Opinión

Remigraciones clásicas

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 24 de julio de 2026

Las remigraciones no son para nada acciones políticas del Mundo Contemporáneo. Las hemos visto suceder en el Mundo Clásico, particularmente en Atenas, y muy especialmente en Roma, muy bien documentadas gracias a la gigantesca obra de Tito Livio. Así, en el 187 a. C. el senado encargó a Quinto Terencio Culeón localizar a los extranjeros de origen latino que vivían en Roma y obligarlos a volver adonde estaban censados ( “redire eo cogeret, ubi censi essent” ). A resultas de esta decisión política, aprobada también en asamblea popular, retornaron a sus ciudades doce mil latinos, pues ya entonces el número de inmigrantes representaba una carga para la ciudad “ (“iam tum multitudine alienigenarum urbem onerante” ) ( Liber XXXIX, 3, 4 ). Un año más tarde sucedió la “historia de terror” de Las Bacanales, una secta que se había introducido en Roma desde Etruria por un griego, y que provocó una situación de pánico entre el pueblo de Roma. La secta “de origen extranjero”, alienígena, no se dedicaba sólo a violar a hombres libres y mujeres, sino que de la misma “fragua” salían falsos testigos, falsos sellos de testamentos, filtros mágicos y envenenamientos. Una prostituta, Hispala Fenecia, que se había enamorado del joven Ebucio, viendo que su amante estaba a punto de caer en la secta, denunció los crímenes de la misma al cónsul Postumio, quien inmediatamente informó al Senado y posteriormente al pueblo de Roma. En el curso de la noche que siguió al día en que se hizo público el asunto en la asamblea popular, muchos que intentaban huir fueron detenidos y obligados a volver por los triunviros. Muchos fueron denunciados y algunos de ellos, antes de ser detenidos, se suicidaron. Se decía que estaban implicados en aquella secta asesina y conspirativa más de siete mil entre hombres y mujeres. Se constató que algunos de sus cabecillas eran extranjeros, como Lucio Opicerno y Minio Cerrinio. A los que simplemente se habían depravado ellos mismos los metieron en la cárcel, pero quienes se habían implicado en homicidios, testimonios falsos, sellos falsificados, testamentos supuestos u otros fraudes, les aplicaron la pena capital. Y fueron más los ajusticiados que los encarcelados. Las mujeres condenadas a muerte eran entregadas a las familias a fin de que fueran ejecutadas por los “patres familias”, y en el caso de que aquéllos no tuviesen ánimo para hacerlo, se aplicaba el castigo por servidores públicos. A los denunciantes, el joven Publio Ebucio y a su amante, la prostituta Hispala Fecenia, se les entregó como premio cien mil ases a cada uno, y se permitió que el matrimonio de Hispala con Publio tuviera la consideración de un matrimonio legítimo entre personas libres, quedando exento del servicio militar Ebucio. Este asunto de Las Bacanales, del que se han hecho centenares de valoraciones y tesis, sirvió también a la República para seguir ejecutando remigraciones de las gentes cuya mundivisión era incompatible con la romana.

Respecto a la Democracia Ateniense fue siempre muy exclusivista, y la ciudadanía estaba más vinculada a la parentela y a la vecindad de los propietarios de Atenas que al hecho de compartir los valores que la Democracia defendía. Son ciudadanos los “autóctonos”, aquellos que han brotado del suelo (chthôn) de Atenas, tal como nos cuenta, entre otros muchos, Licurgo en su Leócrates, 41. Los “politai” son “autóchthonoi”, “syngeneîs” (parientes) y “oikeíoi” (vecinos). Entre Atenas y la ciudad creada por Platón existe más de una comunicación secreta: si analizamos el papel que Platón da a la mayor parte de los extranjeros que salen en sus diálogos, la inmensa mayoría ( alrededor de un 85% ) tienen un papel más bien siniestro y peligroso – v. gr. el extranjero Trasímaco interviene “como un animal salvaje” para definir la justicia como el interés del más fuerte -, en tanto que los atenienses que salen en sus diálogos son en su inmensa mayoría de buena índole y humanitarios. “Los atenienses cuando son hombres de bien, lo son en un grado excepcional” ( vid. Leyes I, 642 b-d ). Los extranjeros en Atenas podían vivir en la ciudad si cumplían tres requisitos:

  • Deben practicar un oficio industrial que les permita vivir de alquiler; así, gran parte de las fábricas de Atenas ( armas, zapatería, enseres de labranza, ropa, etc. ) estaban en manos de los metecos o extranjeros residentes. Sólo los próxenoi ( especie de hijos adoptivos de la ciudad ) y evérgetai ( grandes bienhechores de la ciudad ) podían tener el derecho de poseer una pequeñísima fracción de suelo ático mediante un decreto ad hoc para cada uno aprobado por los ciudadanos en una Ekklêsía Kúria ( Asamblea principal ). Porque, efectivamente, tal como analiza Marx en sus Grundrisse la propiedad en Grecia y Roma es quiritaria, esto es, una cosa sólo propia del ciudadano autóctono.
  • Deben cumplir el servicio militar ( “ephêbeía” ) para poder alquilar una vivienda y comerciar. Sabemos que muchos remeros de las naves de guerra ( trirremes ) eran metecos.
  • Deben pagar de modo vitalicio el impuesto de “metoíkion”, que suponía aproximadamente un 10% de su renta anual.
  • El meteco tiene que estar vinculado a un ateniense que lo representase como tutor en los tribunales.

