fue el impulsor de la famosa Ley de Memoria Histórica. No puede sorprender que se cumpla aquí el refrán de tal palo tal astilla.
Sublimes palabras: El espíritu de reconciliación y concordia.....Así empieza esa ley.
Sórdidos hechos: remover las tumbas de los muertos en la Guerra Civil.
Lo anterior invita a buscar honradamente el verdadero sentido de palabras tales
como reconciliación, concordia, olvido, perdón, etc. O sea, a saltar por encima de las
burdas trampas de los fariseos, antiguos y modernos.
La Axiología sitúa perdonar y pedir perdón entre los valores religiosos. No son
acciones que se refieran a Dios de modo inmediato. Se trata de relaciones entre seres humanos. Pero claramente no son valores éticos, ni estéticos. Por eso los denominamos religiosos, o si se prefiere, ascéticos.
No son éticos, porque perdonar y pedir perdón no son un deber-ser que podamos cumplir sólo con una decisión de nuestra voluntad. El perdón y el arrepentimiento tienen que ser sinceros, auténticos, salir del corazón. Luego la voluntad podrá hacer suyos esos sentimientos meramente emocionales, y elevarlos al nivel de lo espiritual. Pero no antes. La materia prima del perdón y el arrepentimiento no la crea la voluntad; la recibe del corazón, o más exactamente de la psique estrictamente humana. Los animales no perdonan ni se arrepienten.
Perdonar y pedir perdón tampoco pueden situarse en el ámbito de lo estético. Porque no se trata de algo agradable, sino por el contrario molesto, antipático, duro y costoso . No se siente placer por perdonar, y aún menos por pedir perdón. Quizá podamos sentir paz en la conciencia, pero no propiamente placer.
Dicho esto, examinemos la importante relación entre olvido y perdón.
Cuando Dios perdona al verdaderamente arrepentido, devuelve la inocencia. Todo queda al final como si el pecador no hubiera sido responsable de su pecado. Su culpa desaparece en la nada. Digamos que, cuando Dios perdona, olvida a la vez al 100%.
Obviamente el perdón humano no llega a tanto. No somos capaces de modificar el pasado. Dios puede hacerlo, porque es eterno. Ante El, el pasado está en presente y puede actuar sobre él. Con todo, el modelo a imitar será siempre el perdón divino. Hacer todo lo posible por olvidar la ofensa recibida, aunque sea dentro de las limitaciones humanas. Y si posible fuera, olvidar al 100%, como hace Dios.
La frase perdono, pero no olvido, tal como es usada corrientemente, sugiere que no se acaba de perdonar del todo. Quizá se renuncia a la compensación de los daños, pero si el ofensor era un amigo, jamás se volverá a la amistad de antes. Nunca olvidamos del todo. Digamos que los mejores alcanzan, como mucho, un 50%.
En resumen, perdonar implica hacer todo lo posible por olvidar las ofensas recibidas, independientemente de que lo consigamos más o menos. En todo caso, nuestro perdón será tanto más sincero y genuino, cuanto mayor sea nuestra capacidad efectiva para olvidar. El olvido de la ofensa pasada es lo que mide en la práctica la sinceridad del perdón. Perdono y quiero olvidar denota una actitud mucho más noble y digna que el habitual perdono pero no olvido.
Lo contrario del olvido es el rencor. Cuando ni siquiera se intenta olvidar las ofensas recibidas, lo que queda en el corazón es el poso de los sentimientos más torturantes y deprimentes: resentimiento, ansía de desquite, deseos de venganza, revanchismo, odio nunca extinguido, etc. La RAE (21ª ed) admite la poco usada palabra reconcomio, que sugiere precisamente ese poso negro en el alma, esa letal mezcla de amargura, rabia y frustración.
Por eso es contradictorio, además de irónico y sarcástico, que la Ley de Memoria histórica empiece invocando el espíritu de reconciliación y de concordia, que hizo posible la transición hacia la democracia. Sin duda existió entonces tal grandeza de ánimo, incluso en el Partido Comunista. Pero justo ese espíritu de reconciliación y concordia es lo que ha quedado destrozado con la Ley de Memoria Histórica.
Digamos que los políticos de la Transición consiguieron olvidar los desastres de la Guerra Civil al 50%. Pero Zapatero y los que piensan como él olvidan el pasado al 0%. O dicho al revés, el rescoldo del rencor está vivo en sus corazones al 100%. No puede ser más elocuente el mismo título de la ley: Memoria histórica. ¿Cómo se puede perdonar, si de intento se fomenta el recuerdo de las ofensas pasadas?
Probablemente, las consideraciones anteriores pueden ayudar a entender mejor el mensaje que el Papa León XIV quiso mandar a los políticos españoles en su reciente discurso ante las dos Cámaras. Sabía perfectamente que se estaba dirigiendo a mentes envenenadas por la funesta Ley de Memoria Histórica. No olvidemos que Rajoy prometió abolirla en su campaña electoral, y luego no lo hizo. Hemos de considerarle como un fariseo de segunda, algo bastante más grave que el simple maricomplejines usado por Losantos.
Al final del discurso hubo un largo y unánime aplauso. Buena parte de los que aplaudían eran fariseos, de primera o de segunda. ¿Cómo calificar sus aplausos ¿Hechos sórdidos? ¿Palabras sublimes? ¿Ambas cosas en un solo gesto, el colmo del cinismo?
Si de verdad se desea la reconciliación y la concordia, y con ello la superación de los errores de pasado, todos tenemos que pedir sinceramente perdón a todos, y todos tenemos que perdonar a todos con igual sinceridad. Pero ese ideal sólo puede lograrse en en la medida en que todos seamos capaces de olvidar las ofensas que pudimos haber recibido. En todo caso, el espíritu cristiano del olvido y el perdón es el único camino para ser mejores. No desde luego el ruin y miserable revanchismo de los rencorosos fariseos que nunca olvidan.
A mi juicio, ése fue el meollo del mensaje de León XIV a nuestros políticos, aunque lo expresase de manera muy diplomática: un futuro mejor no se construye levantando muros, sino tendiendo puentes.