Opinión

La declaración de independencia de los Estados Unidos 250 años después

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 14 de julio de 2026

Encuentro especialmente sugerente el doble enfoque con que algunos medios británicos de referencia han abordado el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Me refiero, por un lado, a un artículo de carácter académico publicado en The Times Literary Supplement (David Armitage, 26 de Junio)y, por otro, al número especial de The Economist de 2 de Julio, en particular a la contribución de Lexington (o sea James Bennet) .

El artículo del TLS reseña varios de los libros aparecidos con motivo de la efeméride. Ya se sabe que los historiadores difícilmente pueden resistirse a las conmemoraciones. The Economist, en cambio, se plantea una cuestión más política: si Europa, incluso en la era de Trump, no sigue teniendo algo que aprender de Estados Unidos y si la historia norteamericana admite una lectura distinta de la mera denuncia de sus excesos.

Con frecuencia, especialmente en sectores de la izquierda europea, Estados Unidos es contemplado más como una advertencia que como un modelo: un país de desigualdades extremas, donde la violencia policial parece recurrente y las fracturas raciales se consideran casi insuperables. Sin negar esas sombras, The Economist invita a preguntarse si esa visión agota realmente el significado de la experiencia estadounidense.

El recorrido bibliográfico magistral del TLS ilumina diversos aspectos de la historia de la Declaración: la percepción británica de la independencia, su trascendencia en la evolución política de los propios Estados Unidos o la extraordinaria capacidad del texto para servir de fundamento a las reivindicaciones de las minorías raciales y sociales. Quizá el libro repasado más interesante sea el que subraya el valor universal y permanente de la Declaración.

Ningún documento fundacional posee un significado definitivo, concluye David Armitage. Cada generación vuelve a leerlo desde sus propias preocupaciones. La Declaración de Independencia no pertenece solo a 1776; pertenece también a 1863, cuando Lincoln redefinió su sentido; a 1963, cuando Martin Luther King la convirtió en fundamento de la lucha por los derechos civiles; y también a nuestro tiempo, cuando vuelven a debatirse el significado de la igualdad, la libertad y la propia idea de nación.

Por eso, dos siglos y medio después, la Declaración sigue siendo no una reliquia histórica, sino un texto vivo cuya interpretación continúa condicionando el debate político estadounidense. Las constituciones y las declaraciones fundacionales, hemos dicho tantas veces, no son únicamente normas jurídicas o acontecimientos históricos; son también narraciones colectivas cuyo significado se renueva con cada generación.

Los artículos de The Economist tienden a reforzar esta interpretación, que cabría calificar de historicista, de la Declaración de Independencia. Su propósito parece ser el de sugerir la conveniencia de superar una visión excesivamente ligada a la América del presente, algo difícil de evitar en las circunstancias actuales. La sorpresa no procede únicamente de los modales del presidente, verdaderamente pendencieros y poco respetuosos con las formas institucionales, sino también de su propia actuación política, que está alterando algunos de los rasgos más profundos del edificio constitucional estadounidense. Se advierte una expansión del poder presidencial, tanto en el ámbito interno como en el exterior, favoreciendo una lectura casi imperial de la presidencia, no siempre contenida por los mecanismos de freno y contrapeso característicos del sistema constitucional norteamericano.

En esa misma dirección parece moverse el Tribunal Supremo. Aunque recientemente ha limitado la pretensión del Ejecutivo de restringir el derecho a la ciudadanía por nacimiento, al mismo tiempo ha ampliado las facultades presidenciales para destituir a funcionarios de diversas agencias federales. Se trata de una evolución que contribuye a reforzar el predominio del Ejecutivo.

También resulta significativo el cambio experimentado por Estados Unidos respecto de la inmigración. Si durante mucho tiempo fue una nación definida por su capacidad para atraer inmigrantes, considerados una fuente de vitalidad económica y una permanente confirmación del sueño americano, hoy la situación es muy distinta. El saldo migratorio prácticamente se ha detenido y quienes llegan a sus fronteras ya no son contemplados como un activo para el país, sino con creciente desconfianza.

Algo semejante ocurre en la política exterior. Los antiguos aliados son tratados cada vez menos como socios y cada vez más como clientes que negocian desde una posición de inferioridad, susceptibles de ser presionados en función de los intereses estadounidenses. Sin embargo, conviene recordar que Estados Unidos ha desempeñado históricamente un papel de inspiración moral mucho más acorde con los principios liberales e igualitarios proclamados en la Declaración de Independencia, tal como subrayó Hannah Arendt.

Precisamente ahí reside el interés del planteamiento de The Economist. Lo que propone no es una adhesión incondicional a Estados Unidos ni un rechazo indiscriminado de su experiencia, sino una mirada selectiva que permita distinguir aquello que merece ser imitado de aquello que debe evitarse.

Europa, por ejemplo, podría avanzar mucho más en la culminación de su mercado único. Sería extraordinario que existiera, se dice expresamente, desde Dublín hasta Dubrovnik, una libertad efectiva para la circulación de bienes, servicios, capitales y personas comparable a la que disfrutan Filadelfia y Phoenix dentro de un mismo espacio económico. Del mismo modo, los europeístas más convencidos podrían encontrar inspiración en algunos rasgos del federalismo norteamericano, como la emisión de la mayor parte de la deuda pública en el ámbito federal, algo que probablemente la Unión Europea terminará necesitando si desea financiar de manera estable el incremento de su gasto en defensa.

Pero la lección más importante trasciende la economía. Estados Unidos ofrece a Europa el ejemplo de una auténtica comunidad política, un único demos capaz de sostener instituciones comunes dotadas de plena legitimidad democrática. Esa sigue siendo la gran asignatura pendiente de la integración europea.

Europa no necesita convertirse en Estados Unidos para aprender de sus mejores virtudes,cree juiciosamente The Economist. Cada nación encierra posibilidades históricas que nunca llegó a desarrollar; la singular paradoja europea consiste en contemplar cómo algunas de las mejores versiones posibles de sí misma parecen haberse realizado al otro lado del Atlántico.

No se trata, por tanto, de transformarse en América, sino de preguntarse con serenidad por qué, después de dos siglos y medio de historia, el Nuevo Mundo ha conseguido superar al Viejo Continente en tantos aspectos y qué enseñanzas pueden extraerse de esa experiencia sin renunciar a la propia identidad europea.
Bien mirado de lo que se trata es de distinguir entre la America circustancial y la America constitucional, compatibilizando la crítica severa de determinadas evoluciones recientes del sistema político estadounidense y el reconocimiento de que la experiencia norteamericana sigue ofreciendo enseñanzas valiosas para Europa. En el fondo, lo que se nos propone desde estas prestigiosas tribunas británicas, es una lectura muy tocquevilliana...