Opinión

La hipocresía política

TRIBUNA

Ricardo Franco | Martes 04 de agosto de 2026

Otro invento —nefasto— de la vida adulta es la corrección política, mal llamada así, a tenor de las formas parlamentarias y que, sin género de dudas, debería llamarse 'hipocresía política, o el arte de no culpabilizarse por nada', responsabilizar al otro de su razonable ofensa y excusar la propia, en caso de iracunda reacción.

Sin género de dudas, tal proceder hipócrita hunde su raíz en una generación que ha trocado la mentira por el subterfugio del escape, fuga de responsabilidad, huida hacia el delante que mañana nadie recordarà, pues el acontecimiento quedarà sepultado bajo una montaña de actualidades, lágrimas de cocodrilo y un nuevo fuego en el mismo lugar de las cinco últimas décadas. "Parece que huele a quemado...serà un cable..." de desmemoria.

Por supuesto nadie tiene la sensación de mentir; no se siente mentiroso, ni mucho menos, si de sensaciones se trata al ponerse colorado y bajar la vista ante un error. Si es que alguien yerra; que està por ver. Pero esta, la mentira, se ha maquillado tanto desmembrando los significados, se halla bajo tantas capas aterciopeladas de impostura social, filtros con melodías, amaneramiento de clase, egocentrismo gimnástico—identitario, invitaciones con vestimenta adecuada, victimismo de alta y baja alcurnia, subvencionado y alimentado con otros narcisismos, que hacen de cada conversación una batalla interminable por demostrar quién es más víctima, quién ha ascendido más en la escala del cielo junto a Jacob, quién puede arrogarse una bondad tan pura como la sonrisa desdentada de un neonato, o quién tiene el yate más largo entre Mallorca y Benidorm, que no hace casi falta encenderlo; basta con ir andando por cubierta.

El "pues yo más", el “chica, por ti no pasan los años...", el tipismo chulapo de la cita de amigos calvos y entrados en años, que mide con el rabillo del ojo lo mal que lleva todo y se lleva a sí mismo el primero de aquella gloriosa promoción de comerciales noventeros, llamados a comerse una de las peores crisis del país. Y de repente, a media luz de la entrada aparece el envidiado funcionario de plateadas sienes. Sí, aquel que desapareció diez años y volvió siendo juez en Marbella. Ahí la corrección política, embadurnada de situación edulcoradamente educada, está por romper las costuras del 'bienqueda' profesional; pero se sonríe como en la trilogía del dinero de Sergio Leone y Clint Eastwood, y se pasa directamente a los tragos para olvidar que lo gordo del Mercedes se paga al final y no en las pequeñas cuotas.

De este modo la mentira no se nombra por ser vulgar palabra y, por lo visto, de poco uso entre la grey espiritual y laica, pues nadie miente; sólo hace uso de su punto de vista, tan respetable —siempre— como mi opinión sobre la Química de los objetos, desde que comencé Letras Puras con Catilina y Virgilio. Y de una mentira como el Everest, los adultos que así se creen, minimizan o maximizan fracaso, éxito, enfrentamiento social, facultades físicas y políticas de distinto sesgo. Y lo peor de lo peor, y si tiene la desgracia de ser un personaje público escribirá un compungido comunicado en las redes sociales sobre alguna tragedia mundana, lejos de su paraíso fiscal y lejos, por supuesto, de los fracasados que no hemos sabido ser más correctos en esta sociedad de figuritas de porcelana y lengua de serpiente. Y aquí, en el fondo del artículo, casi al terminar la parrafada de correcciones y mentiras, no tenemos más remedio que preguntarnos si alguna vez, por un instante, alguien nos mira sin odio, sin envidia, sin cuentas pendientes. Si alguien nos ama más allà de nuestra superficial forma de afrontarnos y aguantarnos cada mañana, de nuestra irascible adicción a la cafeína y a no mirarnos con ternura frente al espejo del baño. ¿Hay alguien ahí que nos quiera con todas nuestras taras? ¿Alguien nos espera? ¿A alguien le hacemos falta? ¿De qué sirven estas preguntas en un mundo tan perfectamente engañado?

Por fortuna. Menos mal; hay alguien que no se conforma con esta maldita y teatralizada corrección y se hace las mismas preguntas acalladas por los correctores de comportamientos ajenos. Catherine Pozzi, divina incorrecta, ya lo hace por nosotros en sus Poemas:

« …No sé por qué muero y me ahogo

antes de entrar en la eterna morada.

No sé de quién soy la presa.

No sé de quién soy el amor. »