Opinión

La irrupción ideológica y el Estado

TRIBUNA

Pedro Gago | Viernes 24 de julio de 2026

Las ideologías aparecieron en un momento de brillantez creadora del pensamiento europeo, intentando poner en práctica las ideas-ilusión. No pertenecían al pensamiento auténtico, al ser una aspiración de la imaginación que pretendía transformar radicalmente la esencia humana y rechazar la verdad. Su objetivo era convertirse en un doctrinario crítico y negativo de la realidad y en una estrategia y táctica para la acción. Las ideologías trataron de ser una guía simple para construir artificialmente la realidad mediante la deconstrucción de las aportaciones culturales en la historia. Al llegar a formar un sistema de creencias seculares, tuvieron bastante éxito y llegaron a tener muchos adeptos, tanto de gentes cultas como iletradas. Los dogmas ideológicos –que componen la ciencia social de la credulidad-- daban seguridad al pensamiento balbuciente, inseguro y cada vez más desequilibrado, extendiéndose por la cultura que se manifestó en la infantilización de amplias capas de la sociedad. Los dogmas ideológicos requirieron de unos propagandistas, los intelectuales, cuya misión era y sigue siendo adoctrinar a la gente.

Con el crecimiento del Estado, los cambios políticos simplificaron el pensamiento político, incluso con extraordinarios pensadores antipolíticos, caso de Hobbes. El Leviatán exigía intervenir en la sociedad, primeramente, a partir de la economía política, la ciencia de lo social por excelencia y también porque al Estado le convenía la movilización popular ya que era muy útil para dislocar el cuerpo social, cuyos individuos en lo sucesivo no podrían prescindir de él y así desarrollar su naturaleza totalitaria –el ordo status--.

A medida que la ideología se estatalizaba y gran parte de la sociedad se ideologizaba, el ideologismo influirá en el pensamiento y en las actividades encaminadas a transformar radicalmente lo existente, fracturando a la sociedad y apoyando al poder en contra del pueblo. Cuando la ideología llegó a penetrar hondamente en el Estado, el intelectualismo tendría el encargo de poner a los individuos en manos de quienes ostentaban los mecanismos coactivos y coercitivos para llevar a cabo una desquiciada revolución permanente. El “mérito” del intelectualismo fue poner al hombre al servicio de la ideología y acabar con el pensamiento auténtico, olvidándose del hombre. Todas las ideologías y los Estados despóticos propiciaron la "destrucción de la imagen personal del hombre" (J. Marías), que le conducirá a perder sus atributos (R. Musil) o llevarle a su propia muerte (M. Foucault).

Cuando la ilusión y la falsedad orientaron el pensamiento terminaron por desnaturalizarlo y derrotarlo (A. Finkielkraut). Las ideologías se propusieron que el hombre olvidara la importancia esencial de la libertad personal, pasando a tener conciencia de que no era más que un mecanismo biológico que evolucionó más rápidamente que un simio. Consiguieron que el alma humana fuera desapareciendo, siendo sustituida por una mentalidad en un cuerpo construido por la alimentación industrial y mantenido por el sistema médico. Para no quedar sumido en una humillación de quien se había creído con una categoría que no le correspondía, al individuo se le compensó con ser partícipe de una clase, un partido, del Estado. De esta forma fue más fácil ponerle al servicio de algo que aparentemente le encumbrara, cuando en realidad se le había reducido a un valor de uso. No se engrandecía a la persona, sino a una abstracción colectiva y, sobre todo, al Estado, compatible con el Yo encerrado en sí mismo. Con el dominio ideológico se perdió el respeto por la singularidad de las personas.

La estrategia de las ideologías ha variado desde su aparición, acoplándose a la estructura del Estado y a las diferencias culturales de las sociedades. El Estado y las ideologías se utilizan mutuamente. El Estado apoyó a las ideologías convenientes según sus características y circunstancias y se opuso a las que no cuadraban con un modelo institucional a tenor de la idiosincrasia de la nación. Por su parte, las ideologías se acoplaron a él porque les servía como un medio para llevar a cabo sus proyectos o simplemente porque sin él podrían desaparecer. Salvo excepciones, el apoyo ideológico ha reforzado al Estado como poder de dominación, e intentado que el individuo se integrara lo más plenamente en su aparato. Como medios del estatismo, las ideologías han sido una de las fuerzas principales para introducir al hombre en la servidumbre a la que someterá el Estado Total –movilización ante el conflicto externo—y totalitario –absorción de la sociedad por el Estado--. Lo indiscutible es que, desde hace mucho tiempo, el Estado ha desproveído al individuo de recursos existenciales, lo que E. Forsthoff llama espacio vital dominado y las ideologías siguen ofreciendo las mejores parafernalias justificativas de un estatismo destructor de la libertad de los individuos y de las sociedades. De ahí que el Estado, incluso en su decadencia, sigue necesitando de las ideologías, subideologías y bioideologías para justificar sus acciones. No obstante, la mayoría del artificialismo siguen perdiendo la capacidad de llevar a cabo los contenidos imaginarios y perdiendo sus pretensiones históricas absorbidas por los fines del estatismo, ya en decadencia.