Opinión

Reformistas de España, uníos

TRIBUNA

Ignacio Aguado | Martes 07 de julio de 2026

Cuando decidí escribir Volando entre halcones, lo hice con una mezcla de agradecimiento personal y de profunda responsabilidad colectiva. No lo escribí únicamente para rendir cuentas sobre los intensos años en los que tuve el honor de servir a los madrileños o para limitarme a desgranar los entresijos de aquel abrupto final en marzo de 2021. Lo escribí, por encima de todo, para que mi hijo Guillermo lo pudiera leer cuando sea mayor y para recordar a los españoles que la resignación no es una opción.

Hoy, la desaparición del espacio que un día lideramos ha devuelto a España a la asfixiante y vieja enfermedad del bipartidismo. Sin embargo, la semilla sigue ahí. Tarde o temprano, una nueva ola de cambio volverá a recorrer nuestro país, y cuando ese momento llegue, el proyecto que la lidere no puede permitirse cometer nuestros mismos errores. Debe nacer con un objetivo claro: reiniciar nuestras instituciones y nuestro marco de convivencia. El reformismo no puede ser, por tanto, un adjetivo secundario. Debe ser el ariete político y comunicativo del nuevo proyecto.

Uno de nuestros mayores errores estratégicos fue obsesionarnos con el eje izquierda-derecha o con la búsqueda de una etiqueta que nos definiera como "centro". Decidimos ignorar que, en España, lo ideológico hace años que se ha convertido en una trinchera dogmática, en un código de barras identitario que el bipartidismo y los populismos utilizan para que los ciudadanos dejen de pensar. Te obligan a elegir bando para no tener que hablar de la degradación política que padecemos ni de la creciente obsolescencia y perversión del sistema que rige nuestra convivencia desde el 78.

El partido que está por llegar debe romper esa dinámica renunciando a los dogmas para abrazar las mejores ideas. El próximo proyecto no debe medirse por su pureza teórica, sino por la audacia y la lógica de sus propuestas de reforma. No necesitamos un partido que actúe como un club de lectura ideológica, sino como una herramienta, tan ilusionante como instrumental, dispuesta a modernizar un Estado que hace ya años que se ha quedado obsoleto.

Huyamos de las etiquetas tradicionales. Solo sirven para alimentar el ruido de los extremistas y los obtusos. La verdadera valentía política hoy no es declararse de unos o de otros, sino poner sobre la mesa las reformas estructurales que los partidos tradicionales jamás se atreverán a ejecutar porque desmontarían el sistema que parasitan.

El núcleo duro, el motor innegociable y el principal mensaje de este nuevo espacio debe ser la regeneración democrática e institucional. Ese debe ser el ariete con el que golpear el muro del inmovilismo bipartidista. No se trata únicamente de cambiar las caras del poder, sino de cambiar las reglas del juego para blindar el Estado de derecho y nuestra Democracia frente a los caprichos del gobernante de turno.

Este compromiso debe articularse en torno a ideas de reforma profundas, tangibles y valientes que, a mi juicio, son las siguientes:

  • Despolitización absoluta de la Justicia: Acabar con el reparto de cromos en el Consejo General del Poder Judicial, la Fiscalía y el Tribunal Constitucional. Los jueces deben elegir a los jueces que quieren que les representen. La existencia de un bloque conservador y otro progresista es una aberración política, jurídica y social a la no podemos acostumbrarnos y contra la que tenemos que rebelarnos.
  • Meritocracia en la Administración Pública: Desmantelar la colonización de las instituciones por parte de los partidos. Cargos como la presidencia del CIS o de empresas públicas deben estar ocupados por profesionales independientes de reconocido prestigio, no por comisarios políticos con carné de partido.
  • Reforma de la Ley Electoral: Avanzar hacia un sistema verdaderamente proporcional donde el voto de todos los españoles valga lo mismo y donde las minorías territoriales no mantengan bajo chantaje la gobernabilidad de la nación.
  • Transparencia implacable y rendición de cuentas: Introducir mecanismos reales de evaluación de políticas públicas. Si un recurso público se gasta mal o una ley fracasa, debe haber consecuencias. La política debe dejar de ser el único empleo donde la ineficacia sale gratis.

Y si las reformas institucionales deben ser el motor del proyecto, la comunicación debe ser la carrocería que lo haga atractivo. Una comunicación moderna, directa y sincera. En un ecosistema político que vive saturado por el grito y el late night show constante, el reformismo debe comunicarse no como una opción tibia o tecnocrática, sino como la verdadera opción para una mayoría de españoles que está cansada de tanta zafiedad y tanta ponzoña. Hoy, el verdadero acto de rebeldía en España es ser sensato, proponer soluciones en lugar de zascas y exigir el respeto perdido a las instituciones.

El relato del nuevo partido debe demostrar que la parálisis y degradación institucional es lo que realmente genera desigualdad, desilusión y falta de oportunidades. Hay que desnudar los marcos mentales del bipartidismo y explicarle a la mayoría silenciosa de nuestro país que la crispación institucional es solo una cortina de humo para tapar su incapacidad de reformar el país y ofrecer un futuro a nuestros hijos.

Pero para que este proyecto funcione, es también obligatorio dejar atrás la nostalgia de siglas que ya no existen y entender que lo que importa ahora no es el envoltorio sino la vigencia y urgencia de las ideas de regeneración, igualdad y libertad que defendemos.

El próximo proyecto debe ser flexible, ágil y lo suficientemente inteligente como para no dejarse encasillar. Debe combinar la frescura de profesionales que no necesiten la política para comer con una estructura territorial sólida y bien cuidada.

Porque otra cosa no, pero volar entre halcones me enseñó que el sistema está diseñado para triturar la disidencia y mantener las cosas exactamente como están. El bipartidismo prefiere un país bloqueado antes que un país reformado. Pero la parálisis no es sostenible. España sigue necesitando una alternativa creíble y profunda que garantice las próximas décadas de paz, progreso y, sobre todo, salud democrática.

Aislémonos del ruido ideológico. Centrémonos en las ideas, en los planos de reforma, en la limpieza de nuestras instituciones. Pongámonos manos a la obra con la firme convicción de que cambiar las reglas del juego no solo es posible, sino absolutamente vital. Los españoles no necesitamos más alternancia del bipartidismo en el poder. Necesitamos una alternativa reformista, sensata y radical que nos permita recuperar la ilusión y nos haga volver a creer. Vamos España.