Economía

"Sobre la guerra, Arturo Barea en La llama busca una verdad, personal, y a través de la memoria"

ENTREVISTA CON GEORG PICHLER

José Manuel López Marañón | Viernes 17 de julio de 2026

Tras la reseña de La llama publicada por EL IMPARCIAL el pasado 6 de julio entrevistamos, de nuevo, a Georg Pichler (Graz, Austria, 1961). Profesor titular de lengua y literatura alemanas en la Universidad de Alcalá, la faceta investigadora de Pichler está centrada en la participación de alemanes y austriacos en la Guerra Civil Española, en las políticas de memoria en ambas culturas, y en los contactos literarios y culturales entre el mundo hispano y germano. Ha editado y epilogado Telefónica, libro de Ilsa Barea-Kulcsar (cuya reseña apareció aquí el pasado año por estas fechas). Actualmente prepara la biografía de Ilsa.

JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑON: El socialista Arturo Barea, hasta conocer a la que sería su segunda esposa, la austríaca Ilsa Barea-Kulcsar, fue firme partidario de aplicar a la prensa extranjera (que desde la capital de España informaba sobre el desarrollo de la guerra civil) una completa y rígida censura. El mínimo amago de derrotismo era cercenado de raíz. «Había caído de lleno sobre mí la responsabilidad de la censura para todos los periódicos del mundo y el cuidado de los corresponsales de guerra en Madrid».

Pero Ilsa Kulcsar llega a la Telefónica y, en pleno avance del ejército nacional, propugna transmitir la verdad. Estaba convencida de cómo no hacerlo suponía una catastrófica equivocación. En su novela Telefónica, la protagonista, Anita Adam, sufre las amonestaciones de su jefe por sus comunicados de prensa, que tan mala situación ofrecen de lo que sucede. Anita Adam le contesta entonces con unas palabras que, me parece, son un fiel reflejo de lo que sintió la propia autora, Ilsa: «A mí lo que me interesa informar es de lo nuevo que surge en medio de la sangre y la suciedad».

Arturo Barea e Ilsa Kulcsar, al principio con ideas incompatibles que rozan el insulto (él la llama «arbitraria e imprudente» y ella a él lo define como «burócrata miedoso»), van acercando posturas (más él a las de ella) y llegan a trabajar en una armonía casi perfecta hasta que, en noviembre de 1937 un año después de haberse conocido deben dejar sus puestos (él como jefe de la censura de prensa extranjera, y ella como su segundo) para desplazarse a Alicante.

En un contexto bélico, pienso que resulta entendible y hasta legítimo silenciar las derrotas causadas por el enemigo, tal y como lo hacía el canónico censor Arturo Barea antes de que Ilsa Kulcsar pusiese patas arriba su vida y su forma de trabajar…

Frente a una posición de recortes informativos, muy concienzuda en guerra, llevada a cabo por quien después sería su marido… ¿hasta qué punto la heterodoxia periodística de la vienesa pudo realmente resultar efectiva para los intereses republicanos?

GEORG PICHLER: Cuando vino a España, Ilse Kulcsar tenía amplios conocimientos periodísticos. En Austria había colaborado como redactora en varios periódicos y revistas, primero comunistas, después socialdemócratas. Además, había recibido una formación amplia sobre propaganda y argumentación políticas que había llevado a la práctica en las incontables charlas, conferencias y clases que había impartido en su país natal hasta el año 1933, cuando se hizo fuerte el austrofascismo. Por eso, en su función de censora en la Telefónica trató de combinar estas experiencias y permitir a los corresponsales extranjeros un acceso más amplio a informaciones sobre la situación real de la República, es decir informaciones militares, sociales, políticas. A la vez intentó ofrecerles la posibilidad de escribir sobre temas que podrían despertar un mayor interés entre los lectores de sus respectivos países. El enfoque de la censura había sido meramente militar y político, e Ilse Kulcsar, y con ella Arturo Barea, querían introducir elementos periodísticos que coincidieran con los intereses de los corresponsales y de sus periódicos. Y claro, el tema más internacional eran las Brigadas Internacionales. Es difícil saber si este cambio tuvo un efecto positivo para la información sobre la República, pero en algunas memorias se destacan los esfuerzos y la buena labor de la pareja censora.

