Un 17 de julio de 2001, multitud de invitados junto a los Reyes Juan Carlos y Sofía inauguraban el Museo de Altamira y la reproducción de la cueva, una instalación que un cuarto de siglo después ha logrado difundir y custodiar frente al deterioro unas pinturas de casi 20.000 años.
La reproducción del gran techo de los polícromos, conocida como neocueva, ha enseñado a mirar Altamira sin tocarla y se ha convertido en el corazón emocional de la visita, pero este museo nacional y centro de investigación ha crecido más allá de esa réplica con la investigación continua del techo de los bisontes.
Concebido para permitir que el mundo siguiera entrando en Altamira sin que esa presencia pusiera en peligro la cueva original, este centro celebra su primer cuarto de siglo en el ’top 2’ por número de visitas entre los museos estatales de España.
Su directora, Pilar Fatás, resume el balance de estos 25 años a EFE como “muy positivo” y asegura que las expectativas “están más que superadas”.
A su juicio, los avances han sido visibles tanto en divulgación como en conservación de la cavidad, investigación y creación de nuevos recursos, entre ellos una hemeroteca, un archivo y una colección fotográfica.
El edificio, obra del arquitecto Juan Navarro Baldeweg, fue levantado a unos 200 metros de la cueva y concebido para integrarse en una ladera, con volúmenes longitudinales y cubiertas que prolongan visualmente la pendiente del terreno.
Altamira había cerrado al público en 1977 por motivos de conservación y la neocueva culminó el proyecto museológico desarrollado entre 1997 y 2001 para reducir los riesgos sobre la cueva original, mientras miles de visitantes podían contemplar una reproducción científicamente rigurosa.
La neocueva fue el resultado de una alianza entre ciencia, arte y técnica, gracias al trabajo de Matilde Múzquiz y Pedro Saura, responsables de reproducir las pinturas y los grabados paleolíticos tras estudiar de forma minuciosa las técnicas empleadas por sus autores.
No se trataba solo de copiar las figuras sobre un soporte rocoso, sino de reconstruir los volúmenes, relieves, grietas y accidentes naturales que los artistas prehistóricos aprovecharon para dar forma y movimiento a bisontes, ciervos y caballos.
José Juan del Real, arqueólogo de formación y actual guía del museo, conoce aquella historia desde dentro pues se incorporó a la plantilla del centro cuatro meses antes de su inauguración, que recuerda como una mezcla de “ilusión, nervios y responsabilidad”.
La plantilla había ensayado antes con escolares de Santillana del Mar el acceso a la neocueva, pero el día de la ceremonia el vestíbulo apareció “lleno de cabezas” y el flujo continuo de invitados desbordó cualquier ensayo.
“Fue una vorágine”, rememora Del Real, aunque todo terminó de forma satisfactoria y dejó la sensación de haber puesto en marcha un museo llamado a transformar la manera de acercarse a Altamira, pero también al estudio del arte prehistórico.
En este cuarto de siglo ha cambiado el público, pues los primeros visitantes llegaban con escaso contacto con la prehistoria, mientras que hoy conocen mejor el significado del yacimiento y se acercan a una visión más real de las sociedades paleolíticas.
El museo también se ha adaptado a las nuevas formas de aprender, combinando piezas arqueológicas, textos, vitrinas, imágenes y recursos interactivos.
Del Real cree que esa evolución ha permitido que la prehistoria haya ido “calando” y que los visitantes acepten con naturalidad que los avances científicos aportan información cada vez más precisa.
La directora del museo cita como uno de los principales hitos de estos 25 años el plan de conservación preventiva desarrollado entre 2012 y 2014, que permitió identificar, medir y realizar un seguimiento de los riesgos que amenazan la cavidad original, además de orientar nuevas líneas de investigación.
El 25 aniversario llega, además, después de que el pasado junio la cueva haya pasado de la categoría de Monumento a Zona Arqueológica como Bien de Interés Cultural, con una delimitación y un entorno de protección más amplios.
La medida actualiza la clasificación procedente de 1924 y reconoce que Altamira no es solo la cavidad, sino un paisaje patrimonial integrado por el yacimiento, los edificios, el entorno geológico y los espacios dedicados a su conservación e investigación.
Mirando hacia los próximos veinticinco años, Fatás desea un museo “ampliado y renovado”, con una actualización integral de la exposición permanente y más espacios de trabajo.
Cree que la neocueva seguirá recibiendo a visitantes atraídos por sus bisontes polícromos, pero el desafío continuará siendo el mismo que dio origen al edificio en 2001, acercar Altamira al público sin ponerlo en riesgo y conservar para las próximas generaciones una de las primeras manifestaciones del arte.