Opinión

Con el alma deshidratada

TRIBUNA

Miquel Escudero | Martes 04 de agosto de 2026

Hace más de diez años, los domingos por la noche en un programa de televisión, una conocida periodista pasaba revista a la maldita hemeroteca de algunos políticos, y dejaba evidencia de notorias contradicciones entre lo que habían dicho tiempo atrás y lo que ahora decían o hacían. De este modo, ayudaba a un público cada vez más alejado de la realidad política a tener presente la posible incoherencia de sus representantes y a que lo dicho no se lo llevase el viento. Ahora este ejercicio debería hacerlo no ya cada semana sino dos veces al día, tal es la frecuencia y magnitud de mentiras y contradicciones pronunciadas como lo más natural del mundo. No hay duda de que quienes hoy se llevan la palma son Sánchez y sus subordinados.

No sólo esto. A cualquier argumentación que objete o impugne sus ‘maravillosas’ e ‘insuperables’ políticas (entre ellas, la irritante sumisión mostrada hasta el paroxismo con el Reino de Marruecos, la desatención a los ceutíes, o su obsesión por manipular y desprestigiar al Poder Judicial; en verdad, no hay zona de poder donde no metan la mano con el empeño de estar por encima de la ley) le sigue la puesta en marcha de una maquinaria dedicada a desenfocar, a sembrar confusión y sectarismo. El método es vulgar y tiene en el abogado Puente a uno de sus más reputados oficiantes. Inútil e irresponsable, le sobra tiempo en el ministerio y se pasa el día y la noche en trifulcas e insultando, a modo tabernario, en redes sociales, radios o televisiones. Así van el país y sus transportes, de mamporro en mamporro. Y nadie dimite o es cesado. Estamos en la apoteosis de la desvergüenza y la incompetencia.

¿Son antisocialistas todos quienes critican a Sánchez y a los suyos? Evidentemente no, pero ellos insisten en que sí; es lo que quieren hacer creer para sentirse blindados ante cualquier tropelía en que estén implicados. De consigna en consigna, no paran de hablar de la extrema derecha, de modo que ésta, lamentablemente, no deja de crecer. También Franco quería echarnos miedo, él y los suyos repetían un día sí y otro también que quienes estaban contra él eran ‘comunistas’, y así hizo crecer la militancia del PCE. Y qué decir de Morant, la ingeniera y ministra de Ciencia, Innovación y Universidades (¡qué mal razona, por cierto!) que hace unos días soltó literalmente que Feijoo “está dibujando un camino que se parece cada vez más a esos gobiernos criminales como el de Hitler”.

A ver quién la dice más gorda. ¿Es esto socialismo o es descomposición? Todo está pringado de mugre y sin sentido de la decencia y el decoro. Es una catástrofe política nacional que el partido socialdemócrata esté hoy en manos de populistas sin escrúpulos y que el Gobierno se haya instalado en un convulso sistema de bloques. Venden el humo progresista: “poco antes, nada; y poco después, humo”, escribió Quevedo.

El autor de El cero y el infinito, Arthur Koestler, tenía veintiséis años cuando ingresó en el Partido Comunista. El maniqueísmo se había enmarcado en su vida y él se fascinó con la obediencia comunista como única solución para frenar el avance del fascismo. Pasados los años, interpretó aquella época de su vida como una reacción de horror al vacío. Se vio invadido por conceptos arcaicos: “La dialéctica marxista –afirmó- es un método que permite a un idiota parecer notablemente inteligente”. Esto le facilitaba desentenderse de la realidad, no encarar los hechos y prescindir de juzgar de forma objetiva, sopesando pruebas.

Durante siete años militó en el partido y apenas mantuvo relación con nadie ajeno al partido. Llegó incluso, según confesó, a avergonzarse de haber pasado por la universidad o a maldecir su agilidad mental y la fluidez de su lenguaje; reflejos que caracterizaban a ‘los enemigos de la clase obrera’. Refería un estado de vigilancia social continuo, basada en la ignorancia y el fanatismo, dispuesto a cualquier cosa: todo conducía a un júbilo feroz por la farsa y por la pasión por repetir lo que había que repetir una y otra vez.

El resultado de esta actitud ante la vida, concluía en sus largas memorias, era “una gradual deshidratación del alma, una aridez espiritual aún más temible que el hambre”. Su experiencia en la Guerra Civil española, donde comprobó cómo la patria del proletariado ordenaba eliminar a anarquistas y trotskistas, acabó resquebrajando su ardor comunista y, perdida la fe, se reincorporó a la realidad humana.

Hoy en día, nuestros comunistas principales no se llaman a sí mismos comunistas, tampoco populistas. Pero lo son. Nos venden que la extrema derecha es peor que la extrema izquierda. Esto es pueril. Son las dos caras de una misma moneda que nos aleja de la zona razonable, la única donde es posible la mejora social y personal.