Opinión

Grandes incendios: diagnóstico, reto de Estado y desafío para la ciencia

TRIBUNA

Jesús Lizcano | Viernes 31 de julio de 2026

Los megaincendios del siglo XXI: Una amenaza global

Los incendios forestales que están asolando durante estos días amplias zonas de España, Francia y otros países europeos vuelven a demostrar que Europa se enfrenta a una nueva realidad. El fuego ya no constituye únicamente un fenómeno estacional asociado a las altas temperaturas del verano. Se ha convertido en una amenaza permanente, favorecida por el cambio climático, la despoblación del medio rural, el abandono de los montes, la acumulación de combustible vegetal y unos episodios meteorológicos cada vez más extremos.

España vuelve a sufrir importantes incendios que han arrasado decenas de miles de hectáreas en distintas comunidades autónomas, mientras que Francia ha visto cómo extensas superficies forestales han sido devastadas por incendios de enorme intensidad. A ellos se suman los registrados en Portugal, Italia, Grecia o Turquía, configurando un escenario europeo que evidencia que ningún país puede afrontar por sí solo un problema de esta magnitud.

Según datos registrados por el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), España lidera trágicamente la superficie calcinada dentro de la Unión Europea. Las hectáreas quemadas en nuestro país superan ampliamente las 150.000 hectáreas, multiplicando las cifras observadas en periodos equivalentes de años anteriores.

De los incendios convencionales a los fuegos de sexta generación

Los expertos llevan años explicando que los incendios forestales han evolucionado profundamente. Ya no basta con hablar de incendios grandes o pequeños. Hoy se clasifican también por generaciones, atendiendo a su comportamiento y a la dificultad para controlarlos.

La primera generación correspondía a incendios relativamente sencillos, normalmente de superficie, que podían ser controlados con rapidez mediante medios terrestres. La segunda generación apareció cuando el abandono de los montes comenzó a provocar una importante acumulación de vegetación. Los incendios aumentaron en intensidad y duración. La tercera generación coincidió con la expansión de las urbanizaciones en zonas forestales. El fuego ya no amenazaba únicamente al monte, sino también viviendas, infraestructuras y vidas humanas.

La cuarta generación incorporó el efecto de grandes continuidades forestales y condiciones meteorológicas muy adversas. Los incendios adquirieron una enorme capacidad de propagación. La quinta generación estuvo marcada por incendios simultáneos en numerosos puntos, obligando a repartir los recursos disponibles y dificultando enormemente la capacidad de respuesta de los servicios de extinción.

Finalmente han aparecido los llamados incendios de sexta generación, auténticos megaincendios capaces de modificar incluso la atmósfera que los rodea. Su enorme energía genera columnas convectivas de varios kilómetros de altura, produce vientos propios, lanza brasas a grandes distancias originando nuevos focos y puede llegar a formar nubes capaces incluso de producir rayos que originan nuevos incendios.

En estos fuegos extremos los medios tradicionales resultan muchas veces insuficientes. Ni los mejores hidroaviones ni los dispositivos terrestres pueden detener un frente de llamas cuando éste alcanza determinados niveles de intensidad. En ocasiones, la prioridad deja de ser apagar el incendio para concentrarse en salvar vidas humanas y proteger poblaciones.

Los incendios de sexta generación representan probablemente uno de los mayores desafíos ambientales de nuestro tiempo y constituyen una consecuencia directa de la combinación entre el cambio climático, las olas de calor, las sequías prolongadas, la acumulación de biomasa y determinados usos del territorio.

La prevención: la mejor herramienta contra el fuego

Todos los especialistas coinciden en que el mejor incendio es aquel que nunca llega a producirse. La prevención debe desarrollarse durante todo el año y no únicamente durante los meses de verano. El invierno constituye precisamente la mejor época para preparar los montes. Resulta imprescindible limpiar el exceso de matorral, eliminar árboles muertos, realizar podas selectivas, crear áreas cortafuegos bien mantenidas y favorecer un paisaje en mosaico que dificulte la continuidad del combustible vegetal.

Igualmente importante es recuperar la actividad agrícola y ganadera tradicional, cuyo abandono ha favorecido la acumulación de millones de toneladas de vegetación seca. El pastoreo extensivo constituye una de las herramientas naturales más eficaces para reducir el riesgo de incendios. La vigilancia temprana mediante cámaras automáticas, sensores térmicos, satélites, inteligencia artificial y drones permite detectar rápidamente los primeros focos antes de que alcancen dimensiones incontrolables.

