Opinión

El hombre unimiccional

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 20 de julio de 2026

Cada vez que asalto al ordenador siento que mi deseo es que se pare el cosmos entero y dentro de él nuestro pequeño sistema solar, que el mundo y la Tierra dejen de girar en torno a algo, que ya no vayan a la deriva el sol, la luna y las demás estrellas. Es lo menos que puede pedirse -aunque parezca megalomaniaco y lo sea- a quien escribe como yo lo hago: a la deriva, sin la menor seguridad de que alguien me lea, de que si me lee le guste lo escrito, y de que -si le gusta- ese día le plazca para siempre y de este modo el mundo no vuelva a avergonzarse de recuperar su sincronía. Qué revolución cósmica tan trascendental supondría para este su humilde plumífero haber encontrado mediante ese escrito un amigo con el cual devolver el sentido y la trascendencia de todo, una especie de paso del caos al cosmos, una reorganización de lo magmático en un orden nuevo, según dicen que lo hacía el demiurgo platónico, el recreador de la naturaleza. Pero ¿cómo encontrar a ese lector mitad de mi alma, de mi alma demediada y a la vez desmedida?, ¿la habrá al menos en algún otro planeta paralelo?, ¿cómo llegar hasta él?

Con cada palabra escrita lanzo impertérrito una bengala lumínica, porque la oscuridad de los espacios infinitos, como a Pascal, me aterra. Me aterra, pero no me invalida, aunque tampoco olvido a Machado, pues como él “soy viejo porque tengo más de setenta años, que es mucha edad para un español”. A este españolito venido al mundo, helado su corazón por las dos Españas, le resulta cercano San Agustín, según el cual, a pesar de la pérdida de la virginidad, las mujeres consagradas que habían sufrido la violación no habían perdido su castidad, ya que su mente no había consentido a la lujuria. Bueno, vieja violada, ahí les mando mi artículo. También me pasa lo que al personaje cuyo padre, marinero, se ahogó, pero él siguió el oficio de su padre. Como esto extrañara a su amigo, le pregunto a su vez: “-¿Dónde murió tu padre?” –En la cama. -¿Y tu abuelo? -También. -¿Y no tienes miedo a meterte en la cama todas las noches? -Me gusta la marinería”. Y al mismo tiempo estoy redactando unas Instrucciones para perder mejor. Primero, no hay que mearse en la cama; después, la primera parte de las mencionadas Instrucciones se denomina Contra el hombre unimiccional, a la que seguirá un Miccionario universal. Aunque me lo paso bien, lo más engorroso sigue siendo para mí pasar mecánicamente las ideas al ordenador. Aunque durante años tuve en Latinoamérica un secretario para organizar mis cursos, siempre he necesitado un auténtico pasador de textos. Algunas amas de casa acomodadas proclaman tener “chicas que me ayudan”, a las que a cambio de hacerlo todo pagan salarios de hambre. Ya me gustaría a mí esa ayuda de algún mecanógrafo, pero no saco ni para pagar la luz con la que escribo ni el papel, ni el pan que me alimenta, ni el lecho en donde yago.