J.M.L.M.: Las Brigadas Internacionales dieron, qué duda cabe, dimensión mundial a nuestro conflicto: en muchas portadas de grandes diarios internacionales aparecían sus hazañas seguidas por millones de lectores. Sin poner en duda el valor y disciplina militar de los brigadistas, Arturo Barea en La llama se queja de su protagonismo y pide que no caiga en el olvido la lucha del pueblo de Madrid, a sus soldados improvisados ofrendando sus vidas codo a codo con los brigadistas para defender la capital del avance nacional en frentes como el de Carabanchel o el del Parque del Oeste.

¿Hasta qué punto tiene razón Arturo Barea en su petición de repartir mejor la gloria de aquella brava defensa?

G.P.: Como he dicho antes, las Brigadas Internacionales despertaban gran interés entre los periodistas. Había gente de todos los continentes y los corresponsales podían retratar los acontecimientos de la guerra a través de un paisano de sus lectores. Ambos, Arturo e Ilsa, dijeron tras la guerra que su idea de establecer contactos entre los periodistas y las Brigadas había otorgado un papel demasiado grande a los internacionales en la defensa de Madrid, especialmente en noviembre y diciembre de 1936. Y tenían toda la razón. La aportación de los internacionales fue muy importante, pero militarmente no tan decisiva como se creyó durante mucho tiempo. Eso sí, fue un apoyo emocional importantísimo. Ver a tantos jóvenes de tantos países llegar a un Madrid bajo las bombas para luchar a favor de la República tuvo un impacto muy grande entre la población y los periodistas internacionales.

J.M.L.M.: Sobre el partido comunista recayó la responsabilidad de organizar un ejército regular que hiciese frente a los rebeldes. La llegada de las Brigadas Internacionales y de militares soviéticos (con sus tanques y armas), hacen que, por encima del partido socialista, sean los comunistas quienes lideren los esfuerzos bélicos republicanos (eso sí, viendo trotskistas hasta en la sopa…).

En La llama los comunistas españoles y extranjeros, políticos y periodistas, no dejan de ser una amenaza constante para las labores censoras de Arturo Barea (para el trabajo de Ilsa Kulcsar lo fueron desde el minuto uno). El odio que siempre les tuvo, a ambos, el partido comunista («éramos herejes, peligrosos, como si tuviéramos la lepra») nunca decayó.

Teniendo presente lo que favoreció, para mantener el ardor guerrero de la República, la creación de ese ejército que sustituyó a las tan poco operativas milicias, ¿cómo valora usted la postura sectaria de los comunistas a la hora de ejercer –en paralelo al militar– su liderazgo político entre las fuerzas que apoyaban al gobierno de Largo Caballero?

G.P.: Creo que, desde el punto de vista militar, la creación de un ejército «tradicional» sirvió a la República para defenderse mejor. Y en el conjunto de los partidos políticos de aquella época, y no solo de aquella época, era normal que cada uno tratara de imponerse. Lo mismo pasaba en el lado franquista, aunque con menos aspavientos debido a un control mucho más férreo. La desgracia para la República era que no había un contrapeso al apoyo soviético dado que las democracias europeas, sobre todo Gran Bretaña y Francia, habían abandonado a su suerte a la República. Y quiénes tenían armas y poder eran los comunistas. Ya lo decía George Orwell, la República perdió la guerra porque la burguesía británica no había querido prestar ayuda. Y claro, la persecución que emprendieron los comunistas fue nefasta para la República y su credibilidad. No sé si odio es la palabra adecuada, era más bien un afán frío y calculador de deshacerse de personas que no compartían el credo oficial y que podían poner en peligro el dominio comunista o estalinista. En el caso de Arturo e Ilsa se descubre un mundo muy enrevesado, y disponemos de bastantes documentos muy contradictorios que en su conjunto ofrecen una imagen no del todo clara de lo que realmente pasó. Pero eso es justo lo que convierte la investigación en detectivesca.

