Opinión

EE UU 250 años… apenas; Trump, sujeto histórico del imperio original

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 08 de julio de 2026

Al presidente Donald Trump le tocó la suerte de estar al mando de la Casa Blanca para la celebración simbólica de los 250 años de fundación de Estados Unidos. Y aunque encabezó las ceremonias que le permitieron las circunstancias de una geopolítica en reconstrucción autoritaria, no se debe cometer el error de percepción de que se tratara un evento ajustado a las características personales del titular del poder estadounidense como --y hay que decirlo con la categoría geopolítica que corresponda-- un imperio dominante.

Las decisiones de Trump para reconstruir el poder central de Estados Unidos no han sido un invento que obedezca a la psicología política y de poder del titular del cargo, sino que --mal que bien-- habría que analizarlos en un contexto justamente de análisis sobre la reconstrucción del poder dominante y hegemónico encabezó Washington desde los 14 puntos del presidente Wilson después de la Primera Guerra Mundial hasta la desaparición de la Unión Soviética en 1989-1991.

En el análisis del escenario de Trump de dónde vino y hasta dónde quiere llegar parece estarse cometiendo el error de percepción de que se trataría de un personaje que se agota en sí mismo y en sus ambiciones personales. Pero aquí hemos dicho que Trump no es una anomalía en el funcionamiento social de Estados Unidos, sino que representa un producto histórico de los 250 años de existencia del coloso americano del norte.

Un repaso rápido ayudará a comprender este enfoque: las 13 colonias que se instalaron en el lado Atlántico del continente americano arribaron como representantes del expansionismo del imperio británico, pero muy pronto se crearon las élites gobernantes que decidieron independizarse y fundar un imperio: y en las tres cuartas partes del siglo XIX, los grupos creados por la revolución d finales del siglo XVIII encabezaron una gran cruzada para conquistar territorio desde la lengüeta territorial de las 13 colonias hasta de manera atropellada y violenta instalar su otra frontera en la orilla del Pacífico teniendo como fronteras Canadá al norte y el México independiente al sur.

El expansionismo tuvo dos justificaciones, que Trump se ha encargado de recordar aunque los críticos el actual presidente estadounidense prefieren saltarse ese elemento característico: la Doctrina del Destino Manifiesto de 1630 que le habría otorgado la divina providencia para que se convirtiera en el reino dominante del planeta y la Doctrina Monroe de 1823 que determinó con precisión que el continente americano le pertenecía a Estados Unidos.

Con estas dos doctrinas como banderas de batalla, el Gobierno de la Casa Blanca le arrebató a sangre y fuego los terrenos que le pertenecían a los indios nómadas que vivían de los bisontes, le compró a España e Inglaterra porciones importantes de territorio y le arrebató con una guerra fabricada la mitad del territorio mexicano del río Bravo al norte y del medio oeste al Pacífico. Y apoyado en esta historia oficial de Estados Unidos, Trump sigue queriendo apoderarse de Groenlandia y Canadá, regresar a México a la dependencia absoluta en modo simbólico de Estado libre y asociado a través del Tratado de Comercio e imponer gobernantes conservadores del río Suchiate hasta el profundo sur del continente.

En este sentido es que se asume el enfoque analítico de que Trump no está loco ni desquiciado, sino que tienen el Proyecto 25 de la Fundación ultraconservadora Heritage para reconstruir el imperio en todo el planeta, aunque ciertamente muchas de sus expresiones sean más defectos psicológicos, pero también parecidas a las que tuvieron los presidentes que conquistaron el territorio actual de EE UU.

La interpretación de Trump y su bloque conservador se basa en hechos históricos. EE UU se convirtió en la primera potencia militar-nuclear, económico- industrial y capitalista del planeta en el siglo XX, pero los gobernantes estadounidenses posteriores a 1989 decidieron tener --a su manera-- cargos de conciencia y aflojar el dominio imperial. Y de 1989 a 2018, EE UU globalizó su economía y perdió el poder económico e industrial, se confió con la derrota de la URSS y abandonó el enfoque geopolítico dominante en América latina, África, Europa y Asia. Y el planeta balcanizó las áreas de poder en bloques económicos y políticos, sobrevivientes del colapso comunista y nacionalismos religiosos que le quitaron el control del planeta a Washington.

Lo que Trump quiere no es otra cosa que regresara el dominio hegemónico del mundo desde la Casa Blanca. Y a su alrededor se ha configurado un bloque ideológico imperial-ultraconservador que es el que está operando todas las decisiones de Trump para desmantelar o acotar los poderes nacionales o los bloques de poder que se alejaron de la subordinación de Washington. Así que Trump --aquí también lo hemos dicho, pero hay que repetirlo en el modo del personaje Nerón Golden, del escritor Salman Rushdie-- es un estratega de la geopolítica imperial, aunque pudiera distraer con ciertos comportamientos como las batallas entre luchadores en la Casa Blanca o el control de organizaciones como la FIFA y su obsesión en ganar el Premio Nobel de la Paz.

A ese Trump le tocó la fecha simbólica de los 250 años de la revolución estadounidense y con ese Trump hay que lidiar en la interpretación de sus comportamientos, de sus decisiones y de sus estilos, pero sin perder de vista que en el fondo sí existe un proyecto de reconstrucción imperial del período 1918-1991.