Opinión

Unos cuantos homenajes bajo la canícula

TRIBUNA

Gastón Segura | Lunes 03 de agosto de 2026

De pronto he caído en la cuenta que, hace exactamente un mes, se cumplió un siglo de la publicación de Don Segundo Sombra por aquel dandy tan desprendido como para andar fundando revistas literarias por Buenos Aires, en los ratos que le permitía su afición a potrear en la talanquera del rancho. ¡Qué grande, el tal Ricardo Güiraldes! Básteles saber que durante sus estancias parisinas, arrebataba las noches de Montmartre con su guitarra y su impecable smoking, y que sobre estas mañas, aún prodigó otras que solo pueden disfrutarse en la posteridad, como la de morirse joven y con el envidiable aspecto de un galán. Por mi parte, le debo el haber participado, hace algo más de una década, en el rescate para los lectores españoles de esa sublime rareza titulada Xaimaca (1923) donde, sin pretenderlo, estampó una de las más bellas novelas de amor de nuestras letras.

No obstante; aquí me tienen, tratando de homenajear al Don Segundo en su centenario y con el ringorrango exigido por la «novela de formación» —excepción hecha del singularísimo e insoslayable Lazarillo (1554)— más importante de la literatura hispana, aun cuando de reojo observo que hoy mismo —o sea; mientras ustedes leen este par de páginas— se están cumpliendo ciento cincuenta años del asesinato a traición de Wild Bill Hickok, en el saloon Nuttal & Mann’s, de Deadwood, en las Colinas Negras, estado de Dakota del Sur, por el rufián Jack McCall, avisado de que en aquel villorrio de mineros y buscavidas, enclavado furtivamente en la reserva india, no había más ley que la surgida del Colt del propio Wild Bill. Ah, pero en ese momento se hallaba enfundado y aplastado bajo su dueño, que yacía de bruces sobre el entarimado del tabernucho con un agujero en el colodrillo, sin mostrar más aspaviento que aquel último estertor que se le escapaba por la bota izquierda. Mientras, sus dedos diestros todavía sostenían aquellas dobles parejas de ochos y ases, figura del póker bautizada desde entonces como «la mano del muerto», algo ya conocido por quienes hayan leído mi novela Los invertebrados (2021), donde tampoco me privé de evocar al Salvaje Bill. Pues, como muchos chicuelos de sesión doble en cine de pueblo y butaca de madera, me atiborré a Westerns de Hollywood, de Almería y hasta germanos rodados por Yugoeslavia o por ahí, y con tanto afán que cuando alguno de aquellos tebeos de entonces, como el memorable Strong o el habitual DDT, traían un par de páginas ilustrándonos sobre la verdadera vida de los pistoleros —es decir; la de Wild Bill Hickok, la de Wyatt Earp, o incluso la de su cofrade Búfalo Bill Cody—, ni pestañeábamos hasta averiguar qué clase de portentos habían sido capaces de apadrinar tantos y tan emocionantes relatos. Pero reparen en que cinco días después del homicidio en el Nuttal & Mann’s, de Deadwood, nacía en Leeuwarden, Frisia, Margaretha Geertruida Zelle; con el rodar de los años y unos cuantos chascos encima, Mata Hari. Era otro personaje muy popular durante mi infancia aunque ninguno hubiésemos alcanzado a verla bailar; cuanto daba igual porque su celebridad emanaba de ser la vampiresa por antonomasia, enaltecida por toda su turbulenta y deslumbrante leyenda: emperadores muertos de amor en su camerino, ministros en paños menores por los canapés de su suite, generales comprometidos por un ardiente billete nocturno, ambiguos príncipes rusos sustrayéndole las joyas…. Sospecho que ahora, desde el triunfo de ese repelente niño Vicente llamado Harry Potter o de esos otros enanitos que se fueron a buscar el anillo de los nibelungos donde ni existía el Rin ni se lo concebía, no quedan vampiresas de aquellas envueltas en mantas de marta cibelina, matando el tedio con humeantes boquillas de marfil entre ensueños de una lascivia turbadora. Aunque, la verdad, entonces tampoco veíamos tantas; es más, las pocas conocidas siempre transitaban por el cinematógrafo como Mata Hari, que no era ni mucho menos aquella bailarina desvergonzada y fusilada en Francia por imprudente, sino Greta Garbo disfrazada. Precisaré que Greta Garbo no era una vampiresa, sino la inmarcesible diosa para cuyo culto se inventó el cine; y daba igual que interpretase a una pobre irlandesa, o a una reina de Suecia, o a una bailarina histérica, o a una comisaria soviética, Greta Garbo siempre era esa aspiración imposible por cuya sola contemplación merecía la pena vivir, como el Rosebud de Charles Foster Kane.

Al barajar este manojo de recuerdos, advierto que las vidas de Wild Bill Hickok y de Mata Hari no fueron tan diferentes: ambos recorrieron medio mundo probando oficios y acomodos, alcanzaron, durante el trayecto, una imprevista fama y la admiración de algunos poderosos, aunque anduvieron siempre a trompicones con el amor y murieron solos, traicionados y sin un mal chavo en el bolsillo. En cambio, fíjense en ese don Segundo que acaba de cumplir la centena; el tipo pampeó toda su vida conforme con los cuatro cobres de su paga y no cosechó otra admiración que la del resto de gauchos de la estancia y la de aquel chiquillo malquerido al que enseñó a manejar la vacada desde los estribos, durante una larga y austral cabalgada donde, si alguna vez resplandecieron los facones, fue porque no hubo de otra para saldar la cuenta. Pueden leerlo y emocionarse como tantos antes; de sobra lo saben: se titula Don Segundo Sombra, y ni siquiera Borges se atrevió a ponerle un pero.