J.M.L.M.: La labor de Felix Schlayer (cuyo libro Diplomático en el Madrid rojo fue reseñado en este diario a principios de julio de 2024) acogiendo en tres pisos de la legación noruega a sus amigos y a gente de buenas familias perseguidos debido a sospechas de simpatizar con los nacionales, queda desprestigiada en La llama por Arturo Barea: «Yo sabía que era uno de los agentes nazis más activos, pero que gozaba de una extraterritorialidad espuria como administrador de la legación de Noruega en ausencia del ministro, que residía en San Juan de Luz». Schlayer, siempre según Barea, convirtió ese amparo «en una especie de negocio de hostelería en gran escala y hasta llegó a comprar casas para este fin».

Partes sustanciales de La llama y de Diplomático en el Madrid rojo vienen centradas sobre las consecuencias que la guerra acarreó para los madrileños durante su año inicial de conflicto. Los inclementes bombardeos nacionales sobre la población civil, la feroz actividad de los «pacos» disparando indiscriminadamente desde balcones y tejados, por el lado de Barea; y las checas, los «paseos», o los tribunales sin garantías jurídicas, por el de Schlayer, ofrecen testimonios de primerísima mano sobre aquel torneo de la brutalidad que se disputó durante tres años para terminar sin un ganador destacado...

Pero por muy honestos que Barea y Schlayer resulten a la hora de servir a la verdad, sus tomas de posición, a favor de los republicanos (por parte del socialista extremeño), y a favor de los franquistas (por un alemán feroz combatiente del otro bando)… ¿pueden ser tenidas en cuenta por estudiosos e historiadores que investigan ese período? En estos escritores, ¿cree que sus grados de sinceridad serían equiparables?

G.P.: Antes que nada, creo que es difícil comparar los textos de Schlayer y de Barea. Schlayer procedía de un entorno muy conservador con tintes pronazis, y en su libro se autorretrata como clasista y racista. A los españoles los describe, por ejemplo, como seres «atrasados» y «primitivos»: «no es la razón cultivada, sino el instinto, lo que los dirige», afirma nada más comenzar su libro. Pues, hombre… Empezando por el título, la visión política e ideológica que ofrece de la guerra coincide al cien por cien con la propaganda franquista y nacionalsocialista. Una visión que hoy en día sabemos que es simple y llanamente falsa, al igual que el número de asesinatos que Schlayer atribuye a los «rojos». Creo que su libro describe bien el ambiente entre la población conservadora que, con razón, tenía un miedo mortal a los milicianos que habían llegado a un poder que no les correspondía. En su libro relata hechos reales, pero pasa por alto muchas cosas. No cuestiona el golpe de estado, niega la violencia en el lado franquista, no habla de los asesinatos que cometió la quinta columna en el Madrid asediado. Tampoco habla del apoyo nazi a los sublevados, algo lógico dado que en la Alemania nazi, donde se publicó su libro en 1938, no se pudo mencionar la participación alemana, decisiva para la victoria de los sublevados, hasta el final de la guerra. En fin, leo su relato con la misma distancia y el mismo cuidado con los que leo los informes que los agentes alemanes estalinistas redactaron sobre Ilse Kulcsar y Arturo Barea.

El texto de Barea, en cambio, no es ni de lejos tan unidimensional e ideológico como el de Schlayer. En La llama, Barea reflexiona sobre las contradicciones en el seno de la República, no se priva de criticar lo que ve y trata de ser fiel a sí mismo. Es un texto en busca de una verdad sobre la guerra, aunque sea una verdad personal a través de la memoria. Barea no proclama sino describe sus experiencias con todas las contradicciones posibles. Esta es una diferencia fundamental entre los dos textos. Aparte de que la capacidad literaria de Barea era incomparablemente mayor que la de Schlayer.

