Opinión

Mandela y el factor humano

William Chislett | Sábado 27 de diciembre de 2008
Pocas figuras son tan globalmente admiradas como Nelson Mandela que fue encarcelado durante 27 años por luchar en contra del sistema del apartheid y luego fue el primer presidente de Sudáfrica (1994-99) elegido bajo sufragio universal. Compartió el Premio Nobel de la Paz en 1993 con Frederik Willem de Klerk, su antecesor en el puesto quien derogó las leyes segregacionistas y liberó a Mandela. Se han publicado muchos libros sobre esta fascinante historia, pero ninguno tan original como el de John Carlin quien por primera vez lo relata vía el prisma del deporte de rugby, una religión para los afrikáners, la fuerza blanca dominante cuyas raíces están en los colonizadores del siglo XVII y cuyos partidos políticos controlaron el país desde 1948 hasta el fin del apartheid.

Durante sus largos años en la cárcel, Mandela llegó a la conclusión de que la única manera de convencer a los blancos que un hombre, un voto no terminara en una catástrofe, fue ganar sus corazones, y la mejor vía de hacerlo era estudiando profundamente su cultura y, en particular, su pasión por el rugby, un deporte bruto para una gente bruta. Para los blancos los Springboks, el equipo nacional, eran dioses y para los negros uno de los símbolos más odiados del apartheid. Mandela vio al rugby como una herramienta para la reconciliación (“Un Equipo, Un País”) y activamente apoyo la candidatura de su país para albergar la Copa Mundial en 1995 – ganada por los Springboks.

El libro de Carlin – “Playing the Game, Nelson Mandela and the Game that Made a Nation” (Penguin) – que la editorial Seix Barral publicará en enero en español, cuenta esta historia algo surrealista desde los ojos de personajes como Desmond Tutu, el arzobispo anglicano de Ciudad de Cabo y ganador del Premio Nobel de la Paz (en 1984), Justice Bekebeke, sentenciado a muerte por matar a un policía que hirió a un niño durante una manifestación y luego fue indultado, Niel Barnard, jefe del servicio de inteligencia, y los gemelos afrikáners, Braam y Constand Viljoen. Braam se opuso al apartheid, en principio desde su trabajo como dominee en la Iglesia Reformada Holandesa, y Constand encarnó el sistema llegando al ser el comandante máximo de las Fuerzas de Defensa. Como corresponsal de The Independent, un periódico británico, en Sudáfrica desde 1989 hasta 1995 durante su transición a democracia Carlin conoció a todos los actores de un drama que pudiera haber terminado en una guerra civil. Antes de su traslado a Sudáfrica, Carlin y yo fuimos colegas y amigos en México al comienzo de los 80.

Mandela empezó a usar sus formidables dotes de persuasión y conocimientos de rugby en la cárcel donde impresionó tanto a sus carceleros que consiguió un calientaplatos: recibió demasiado para comer y demasiado poco para cenar y le gustaba conservar algo para la cena pero se enfriaba. Luego, negociando con sus adversarios, le gustaba hacerles relajar sirviéndoles té el mismo como si fuera un sirviente. Si Mandela se hubiera quedado como presidente y negociado con el tirano Robert Mugabe, es posible que el drama que Zimbabwe vive hoy se hubiera evitado. Sudáfrica, como dijo Tutu esta semana, ha perdido la posición de superioridad moral al no hacer frente a Mugabe.

Tal vez sirva a los partidos políticos de España el ejemplo de Mandela usando el deporte para construir una nación. Es llamativo que las grandes victorias de España en los últimos años en tenis, fútbol y ciclismo han sido celebradas en todas las comunidades autónomas como victorias para todo el país y no solo para una autonomía en particular.

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