Martín Juaristi | Sábado 27 de diciembre de 2008
En China, ser abordado por extraños ávidos de conversación es algo muy frecuente para todo occidental. Por lo general, el chino, que se expresa en inglés con bastante dificultad, se interesa por la nacionalidad del occidental y procede a elogiar su país, citando todos los tópicos que conoce del mismo (toros, fútbol, tomatina...). Si el interlocutor no consigue evadirse en este momento, lo que suele seguir es un diálogo de besugos lastrado por las dificultades comunicativas. Escaquearse sin perder las formas puede ser difícil debido a la tozudez del algunos interrogadores, que no se dan por aludidos por muy desabrido que uno se muestre.
Éste era el caso del que me sacó de mi lectura en el metro de camino a casa, tirándome insistentemente de la manga. Tras concluir la fase introductoria (“España es un buen país” me dijo, ignorante de nuestras fiestas y deportes) agradecí su cumplido y reanudé mi lectura. Otro tirón, “¿estás aquí para promover la democracia?”
Tras asegurarme que había oído bien, me explicó mejor a dónde quería ir a parar: seis meses de estudios en Australia le habían servido para llegar a la conclusión de que la democracia era mejor que el comunismo, y creía que los extranjeros debíamos promoverla en China.
Estudié un poco su apariencia tratando de descubrir si aquel adolescente con el pelo teñido y la cara cubierta de acné era un inspector secreto del partido.
“¿Y eso cómo se hace?” pregunté. El chico se encogió de hombros.
Me supo mal responderle con una pregunta, pero me costaba admitir que no, no estoy aquí para promover la democracia. Me digo que no es que no quiera, sino que, como el chico, no tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo.
Sin embargo, ejemplos no nos faltan. Ahí están, sin ir más lejos, los firmantes de la Carta 08.
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