Para volver a la primera pregunta: por supuesto que se pueden tener en cuenta los dos textos cuando se estudia la Guerra Civil, al igual que las memorias y recuerdos de todas las personas que participaron en ella. Pero no de forma acrítica. Hay que comparar lo que dicen con los hechos históricos comprobados y sacar sus conclusiones. En el caso de Barea existen numerosos documentos en el Archivo de Arturo e Ilsa Barea, que está en Oxford, atestiguando lo que cuenta en su libro. Por eso sabemos que gran parte de lo que dice Barea se basa en hechos. Supongo que Barea usó estos documentos para redactar su novela. En el caso de Schlayer habría que comprobar sus afirmaciones con documentos que, quizá, se encuentren en los archivos estatales para saber hasta qué punto retrata la realidad y qué elementos omite. Creo que hasta ahora, nadie lo ha hecho.

De todos modos, existe una novela del escritor alemán Gustav Regler, Juanita, escrita en torno a 1940 y publicada póstumamente en 1986, que cuenta de forma muy diferente el ambiente en una ficticia embajada finlandesa en Madrid durante la guerra. Regler, al contrario que Schlayer, evoca un ambiente bastante violento entre los encerrados y habla también de las atrocidades que cometió la quinta columna. Por desgracia, la novela no es tan buena como La gran cruzada que es, en mi opinión, la mejor novela en lengua alemana sobre la Guerra Civil.

J.M.L.M.: Convoco ahora al ilustre profesor universitario de lengua y literatura.

Aparcando las emociones que me suscitó Schlayer y centrado ahora en Arturo Barea debo decirle que, a la hora de lograr un relato convincente y que interese (conmoviendo a sus lectores como acaba de ser mi caso), he encontrado la escritura del autor español en un nivel artístico similar al que ofrece la prosa de Albert Camus.

No solo La llama, La forja de un rebelde en su totalidad, son equiparables, por su escueto y poético estilo y por la hondura de sus humanistas intenciones a El primer hombre, la espléndida autobiografía (truncada por el accidente de coche que le costó su vida) del Premio Nobel argelino.

Tras la provechosa relectura de La llama (como me sucedió hace un año con Telefónica de Ilsa Barea-Kulcsar) y repasando para esta entrevista Diplomático en el Madrid rojo, creo que vuelve a ser necesario preguntar:

¿La buena literatura no conoce ideologías?

G.P.: Una respuesta fácil sería que todo es ideología, todo es política. Porque siempre hay un trasfondo ideológico, político, social desde el que una escritora, un escritor escribe y desde el que lee una lectora, un lector. Y desde el que se publica una obra. Pero puede ser que una obra, no sé si buena o mala, trascienda una lectura ideológica y abra otra dimensión, aunque en un caso tan político e ideológico como es la Guerra Civil resulta difícil. Para poner un ejemplo: hace años leí Madrid, de Corte a cheka (1938), de Agustín de Foxá, y leí la novela con verdadera fascinación porque es el retrato perfecto del despertar del falangismo, es decir, del fascista español. Aparte de que Foxá sabía escribir muy bien (algo que le diferencia de, por ejemplo, Arturo Pérez Reverte que en su serie de Falcó también retrata a fascistas españoles), eran la forma y la convicción con las que plasmaba sus ideas lo que me pareció más esclarecedor y acertado. Y era algo que nunca había visto en autores alemanes de la época nazi sobre los que había trabajado antes. No creo que la novela sea «buena literatura», pero creo que es literatura ilustrativa que explica muy bien un fenómeno. Y se puede leer pese a que esté impregnada de ideología. Lo que quiero decir es que puedes leer literatura muy ideológica y aprender de ella, a veces a pesar de ella. A lo mejor no disfrutas como si estuvieras leyendo un poema de Rilke, pero ilustra y enseña.

¿Acepta Georg Pichler que un mismo lector se involucre –y pueda sentirse extrañado por ello– leyendo a Felix Schlayer, para proseguir después desplegando su empatía con el matrimonio Barea?

