Opinión

De Buenos Aires a la resaca troyana del mundial

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Lunes 27 de julio de 2026

Según Ortega y Gasset el Estado es un mal necesario, una ortopedia artificial que, como ocurre con los abrigos en invierno, es preferible llevarlos a pasar frío. Toda organización social, aunque sea de poca monta, como las comunidades de vecinos, es un corsé. Lo deseable es que todos se pongan de acuerdo y se lleven bien, pero como no hay forma de asegurarlo es preciso dictar un reglamento cuyo cumplimiento obligue a todos, pues siempre habrá quien discrepe de lo que los demás concuerden. En deporte y en la vida, si no hay reglas compartidas no es posible jugar ni convivir. El previo acuerdo delega la autoridad a un árbitro imparcial para resolver disputas.

El Estado es la culminación actual de una organización social en la que una autoridad tiene la función de modificar, cambiar e imponer reglas como las que aceptan los jugadores. Fijándose en esta afinidad, Ortega advirtió que el Estado tiene un origen deportivo. La analogía con el juego desdice que el origen del Estado sea la violencia, como dice Hobbes para quien el hombre es lobo para otro hombre y necesita un lobo supremo que imponga la paz, y desmiente que el hombre, por ser bueno por naturaleza no necesita reglas sociales ni deportivas, como decía Rousseau.

Aceptado el origen deportivo del Estado es natural disfrutar de una contienda internacional en la que participan equipos que representan naciones y cuya cobertura alcanza desmesuradas audiencias. La del último Campeonato mundial del fútbol alcanzó una desmesura que demuestra el arraigo de la condición sociocultural del deporte desde los juegos inventados por la Grecia Clásica. En la cultura de la Hélade el deporte era una participación de la discrepancia en la convivencia entre ciudades, un sustituto reglado de la guerra emocional. No es casual que paideia “educación”, y paidia “juego”, compartan su raíz. Los griegos entendieron que el juego es una forma de educación; la política una forma de dominación; la deportividad el nexo que educa el juego y libera la política desarmando al tirano.

En este mes de julio coinciden tres centenarios que vinculan España con Buenos Aires. El triunfo sobre –no contra– la selección argentina en el Campeonato mundial de fútbol. El centenario del Plus Ultra y el nacimiento de Di Stefano.

El día 19 recordé en una crónica en El Imparcial el centenario de una gesta histórica que está muy por encima de lo que puede aportar, en términos de virtudes y valores morales, la rivalidad entre selecciones que se disputan un campeonato donde necesariamente una va a salir vencedora y otra perdedora. Hace un siglo amaró en Buenos Aires el Plus Ultra, un hidroavión, comandado por Ramón Franco del Ejército de Tierra y el teniente de navío Juan Manuel Durán, representante de la recién creada Aeronaval de la Armada, tripulado por el capitán Ruiz de Alda y el mecánico Pablo Rada. Fue un vuelo histórico. Nunca se había volado un cuadrante del meridiano terrestre. Partiendo de Palos, fue el primer avión en atravesar el Atlántico por el hemisferio sur para llegar hace un siglo Buenos Aires. Los tripulantes fueron recibidos, con deportivo entusiasmo por un gentío cuyo júbilo quedó retratado en las principales portadas periodísticas del mundo. Buenos Aires quedó asociada a la gesta española.

En este mismo julio que concluye, se cumple el centenario del nacimiento de Di Stefano en Buenos Aires, un argentino que propició al Madrid cinco campeonatos seguidos de la copa de Europa. El diario L’Equipe, lo elevó a mejor jugador de la historia, con permiso de Messi, Pelé y Maradona. Las desavenencias antideportivas del mundial no me impiden celebrar madridistamente la figura representativa de un bonaerense en el equipo que llegó a pentacampeón.

Ahora que Nolan ha puesto de moda la epopeya de Ulises, hay exaltar la proeza del Plus Ultra como una auténtica odisea. Buenos Aires es un lugar común para mantenerlo en el recuerdo de muchos españoles. Fue el centro cultural de muchos intelectuales madrileños. Allí fue agasajado Ortega y Gasset desde un decenio antes en su primer viaje. El periódico La Nación comenzó a publicar hace un siglo su libro más famoso la rebelión de las masas que escribió en la madrileña calle Serrano. Tan pronto se esfumaron los ecos del éxito y fueron reemplazados por el estrépito de una cruenta guerra civil, Buenos Aires fue un centro de acogida para muchos españoles, decepcionados como Ortega por el salvajismo republicano u obligados a huir por los excesos del bando vencedor. Se puede comprender la decepción antideportiva por una derrota deportiva. No se puedo prescindir de lo que ha aportado Buenos Aires al deporte y a la paz.

Las expectativas de la Dictadura de Primo de Rivera de que el vuelo del Plus Ultra fuera símbolo de la superación del desencanto español de 1998, no evitaron la guerra. El Mundial puede ser flor de un día que se marchite como la gesta del Plus Ultra. Los éxitos deportivos son medios, no fines de la convivencia. Más repugnante que el antideportivo cuestionamiento por la derrota, destinada a evaporarse pronto es que se impida violentamente celebrar la victoria para amargar la celebración y malograr su continuidad como se malogró la del Plus Ultra. La decepción Argentina no pone en peligro el futuro, fue esa amargura la que mutó el regocijo colectivo en guerra civil.

Los versos del versículo 80 de la Sátira X, de Juvenal previenen de los cantos de sirenas que adormecen al pueblo cuando

sólo anhela con avidez dos cosas, pan y Circo

Puede absolverse a Buenos Aires de que el orgullo mal digiera la derrota. No afecta a la convivencia interna. Lo indigerible es dejar boicotear la victoria desde dentro, como ha ocurrido en España. Cuando el sátrapa consigue adormecer al pueblo, le impone su voluntad. Si la proeza no ayuda a reaccionar contra el enemigo que la bloquee, se evapora. Hay que defenderla en el presente, sin esperar a que Nolan la cuente luego imaginando a una keniana como causante de la guerra de Troya.