Opinión

El bien más preciado es la libertad

TRIBUNA

Miquel Escudero | Viernes 10 de julio de 2026

El Estado del bienestar es una joya de todos los ciudadanos; es magnífica y es popular. Es un bien delicado, mantenerlo es muy caro. La irresponsabilidad es su peor enemigo y la conciencia que se tiene de su fragilidad es escasa, no se quiere pensar en ella. Exige una distribución que es imposible sin capital. Necesita el dinero de los capitalistas y de los ciudadanos, en general. Hay un capitalismo imprescindible, modulado por la voluntad de atender a los más vulnerables y desfavorecidos y gracias a un pacto entre los agentes sociales. Para que no se eche a perder hay que disponer de dinero y controlar su mal uso, hay que proteger a los trabajadores autónomos y a los empresarios (en especial, de pequeñas y medianas empresas), ellos generan riqueza y puestos de trabajo; los populistas los demonizan de forma estúpida y, salvo excepciones, calumniosa.

Durante mucho tiempo, antes de la implantación europea del Estado del bienestar, se consideró que sólo había oprimidos y opresores, dos fuerzas: la clase obrera (explotada y sometida a lugares de trabajo inhóspitos) y los patronos (con un egoísmo ciego, imparable, sin límite). Hubo un tiempo de palabras exaltadas y altisonantes en que para muchos “la única religión de su vida consistía en la lucha por la emancipación de los trabajadores unidos por la fuerza que les confería el sindicato”. Este párrafo lo recojo de Los días rojinegros, unas memorias de alguien que en 1936 tenía 16 años; que fueron publicadas en 1975 y que ahora han sido reeditadas . Su autor es Joan Llarch, un escritor barcelonés ya fallecido, que participó en la Guerra Civil reclutado por la Quinta del biberón.

Aquel joven tenía conciencia de pertenecer a una clase social pobre y oprimida. Pronto tuvo “el presagio del horror que se avecinaba, de la lucha terrible, que a todos iba a conducir al disparadero de los odios y las pasiones desatadas”. Tenía las vivencias de quienes desde niño habían soportado pesares que avejentan el ánimo y el rostro, apocados por la “desesperanza de recibir nada de aquellos que siempre habían dispuesto de todo e ignoraban, por lo mismo, la aspereza de la vida de la pobre gente”. El contacto impersonal con quien “hablaba lo indispensable con los obreros porque era condición de su categoría permanecer distanciado de sus subordinados asalariados, según en aquella lejana época se solía”. Pero tenía también experiencia del operario Martínez que únicamente daba valor al dinero: “Si maldecía del dueño, era porque éste tenía mucho y él ninguno. Su ambición era mandar, tener poder, ejercer autoridad sobre los demás y verse obedecido sin oposición”.

Joan Llarch fue un anarcosindicalista que amaba la cultura. Y que incluía en su vivir una consideración a los seres humanos, a todos. ¿Para qué serviría ser culto, se preguntaba, si no fuese para desarrollar mejores relaciones de existencia entre los hombres? Creo que estas ideas, así como apreciar el buen humor y la risa (“esa necesidad tan humana”), le impedían ser un fanático. Me hubiera gustado conocerlo, escucharle y charlar con él. Trabajó como guionista de Radio Barcelona en los cuentos diarios ‘Tambor’ que tanto disfruté de niño. Entre 1955 y 1972 se produjeron casi siete mil cuentos; algunos de ellos, no sé cuántos ni cuáles, estaban escritos por él.

En cuanto anarcosindicalista, era revolucionario. Tenía sentido de la radicalidad y creía en la exigencia de cambios drásticos en la vida laboral. Distinguía, asimismo, los mensajes y actitudes de otras formaciones hasta cierto punto afines, como el POUM. El Partido Obrero de Unificación Marxista, liderado por Andreu Nin, fue aliado de la CNT frente al PSUC, durante los sucesos sangrientos de mayo de 1937. Señala que era un partido muy minoritario en Barcelona y que sus miembros “solían ser muy disciplinados y hasta fanáticos. Habían sustituido a Dios por Marx y a la Eternidad por el Paraíso Económico”.

El año en que Franco murió, Llarch reconocía algunos cambios que se estaban produciendo en la sociedad con especial repercusión. Así: “antes, la tierra estaba dividida en ricos y pobres; ahora, en automovilistas y peatones”. Entendía que las banderas rojinegras, y de todos los demás colores, eran ya historia de las luchas sociales y que habían sido sustituidas “por los anuncios publicitarios adornando las cúpulas de los Bancos y de monolíticos edificios gigantescos”. La decepción sin remedio de la realidad no le hacía renunciar a sus ideales. De un modo honrado y con indomable escepticismo, señaló que para hacer realidad el gran ensueño de la Anarquía se necesitaban hombres nuevos que… no existen (o, cuando menos, aún no se conocen). El factor humano es variable. El reformismo permanente ofrece estabilidad y evita los pasos atrás que el delirio rubricado con un membrete revolucionario acaba siempre produciendo.