Opinión

La empresa de la deshumanización

TRIBUNA

Pedro Gago | Martes 07 de julio de 2026

La célebre frase de F. Rabelais “la ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma”, apenas ha tenido influencia. La tecnología avanza sin que casi nadie cuestione sus resultados. Se diría que la gente prefiere adaptarse a ella sin conciencia moral. La ausencia de un plan de vida colectivo y de vacío individual, será rellenado con valores y antivalores por las bioideologías que intentarán aprovecharse de la evolución tecnológica para realizar una vieja aspiración. Formando parte del artificialismo nihilista, las bioideologías han surgido de la conjunción de varias adaptaciones del pensamiento, desde aquellas que fracasaron tratando de convertir lo imaginado en realidad, a las aplicaciones del evolucionismo positivista y del darwinismo a los sistemas sociales, sin olvidar las exigencias mecanicistas del Estado. Esta abigarrada combinación de la revolución técnica –convergencia NBIC (nanotecnología, biotécnica, informática y cognición)--, aunque cada una tenga su propio campo, en determinadas situaciones podrían complementarse. El desarrollo del progresismo, consolidado como un neomesianismo nihilista, se basará en forzar al hombre a seguir la vía tecnobiológica con el fin de eliminar todas las resistencias. Cuando logre apoderarse de todas las funciones institucionales –totalitarismo tecnoculturalista—logrará la sumisión del individuo para transformarlo radicalmente.

Las bioideologías se asientan en una ética humanitaria cuyos contenidos son una mezcla de inteligencia, creencia ingenua, política utilitaria, filosofía relativista y, sobre todo, nihilismo. Con un voluntarismo pseudo-científico y utilizando algunos postulados procedentes de las biotecnologías intentará llevar a cabo sus proyectos. El progresismo bioideológico, un cientificismo fundamentalista, parte de que el ser humano es un organismo vivo en grado superior de evolución, sobre el que cabe cualquier tipo de experimento, siendo el más importante la transformación radical de la naturaleza humana. Este objetivo habilitará al poder político a legitimarse por las posibilidades que abre la evolución tecnológica, confiriéndose a sí mismo el derecho a disponer a voluntad de la vida de las personas y de la potestad para exterminar a grandes grupos de personas si así lo exigiera la salvación del planeta –ecologismo cuyos miembros se odian a sí mismos y aman la naturaleza increada--.

Una vez el progresismo colectivista asumió el darwinismo social, el viejo dogma de la lucha de clases se fue transformando, creándose las subideologías como una estrategia de especialización práctica para debilitar al individuo e impedir resistencias, caso del feminismo, un negocio cada vez más un ciberfeminismo teatralmente absurdo, aunque muy útil para romper la convivencia en la sociedad. Sus bases imaginarias le han hecho aspirar a construir individuos, bien a través de los programas de ingeniería social, en el laboratorio tecnológico, o en acciones conjuntas de ambos. Perseguirá poner fin a la libertad esencial del ser humano, a fin de hacer realidad el proyecto de construir el hombre nuevo --¿de mito (D. Negro) a realidad?-- por la vía tecnoartificialista.

En términos generales hay dos bioideologias progresistas: la que sigue el ser universal-socialista y la nacional-socialista. El fondo es similar. Se diferencian por las oportunas conveniencias e intereses y por el tipo de racismo que defienden. La bioideología universal-socialista tiene un profundo odio al hombre histórico y no precisamente por estar “cansados del hombre”, como dice F. Nietzsche. Aunque, para realizar su labor considere importante extenderse territorialmente en todos los países –geopolítica del espacio vital universal sine fine--, una vez el individuo se ha convertido en un egobody, su prioridad será acabar con su alma –la empresa de deshumanización--, confiando en las posibilidades de la tecnomedicina para reconstruir su cuerpo. De esta manera, empleando los medios del sistema tecnocrático que se vaya configurando, estima que será más fácil transformar completamente al ser humano.

Este voluntarismo imaginario, en parte tecnológicamente posible, exige dar antes el paso de poner fin a la normalidad (G. Steingart) –compatible con el fenómeno de la procedimentalización--. Ya se ha conseguido que mucha gente crea únicamente en la verdad de los sentidos --materialismo sensorial- aunque casi siempre ocultando o eliminando el fondo de la realidad. La frase erróneamente atribuida a Hitler: “es ley de vida que lo que se opone a la verdad visible debe cambiar o desaparecer”, sirve para entender que el poder despótico no quiere ir más allá de los sentidos ya que necesita oprimir el alma (A. de Tocqueville). Negar la realidad es el único camino para justificar la destrucción de todo, incluyendo preferentemente la naturaleza humana. Antes, será necesario debilitar hasta el extremo al individuo y deteriorar la convivencia comunitaria, sustituyéndola por una coexistencia en lucha, una forma de guerra civil fría y sostenida, que permitirá construir la figura del enemigo interior, habilitando al poder político para llevarlo a la esclavitud o al exterminio.