Platón, en su Ciudad/Atenas ideal, exigía dos condiciones más para que los extranjeros pudieran vivir en “su” Atenas:

  • Su derecho a residencia está limitado a veinte años, si su conducta es buena – solamente algunos evérgetas o bienhechores y grandes mecenas de la ciudad pueden, a título excepcional, obtener el derecho de residir hasta su muerte: v. gr. Herodes Ático obtuvo el título de ciudadano ateniense por los grandes edificios que levantó, como el Odeón, el emperador Adriano también por su templo a Zeus, de columnas elevadísimas, etc. -.
  • En cuanto a los hijos de los metecos, a condición de que también tengan un oficio, los veinte años empezarán a contar cuando cumplan los quince años ( vid Leyes, VIII, 850 a-d ).

Ser ateniense, e hijo de atenienses tanto por parte de padre como de madre, era un requisito insoslayable para poder integrarse en la sociedad ateniense. Nadie nacido de un matrimonio mixto podía ser ateniense. El cuerpo de ciudadanos siempre fue hermético y endogámico. Sabemos que el gran meteco Aristóteles enseñó retórica en la Academia, pero no fue él el sucesor de Platón sino el ateniense Espeusipo, y los atenienses Polemón y Crates vendrán después. Sabemos que los esclavos y libertos estaban mucho más integrados en aquella sociedad democrática que los metecos. Así, Pasión, antiguo esclavo, como su hijo el liberto Apolodoro, fueron quizás las personas más ricas de la Atenas Clásica. Lo étnico era políticamente más importante que la humanidad abstracta, que se relacionaba con la ética, pero no con la política. El propio Marx, en la obra ya citada, que en tantas cosas desmiente el marxismo canónico, señalaba que aunque las oscilaciones de la emigración afectan escasamente la relación absoluta entre el capital y la fuerza de trabajo empleados en cada país, consideraba, sin embargo, fundamental el concepto de nacionalidad, y recuerda cómo Lord Dufferin diferenciaba a ingleses e irlandeses por su derecho o no a la propiedad de la tierra.

Debemos considerar la tierra como muestra del status de ciudadano ateniense, y no como inversión. Descartada la tierra, los extranjeros tenían que vivir de la manufactura, el comercio y el préstamo de dinero. Pronto los metecos se hicieron indispensables para la koinonía o comunidad. Se hicieron necesarios precisamente porque los ciudadanos no podían sacar adelante todas las actividades que eran necesarias para la supervivencia de la comunidad. Jenofonte, en su opúsculo Caminos y Medios ( o Beneficios ), en griego Poroi, vocablo que se puede traducir por cualquiera de esos tres términos y que engloba a los tres, sugiere medidas para incrementar el número de metecos, “una de las mejores fuentes de beneficios”: pagan impuestos, se sostienen a sí mismos y no reciben paga del Estado por sus servicios. Propone abrir más plazas de mercado y construir más casas de descanso y hoteles en el puerto de El Pireo para ellos. Además, añade la posibilidad de que el Estado pudiera construir su propia flota mercante y dar en arriendo sus propios barcos a los productivos extranjeros. Al final de la obrita aquel otro discípulo de Sócrates nos señala: “He explicado qué medidas deberían ser tomadas por el Estado para que cada ateniense pueda ser mantenido a expensas del común”. Esto es, la extranjería se constituía como una de las fuentes que aportaba más ingresos al mantenimiento de la Democracia ateniense, de la cual ellos no participaban en derechos, pero sí en obligaciones. El meteco Aristóteles define al meteco y al extranjero como el reverso del ciudadano en su status jurídico y político. Así, en Política, III, 1, 1275a3 nos dice “el ciudadano no lo es por habitar en un sitio determinado – pues también los metecos y los extranjeros participan de la misma residencia -, sino que se define por participar en la administración de la justicia y en el gobierno”. Aunque meteco, Aristóteles siempre vio a los extranjeros de Atenas con hostilidad y aprensión, afirmando que no debían jamás participar de la ciudadanía ( “metalambánein tês politeîas” ) ni pasar por las calles inadvertidos ( tò lanthánein ) ( Política, VII, 1326b14). ¿Estaría pensando en un tipo de vestidos para ellos?