¿Cómo no desear ver la película que Nolan titula Odisea, un rótulo que transpira fervor helénico? Asciende al origen de la historia cultural de Occidente y de gran parte de su vocabulario, compartido por la dispersión aria del indoeuropeo. Para entender que la similitud no quede solo en travesura, baste recordar que la imaginación de Joyce denominó Ulises a una odisea callejera que le hizo famoso por asociar alegóricamente la jornada de un día de su protagonista por las calles de Dublín a los diez años que duró la homérica. La imaginación es libre para establecer analogías como hizo Joyce, pero el relato en que se centra Nolan no concede licencias para que no se dude de su fidelidad al original al poner en escena la épica de Homero. La peripecia de Matt Damon dura diez años y deja un rastro temático que ancla taxativamente en Homero su inspiración. Diez años fueron los que tardó Odiseo desde Troya para regresar a Ítaca, de donde era rey. Detalle que se añade a muchas otras credenciales que dan a entender que su versión aparenta servir al texto que la inspira sin adulterarlo por conveniencia. En descargo de Joyce, Dublín está más cerca de Roma que de Atenas, lo que justifica que su protagonista siguiera la tradición latina y llamara Ulises a su anónimo héroe. El director exhibe su lealtad mitológica al llamar Matt Damon a su héroe Odiseo.
Nolan podría haber sido más realista aún que Gibson pretencioso cuando utilizó el arameo para dar más verosimilitud evangélica al describir la Pasión; o menos travieso que Woody Allen, cuyas plañideras recitan en inglés en Poderosa Afrodita en el helénico teatro de Taormina. De haber leído a Milton, Nolan podría haber recurrido al hexámetro dactílico para ser más fidedigno que el poeta. El paraíso perdido es una inversión de la metáfora de Ítaca, la isla de Odiseo, refugiado siete años en una desconocida isla maltesa para viajar luego cuatro meses, lo que dura el viaje de Adán y Eva, engañados por la perfidia satánica, en busca de una patria perdida, La imaginación es dueña para hacer alegorías de la Odisea, pero no de Odisea una alegoría. Y eso es lo que hace Nolan: fingiendo fidelidad al original, desmantela su fundamento alegórico.
Mientras apreciaba en la pantalla la heroica disposición de Odiseo de llegar a la isla donde aguardaba su ejemplar esposa, la reina Penélope, tejiendo y destejiendo su famoso manto, se me hizo de repente la luz de por qué hacer del canto de Homero un taimado remedo cinematográfico. Ocurrió cuando vi a Helena, la reina de Esparta, cuya divina belleza cautivó a Menelao, hermano de Agamenón quien, a su vez, casó con Clitemnestra, hermana melliza de progenitor distinto de la raptada. En el original, la hermosura era tan seductora que, cuando Paris, príncipe de Troya, fue a Esparta y la vio, quedó cautivado por su albo esplendor. También Helena quedó prendada de la prestancia del joven Paris, hermano de Héctor, como sabe, sin necesidad de recurrir a la Ilíada, quien haya visto a Brad Pitt en la Troya de Petersen. Al ver a Helena, intuí en Nolan a un sedicente pacifista que finge subsanar la guerra de la Ilíada por la venganza belicosa de los atormentados por el mal. Si en Esparta Menelao hubiera tenido de esposa a la Helena de Nolan, no hubiera habido guerra porque no hubiera habido rapto. Júpiter, es decir, Zeus, raptó a la marfileña Europa por su belleza fenicia, pero Menelao no hubiera tenido que animar a Agamenón a destruir Troya para rescatar a una reina cuyo encanto keniata nunca hubiera cautivado a Paris. La ficción de Homero no hubiera dedicado a ese hechizo un solo dactílico y nos hubiera ahorrado la muerte de Héctor lanceado por Aquiles..
Teníamos la sirenita negra de Andersen por Disney, la reina negra de Inglaterra por Netflix, la reina vikinga musulmana de negro linaje noruego, y tantas otras delaciones que enternecen la credulidad en Disney y Netflix. Faltaba ilustrar que Helena no era una reina espartana, sino una joven keniata, que nunca hubiera sido aceptada por la rígida xenofobia de su reino para comprender que la versión filmada de Nolan es un cuento chino para simular una rectificación apaciguadora de la Odisea. Toda la impostura del sufrimiento causado a Odiseo por la guerra se desinfla en cuanto aparece en la pantalla Helena. Nacida más allá de nacer el Nilo, nunca pudo reinar en Esparta. Hubiera necesitado la mediación del Hades, el caos o la oscuridad. Nolan ha rebuscado cómo corregir a Homero si seguir los pasos de Platón, que dedica el libro X de la República a censurar al legendario rapsoda y solicitar la expulsión de los poetas de la ciudad por corromper a la juventud con patrañas míticas. Un príncipe troyano saldría corriendo en dirección contraria si la Helena de Nolan hubiera mostrado por el príncipe un ápice de interés. El mito de la guerra solo tendría por explicación que, como Homero era ciego, nunca vio a Helena. Si la hubiera visto como Nolan, no hubiera imaginado que su rapto mereciera una guerra griega.
La desmitificación neo sajona del mito por Nolan se explica si se entiende que aplica el patrón que requiere Hollywood para el reparto de estatuillas. Una Helena espartana, aria, mediterránea no facilita un paseíllo por la alfombra roja. Es más rentable expoliar a los clásicos de sus prejuicios míticos sobre los seres deiformes que arriesgar un óscar que no convenga al entramado administrado por el sistema woke de reparto de calificaciones y descalificaciones historiográficas.
La travesía de Ulises para llegar a Penélope, reina ejemplar que le aguardaba fielmente (¡oh, tiempos míticos!), mientras tejía y destejía cuando las esposas se dedicaban a tejer mientras los hombres iban a pelear, puede calificarse de tantos modos que sobran palabras. Como no se conocía el cine, faltaban imágenes, sobraban términos. Podía ser leyenda, fantasía, historia, mitología, poesía. Su relato ofrecer aventura, ficción, epopeya, alegoría. Puede ser a la vez tantas cosas que solo el texto original las abraza todas. Es lo que hace de la obra de Homero una irrepetible e indispensable fuente de tantas versiones que, inevitablemente, algunas serán más inspiradas y fieles que otras. Lo que no resiste el canon del arte clásico es que la nívea belleza de la Venus de Milo se pinte de ónice para que pose como Venus helénica del alto Nilo en el Metropolitan de Nueva York.