G.P.: No sé si soy la persona más apropiada para contestar esta pregunta ya que en este caso leo con interés crítico, no sé si filológico o histórico. Y desde esta perspectiva se pueden leer los dos libros sin problema, aunque con una implicación personal diferente. Además, relatan una realidad complementaria, describen hechos históricos, más o menos cercanos a la «realidad de las cosas». Mientras Schlayer niega u omite las barbaridades que se cometieron en la parte franquista, Barea sí describe las atrocidades del lado republicano y las critica. Son acercamientos humanos muy diferentes que se retratan a sí mismos.

J.M.L.M.: Por la amistad que usted brinda a EL IMPARCIAL sabemos que lleva varios años de su vida (quizá sean lustros, quizá decenios…) investigando y escribiendo sobre Ilsa Barea-Kulcsar. Otras dos preguntas sobre esta esperadísima biografía:

Lo que Arturo Barea refiere sobre la vienesa: ¿será la única fuente para saber de sus andanzas durante nuestra guerra o habrá, aparte obviamente de Telefónica, –novela escrita por ella misma–, otros libros y documentos de parecida importancia para este trabajo suyo sobre Ilsa Barea-Kulcsar?

G.P.: La fuente fundamental para el capítulo sobre la estancia de Ilsa Barea-Kulcsar en España es sin duda La llama. Y más que a Telefónica que, como novela, modifica la realidad, recurro a un texto autobiográfico que Ilsa escribió en 1965 sobre su estancia en España. Este texto no se había publicado en su totalidad hasta que en 2019 lo incluimos en la edición de Telefónica. De gran ayuda es la estupenda biografía escrita por Michael Eaude que se titula Arturo Barea. Triunfo en la medianoche del siglo (2023), en la que hace un retrato extenso de Ilsa. Aparte de eso, hay unos cuantos libros de memorias en los que aparecen Arturo e Ilsa, normalmente de forma más bien somera, aunque siempre respetuosa. Y he encontrado bastantes documentos históricos sobre los 14 meses que Ilsa pasó en España. Por un lado, están los documentos que guardó la pareja misma y que ilustran muy bien sus vivencias. Por otro, existen informes políticos de comunistas alemanes o españoles, de muy poca credibilidad. Además, hay textos periodísticos que relatan el día a día de la guerra y dan una idea de lo que vivió la pareja. Y hay varias investigaciones historiográficas que analizan, por ejemplo, la labor de la radio en lengua alemana que, a diario y desde Madrid, retransmitía al Tercer Reich programas de información y propaganda antinazi, y en la cual Ilsa colaboraba bajo la dirección de Arturo; aunque no hablan directamente de ella, ofrecen muchísimos detalles que sirven de trasfondo para la biografía. Y con este puzle se puede crear una imagen bastante fidedigna de su paso por la Guerra Civil.

¿Por qué momento histórico va ya su biografía de una mujer con tan extraordinaria vida?

G.P.: Este año no he avanzado mucho porque he sido infiel a la pobre Ilsa. Junto con el historiador Joachim Gatterer he publicado en Austria un libro sobre el escritor praguense de lengua alemana Egon Erwin Kisch. En el libro hemos recopilado todos los textos que Kisch, el «reportero veloz», escribió sobre su estancia en España entre junio de 1937 y finales de abril de 1938, artículos, reportajes, crónicas, cartas, y los hemos completado con relatos y memorias en los que sus amigos y compañeros hablan de su paso por la Guerra Civil. Y con muchas fotos. En su momento, Kisch fue quizá el periodista-escritor más importante en lengua alemana, y durante su estancia escribió varios reportajes muy ilustrativos y de mucha empatía con el pueblo español y los brigadistas internacionales. Es una pena que no se conozca su obra en España, y trataré de encontrar una editorial para este libro. Pero ya he vuelto a la biografía de Ilsa que en estos momentos está a punto de llegar al Madrid del noviembre de 1936.