Opinión

¿Es posible mirar a otro lado?

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Jueves 23 de julio de 2026

De vez en cuando aparece un acontecimiento capaz de concentrar la atención de millones de personas. Siempre me han producido cierta inquietud. Tal vez porque nunca he terminado de comprender qué lleva a una comunidad entera a mirar obstinadamente hacia un mismo lugar. Quizá por eso aquella noche salí a caminar.

A las nueve menos cinco de la noche, todavía con luz solar, salí de casa, dispuesto a dar un largo paseo. No porque quisiera llevar la contraria ni porque sintiera desprecio por el evento. Quería mezclarme en los entresijos de la ciudad y observar sus márgenes, movido por la curiosidad: ¿qué ocurre cuando todo el mundo mira a un mismo lugar? ¿Se puede mirar a otro lado?

Madrid respiraba la calma propia de la espera conocida y deseada. Bajé al Metro, la espera fue breve. Cuando subí al vagón había más gente de la que imaginaba, para ser una hora tan próxima al comienzo. ¿Qué evento no tiene a los que llegan tarde? Los viajeros, tanto nacionales como extranjeros, lucían camisetas y banderas.

Pasadas las nueve y veinte salí de la estación de Sol. La escena era similar a la del vagón: menos gente que en cualquier noche de verano, pero bastante más de la que había imaginado, principalmente personas de otras nacionalidades con camisetas y banderas de España.

En los primeros pasos podías encontrarte grupos andando o sentados en terrazas cenando tranquilamente, sin ver el partido, pero uniformados con los colores de ambos equipos. Resultaba un escenario perfectamente coreografiado.

En la plaza Isabel II un grupo de chicos y chicas jóvenes ocupaba un pequeño espacio central. Vestían ropa oscura y estampados de camuflaje. Transgredían la puesta en escena de la ciudad con un baile. Ensayaban movimientos con gran precisión mientras otro miembro del grupo grababa. Aquella disciplina contrastaba con la espontaneidad festiva del resto de la ciudad.

Continué caminando hacia Oriente. Un caballero animaba a los viandantes a darse una vuelta por la luna. Me pareció una invitación extraordinaria y provocadora. Mientras toda una ciudad dirigía la mirada hacia un lugar sólido y conocido, él proponía cambiar la posición de la mirada. A diferencia de otras noches, cuando suele formarse una pequeña cola, aquella vez a nadie le interesaba. Me acerqué.

Era una buena oportunidad para realizar aquello que motivaba mi paseo. La luna se veía magnífica, aunque también es cierto que no tengo una gran familiaridad con estos instrumentos. La noche de verano aún tardaba en cubrirnos, y la luna no se distinguía con la nitidez que prometía la lente. Pensé que incluso mirar hacia otro lado tenía aquella noche sus dificultades.

Dos muchachas paseaban con la camiseta de México. Otro llevaba la de Turquía. De un tercero no logré distinguir el país. Bajo el silencio que me acompañaba aquella noche, cualquier gesto era un grito sin necesidad de hablar.

Las parejas parecían más visibles que en otras ocasiones. Caminaban de la mano con una determinación poco habitual, reafirmándose. Unos pocos amantes se miraban y conversaban en las fuentes de los jardines, escoltados por nuestros monarcas. Los transeúntes solitarios caminaban más deprisa de lo normal.

En un momento, la mudez y la quietud de aquellas escenas que presenciaba comenzaron a resquebrajarse por la retransmisión de fondo, los aplausos y los gritos de una muchedumbre que se congregaba en un punto de la ciudad. El ruido se colaba a través de la grieta que abre Madrid a su ecosistema natural. De repente, comenzaron a surgir carritos con bebés. Quienes no tenían voz encontraban su espacio.

Más adelante, al asomarme a uno de los balcones de la ciudad, el murmullo y la narración de los comentaristas se entremezclaban durante unos instantes con un concierto próximo que no logré localizar dónde estaba. Sonaba a folk irlandés. Una vez más, la música desafiaba aquella mirada única.

Seguí caminando hacia el oeste. A medida que me alejaba del centro, los paseantes desaparecían. Los grupos se agolpaban en terrazas con televisión o bares que sostenían con sus paredes los suspiros de los espectadores. Una vez entrabas en la cuadrícula de los barrios, las ventanas se convertían en coros que se perdían en las calles. Apenas pasaban las once de la noche y la sensación era de cualquier madrugada del mes de agosto.

Quienes seguían caminando por las calles principales estaban parados mirando la final por el teléfono o llevaban camisetas y banderas. Tuve la impresión de que la simple presencia en la calle necesitaba de una justificación.

Camino de la entrada de un nuevo día, la ciudad comenzó a tronar en diferido. Como si confirmara que siempre vivimos en el pasado. Justo en la medianoche, los edificios se desinflaban y devolvían lentamente a sus inquilinos al exterior. Las calles comenzaron a llenarse de canciones, música y bailes populares del país. La gente rebosaba alegría y ya me encontraba muy cerca de mi casa, con más hambre que cansancio.

Sin darme cuenta había acomodado mi paseo al ritmo del propio acontecimiento. No estaba completamente fuera. Caminaba al compás de sus pausas, de sus estallidos, de sus silencios. Durante la madrugada se escuchaban algunos gritos intermitentes de grupos de noctámbulos.

Después de todo, sí era posible mirar hacia otro lado. Solo que ninguna de aquellas escenas existía al margen del acontecimiento. Apartar la mirada no significó dejar de vivirlo. Simplemente recorrí de oídas la sombra que la pantalla proyectaba.