Opinión

Exigencias bioideológicas

TRIBUNA

Pedro Gago | Viernes 17 de julio de 2026

Para llevar a cabo la conversión humana -la desaparición del Homo humanus-, el poder político bioideológico suele adoptar una estrategia que combina la defensa y otorgación de derechos ilimitados, con el sometimiento del individuo a especiales servidumbres. Su objetivo consiste en absorber la libertad esencial de la persona e imponer una tiranía total -hiperigualitarismo-.

El cientificismo bioidelógico, el progresismo más avanzado que aparenta seguir las viejas fórmulas colectivistas, quiere que el individuo se emancipe de la moral y se adhiera a una tecnociencia amoral. Dado que el cientificismo social es un discurrir en trepidante movimiento destructor, sus ocurrencias deberán ser aceptadas como dogmas irrechazables que superarán cualquier juicio moral. De modo que el individuo deberá acogerse siempre a la opinión cientificista, por lo que dejará de tener libertad moral, asumiendo que su relación con la sociedad habrá de basarse en una pretendida conducta científica que dejará atrás los sentimientos, aunque no la sensiblería. Convertida la sociedad en un laboratorio de experimentación psicotecnológica, probablemente se consiga que el individuo decida ensimismarse voluntariamente. La consecuencia será la extrema individualización, el vacío en cada interioridad humana y el desgarramiento de lo propiamente comunitario. Una vez el individuo quede desprovisto de todo, sin posibilidad de trazar libremente su vida, no le quedará más remedio que someterse al poderío tecnocrático.

El progresismo bioideológico que niega la naturaleza, la esencia, la verdad y la realidad, se tiene que quedar en lo fenoménico -inmanentismo escatológico-, que será percibido por unos sentidos previamente orientados, por lo que puede postular cualquier deseo o pretensión al objeto de desordenar las conciencias. Las ideologías han alterado el orden de la vida humana elevando a fundamental cualquier medio de realización de las personas. Modificadas las categorías, pasando muchas veces lo secundario y lo superficial, a la consideración de ejes vitales, será más fácil que, a partir de este trastorno irracional, la persona pueda ser utilizada como mero instrumento de las fuerzas dominantes. Así lo ha hecho el colectivismo, la democracia demagógica y el estatismo. Una vez han ido descomponiéndose los falsos atributos míticos, la política actual intenta servirse de la evolución tecnológica, tratando de acoplar la ingeniería social a los contenidos bioideológicos. De este modo, la política, en realidad antipolítica, espera rebajar al ser humano a un pequeño elemento cosificado, en la que aparecerá la época posthumana -extendido el antiespecismo (P. Singer)-, que se pondrá al servicio de quién estime lo que puede valer como organismo biológicamente constituido y en función del beneficio que pueda extraerse de su utilización.

Una vez se logre que el individuo se transmute en género (asexuado), el deshombre, sufrirá una depreciación moral radical, quedando absorbido por la mentalidad social conducida por la oligarquía degradante -totalitarismo antisocial cleptocrático-. Entonces, los medios progresistas fomentarán que el individuo pase a ser objeto de experimentación biológica y social, como corresponde a un ser viviente cuya existencia en sí es un peligro para el planeta -que se controlará con el negocio de la bioideología del cambio climático-. En oposición a la libertad esencial de la persona, el progresismo le orientará para que “voluntariamente” deje de ser y de estar, una vez termine de cumplir con las exigencias biopolíticas (eutanasia), abandone su espacio debido a los estrechos límites del planeta (incineración), detenga su crecimiento exponencial para no afectar negativamente al equilibrio ecológico (necesidad de una guerra de exterminio) y se niegue a aparecer por la vida con una deformación inadmisible (aborto electivo, voluntario y obligado). Las acciones terapéuticas acabarán con las raíces de la vida humana imponiendo las deformes ideas multiculturales a cualquier forma y condición. Por ejemplo, dando a las culturas el mismo grado de desarrollo e importancia, acabando con la distinción hombre y mujer, etc. Asimismo, se intentará eliminar el instinto natural social, desgarrando al individuo de sí mismo. Siempre irracional y contradictorio, el progresismo apoyará a su conveniencia a los movimientos étnicos o racistas calificándoles de liberadores, al mismo tiempo que defenderá al género humano. Para conseguir estos objetivos será imprescindible acabar definitivamente con la historia humana, sobre todo con la de la civilización occidental -racismo antiblanco de un surtido poco ejemplar de individuos blancos que se odian a sí mismos-, primero distorsionando el pasado con una memoria democrática -el intelectualismo mercenario enloquecido-, compuesta de una sucesión de imágenes manipuladas. Uno de sus fines será que la historia desaparezca como magister vitae. Se impedirá que haya historiadores que pretendan hacer ciencia histórica. Cualquier colectivista enfundado en ideología, podrá adquirir sin ningún saber histórico, la función de magistrado con capacidad de sentenciar como cosa juzgada, cualquier relato por él imaginado. Paralelamente, para evitar la objetividad de las pruebas, se intentará hacer desaparecer las poblaciones de una rica cultura e historia.