De todos modos, a falta de lectores interfaz e intergalácticos de los que hablaba al principio, me encantaría pasar una buena temporada en las pasadas idus de marzo En las universidades renacentistas, junto a los estudiantes valientes y los amigos de armas, los enamorados, los poetas y los muy polidos y aseados, no faltaron pícaros, graciosos, decidores, hábiles en juegos de cartas, pendencieros, capigorristas, manteístas, pupilos, prebendados, porcionistas, camaristas, según lo describieron El Buscón de Quevedo o el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán: “¡oh, dulce vida la de los estudiantes!, ¡aquel hacer de obispillos, aquel dar trato a los novatos, meterlos en rueda, darles garrote a las arcas, sacarles la patente o no dejarles libro seguro ni manteo sobre los hombros!, ¡aquel sobornar votos, aquel solicitarlos y adquirirlos, el empeñar de prendas, la espada debajo de la cama!”. Allí estaban todos revueltos, incluidos los que “para ningún género de letras tienen ingenio ni habilidad”. Menuda casa de Troya. Por si los males fueran pocos, para la colación de grado no faltará alguna universidad asilvestrada donde, llevando tan sólo los cursos probados, es decir, la asistencia y matrícula, y los puntos como bodoques en turquesa, digan unánimes y conformes: accipiamus pecuniam, et mittamus asinum in patriam suam, recibamos su dinero y enviemos al asno a su patria. Pero a estas chiquilladas, fruslerías y trapacerías siguieron luego las artes venatorias de caza mayor: los masters o miércoles comprados, los títulos falsos, los doctorados fusilados, las cátedras vendidas, los katedráticos okupas baratos, y el descrédito del ta barato dame dos, la inanidad de las universidades arruinadas en su capacidad de servicio a la ciencia y a la sociedad. Lo peor fue que allí faltó el contacto con el pueblo, la percepción de las necesidades que el correr de la historia va levantando. Antes se contentó a sí misma, y en su propia vida se ahogaron sus anhelos, de ahí el espíritu de casta autosuficiente y superior a la colectividad nacional. También el egoísmo que se suicida a sí mismo. En definitiva, el vicio más pernicioso en individuos e instituciones: no vivir para la colectividad, sino de ella. Al Ministerio de Educación, que ha pasado a ser una sección de la Sociedad protectora de animales.

Un candidato de las fuerzas de izquierda llegó al pueblo de San Ignacio, en Honduras, durante la campaña electoral. El orador trepó la escalera que hacía las veces de estrado y ante el escaso público proclamó que la izquierda no soborna al pueblo, no vende favores a cambio de votos: -¡Nosotros no damos comida! ¡No damos empleos! ¡No damos dinero! -¿Y qué mierda dan, entonces?, preguntó un borrachito recién despertado de su siesta bajo un árbol de la plaza. ¡Pues, amigo, en general lo que dan los candidatos de una y otra calaña a los candiditos de uno y otro signo es eso: mierda!

Pero la vida sigue, y la amamos por encima de sus crestas y de sus olas. Aseguraba Péguy que una revista no está viva si no descontenta cada vez a un buen quinto de sus suscriptores, y que la justicia consiste únicamente en que no sean siempre los mismos los que estén en ese quinto, pues, cuando uno se aplica a no descontentar a nadie, cae en el sistema de esas enormes revistas que pierden millones, o que ganan, por no decir nada. O más bien, para no decir nada. Con esto mismo también este pequeño filosofo que soy les desea lo mejor.

El “duelo” España-Argentina ha concluido para deleite de los unos y derrumbre y herrumbre de los otros, pero quiá, el parentesco y la genealogía les equipara, lo bueno hubiera sido un empate, pues también en Argentina es raro que haya urgencia de comprar camisetas, porque todos las tienen desde el nacimiento; la más reciente no se compra por repentino patriotismo, sino para completar la colección con el nuevo diseño.

Mientras tanto, cómo echo de menos la ἀκρίβεια (akríbeia), que designa la exactitud, precisión o rigor en el conocimiento y en la exposición. En Aristóteles, no se trata de una exigencia uniforme aplicable a todos los saberes, sino de una cualidad relativa al objeto de cada disciplina: no es posible exigir el mismo grado de precisión en la ética o la política que en las matemáticas, pues cada ámbito admite un tipo de certeza proporcional a su materia. Así, la akríbeia implica tanto el cuidado en el análisis como la adecuación del método al objeto, evitando tanto la vaguedad como el falso rigor. Pero español que razona es un oxímoron. Gracias, hermano San Cho Panza, por tu anchopología metaacadémica, ya que forma parte de la prudencia agradecerle a un autor por su libro antes de leerlo para evitar mentirle después. Qué sabiduría tan grande y tan sabia.