Opinión

Conspiración: paranoia y metanoia

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Domingo 26 de julio de 2026

Viajé de Valencia a Madrid a través de una nube de humo que apenas dejaba ver un sol enrojecido. En el paisaje asfixiante, de un amarillo desértico, se destacaban enormes aerogeneradores que movían sus brazos con la paciencia de Briareo. Por alguna razón me sentí como un Quijote lunar.

Sé que hablar de profecía autocumplida te coloca de inmediato en el denostado club de los paranoicos. Aceptemos el honor de figurar entre los locos. Pese a recibir el sambenito de esta nueva inquisición que apela a La Ciencia y pese a creer en lo imposible, me niego a creer en lo improbable. Pues bien, estos incendios son, justamente, improbables: en su coincidente irrupción, en su precisión destructiva, en su dimensión apocalíptica, en su valor ideológico. Funcionan bien, siempre que se lean como un signo asociado a la comunicación de masas y a la gestión de poblaciones.

Por lo demás, se reconocen obra humana sin ningún recato, puesto que muchos de ellos se declaran provocados. Ahora bien, provocados siempre por individuos aislados, es decir, aislados de toda finalidad social o política y, por tanto, libres de toda sospecha de los paranoicos de la conspiración: casos aislados cuya suma es, pese a todo, muy improbable.

Contribuyen, sin embargo, como ningún otro fenómeno a la legitimación inmediata del discurso hegemónico por lo que no es delirante pensar que sirvan de hecho a fundarlo. La gente de bien no llega a esa conclusión por una inhibición de la imaginación que les impide admitir que alguien pudiera llevarse el mundo por delante en defensa de sus propios intereses – sean los sean –. Pero la gente de bien está en trance de extinción y cada vez es más fácil cuestionarse si algún escrúpulo pudiera detener a esos mismos chacales que – ante la catástrofe – buscan ventaja electoral con menosprecio absoluto del sufrimiento ajeno. Concédaseme, al menos, que la idea sólo puede escandalizar al que posea algún resorte moral. No escandalizará a la burocracia administrativa que gestiona nuestras vidas: agentes estrictamente racionales, miden sus medios en función de unos fines que se limitan a la gestión tecno-económica del mundo. Chacales, sin duda, y mamarrachos de la gran tecnología global.

Pero no hace falta acudir a ninguna conspiración silenciosa porque ya el programa explícito es evidentemente criminal. Lean a los actuales defensores del progreso tecno económico en cualquiera de sus modalidades: Kurzweil o Kevin Kelly, Peter Thiel o Alexander Karp… No es fácil que se encuentren noticias sobre el modo en que las tecnologías de la comunicación y la I.A. pudieran tener efectos sobre el clima, pero nadie podrá dudar del efecto destructivo del automóvil de combustión o de la vieja industria pesada. Las tecnologías nuevas parecen ser ingenierías tan limpias y luminosas como el espejo negro de las pantallas.

El programa explícito al que aludía tiene raíces relativamente remotas, puede hallarse su primera expresión completa en el pensamiento racionalista de los padres fundadores de las modernas ciencias físico matemáticas, que servirían de modelo de toda otra ciencia, especialmente de las primeras ciencias humanas. El objetivo es evidente desde el siglo XVI en adelante: hacer un mundo que quede íntegramente bajo gestión tecnocientífica en nombre de una ciencia inapelable del conjunto de la realidad, incluido el propio ser humano. Lo llamarían racionalización. La multitud de expertos especializados en fragmentos de un mundo pulverizado se gestionarían unitariamente desde un centro de decisión política: el Estado. Un aparato neutral y movido únicamente por los resortes de la razón a cuyo servicio se orientan esas ciencias y sus cohortes de especialistas. Hoy, sin embargo, el Estado mismo es ya una forma política pretérita y vemos amanecer la figura de un nuevo orden tecno-político regido por la inteligencia capaz de una gestión microfísica a escala planetaria. Siempre supimos que el sueño de la razón produce monstruos y que lo hace en progreso constante: la nueva forma será más racional, más fría, más pura. Ofrecerá a la larva humana un bienestar perfecto y lo aceptaremos complacidos. Esa nueva figura que aparece perfectamente liberada de los escrúpulos morales del pasado es el auténtico Señor de chacales y de mamarrachos.