Opinión

La noche de verano era apacible

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 02 de agosto de 2026

De la que se imploraba que fuera menos cálida de lo esperada, pues así sucedía en cualquier lugar del país, fuera tocado o no por los incendios, ésta supo escuchar los ruegos y cedió al mostrarnos una luna llena, anaranjada en mitad del cielo, alzándose sobre el campo negro y los chopos que pretendían cortarle el paso. La luna siguió su tramo hasta que cada cual se fue a casa. Ninguna distracción más. Ningún apremio a que fuera de un modo u otro. La inmensidad de su aparición bastó para que al día siguiente se comentara y preguntasen los vecinos si se habían hecho fotografías, si todo el que la había mirado lo había hecho de igual manera.

El recuerdo se había instalado, y este, ¿no es precisamente valioso cuando se encuentra en el instante adecuado en el que se teme que empiece a desvanecerse, hasta siempre, hasta su resurgimiento? De los recuerdos, como de algunos amores, nos sirven mejor cuando se tornan en olvidos. Pueden regresar por oleaje natural de nuestro cerebro o un accidente que los traiga en cascada, de un cabo a otro de nuestra vida, esos famosos segundos en los que vemos nuestra vida pasar. Igual que la luna veraniega recientemente, pasó, se antepusieran o no los ramajes y la oscuridad; lo hizo, y nuestra mirada y nuestra memoria tuvieron que compenetrarse para que el presente y nosotros sucediéramos a la misma velocidad, algo que no es frecuente. Uno no vive su historia. Uno vive y la historia va haciéndose a sus lados, igual que el agua sobrante de las lluvias en las que nos iremos mirando para recordar lo que va siendo, lo que ha sido.

La reacción que suscita este detenimiento en la comprensión de la memoria y lo impredecible de su funcionamiento, son los motivos por los que Julian Barnes ha compuesto su último libro, Despedidas, y lo hace consciente de su edad tardía, cumplidos sus ochenta años. No presume minando a los lectores con una despedida de la escritura por culpa de una enésima muerte de la novela, algo que se agradece, pues muchos se ven tentados llegados a determinada edad. No se corresponde, tampoco, con esos testamentos en vida que habrán de ganar significados mayores tras su muerte. Barnes elige sus Despedidas con un humor eminentemente inglés, distintivo de su literatura, y la habitual mezcla de ensayo y ficción —como una conversación entre amigos que pasara de un tema liviano, más ficticio, a otro más sesudo, pero igualmente prometedor— conmueve por el acierto de nunca sobrepasar el sentimentalismo que empaña los cierres; la muerte únicamente que es un momento, y sus páginas prefieren hacer repaso de todos los mecanismos que surgen o creamos para intervenir en nuestras existencias, o cómo estas actúan independientes a nuestros designios.

Una pareja de amigos que se enamoran, se separan, vuelven a encontrarse años después y reavivan su idilio, ¿hasta qué? Un perro y su posibilidad de consciencia. Varios escritores y sus opiniones sobre nuestra posición frente a las remembranzas y la muerte. Barnes, solícito y divertido, británicamente afectado cuando debe, pero siempre con sorna, los atiende a todos y busca las palabras adecuadas para describir semejantes dilemas, todos implicados en acometer sus finales. ‘Yo, por mi parte, no me he preparado unas últimas palabras, ni famosas ni no famosas, pero quién sabe lo que podría entrarme o salirme del cerebro cuando comprenda que mis días se han acabado’, dice en el capítulo de cierre.

Algo de tristeza se percibe, inevitablemente, pero Barnes nos insta a que la mirada siga interpretando los hechos, los deshaga o deje hacer, y así las reflexiones que definen nuestra humanidad y capacidades no eludirán sus alturas, sus caminos que van trazándose a pesar de que caigan en lo absurdo y repetitivo. Aceptarlas será nuestra aportación de elegancia y sabiduría. Así lo atestigua este libro.