La educación ciudadana también desempeña un papel esencial. La inmensa mayoría de los incendios tiene origen humano, ya sea por negligencias o por acciones intencionadas. Una mayor concienciación social puede evitar numerosos siniestros.

Los mejores medios actuales para combatir los incendios

España dispone de muy buenos profesionales en extinción de incendios forestales: Brigadas terrestres altamente especializadas, unidades helitransportadas, bomberos forestales, la Unidad Militar de Emergencias (UME), hidroaviones anfibios Canadair, helicópteros bombarderos y modernos sistemas de coordinación constituyen un dispositivo de extraordinaria calidad.

A ello se añaden satélites europeos como los del programa Copernicus, drones equipados con cámaras térmicas, modelos predictivos basados en inteligencia artificial y sofisticados sistemas meteorológicos capaces de anticipar el comportamiento del fuego.

Sin embargo, cuando un incendio alcanza dimensiones propias de la sexta generación, incluso todos estos recursos pueden resultar insuficientes. Por ello la prevención sigue siendo mucho más eficaz y económica que la extinción.

Encontrar nuevas formas de apagar el fuego: Un gran desafío para la Ciencia

La humanidad ha desarrollado enormes avances tecnológicos en medicina, energía, telecomunicaciones o exploración espacial. Sin embargo, los métodos básicos para apagar incendios forestales apenas han cambiado en muchas décadas.

Sería deseable impulsar grandes programas internacionales de investigación destinados a desarrollar nuevos agentes extintores, respetuosos con el medio ambiente y capaces de propagarse de forma controlada sobre las superficies en combustión.

Podrían investigarse líquidos de muy baja viscosidad, espumas inteligentes, geles biodegradables, aerosoles o agentes gaseosos de nueva generación que, una vez liberados desde tierra o desde aeronaves, se extendieran rápidamente sobre el frente de llamas formando una barrera continua que redujera el oxígeno, absorbiera gran cantidad de calor y ralentizara la combustión hasta extinguirla. Cualquier innovación de este tipo podría tener un gran impacto económico y social.

La investigación científica, la ingeniería química, la nanotecnología, los nuevos materiales y la inteligencia artificial pueden desempeñar un papel decisivo en el desarrollo de las tecnologías que necesitarán las próximas generaciones para enfrentarse a incendios cada vez más complejos.

Un gran Pacto de Estado y una Estrategia europea común

Los incendios forestales no distinguen fronteras, ideologías ni colores políticos. Sus consecuencias afectan a toda la sociedad. España necesita un gran Pacto de Estado contra los incendios forestales que trascienda las legislaturas y los intereses partidistas. Un acuerdo estable debería garantizar una financiación suficiente para la prevención durante todo el año, la gestión activa de los montes, el fortalecimiento de los servicios forestales, el apoyo a la investigación y la innovación tecnológica, la protección de los profesionales que arriesgan su vida y una planificación basada en criterios exclusivamente científicos y técnicos.

Pero la respuesta tampoco puede limitarse al ámbito nacional. Los incendios extremos constituyen ya un problema europeo. La Unión Europea debería avanzar hacia una auténtica Estrategia Europea Permanente contra los Grandes Incendios Forestales, dotada de normas comunes, protocolos homogéneos de actuación, sistemas unificados de coordinación y una gran flota europea de emergencia formada por hidroaviones, helicópteros pesados, drones de vigilancia, vehículos especializados y equipos de intervención rápida, disponibles para actuar solidariamente en cualquiera de los veintisiete Estados miembros cuando la situación lo requiera.

Del mismo modo, sería conveniente impulsar centros europeos de investigación dedicados específicamente al estudio de los incendios de sexta generación, al desarrollo de nuevos agentes extintores y a la mejora de los modelos predictivos mediante inteligencia artificial y observación por satélite.

Europa ha demostrado que puede unir esfuerzos frente a pandemias, crisis energéticas o catástrofes naturales. Ha llegado el momento de hacer lo mismo frente a los megaincendios, una amenaza que previsiblemente será cada vez más frecuente en las próximas décadas.

Cada hectárea de bosque que desaparece supone una pérdida irreparable de biodiversidad, de riqueza natural, de recursos hídricos, de captura de carbono y, en demasiadas ocasiones, también de vidas humanas. La lucha contra los grandes incendios debe convertirse urgentemente en una prioridad nacional y europea.