Andrea Donofrio | Domingo 28 de diciembre de 2008
La iconografía del nacimiento de Jesús es antiquísima y el primer belén se halla en las catacumbas romanas de Priscila, ya en el siglo II: en este caso, se trataba de una representación grafica muy simple, una escena pintada en una catacumba donde la Virgen María sostenía en brazos al niño Jesús. Escenas relacionadas con la Epifanía, temas de la Navidad, imágenes sobre la vida de Jesús ya aparecen en el siglo III y IV: sin embargo, la tradición popular actual del belén (o presepio) es mucho más reciente y, según varios historiadores, la primera escenificación de la Navidad fue realizada por San Francisco de Asís, quien plasmó la representación en 1.223 en Greccio. El ejemplo fue seguido por Santa Clara, que se encargó de difundirlo por los conventos franciscanos y extenderlo por toda Italia.
Sin embargo, el origen de los belenes, expresiones gráficas del acontecimiento religioso por medio de figuras, resulta “batallado”, ya que los napolitanos se sienten los creadores de esta tradición: algunos documentos refieren que el primer pesebre fue realizado en la Iglesia de Santa María del Pesebre en Nápoles, ya en el año 1.025, 198 años antes de que lo hiciese San Francisco. A raíz de eso, la tradición de los belenes se difundió velozmente en toda Nápoles y su provincia: en el año 1.324, la Costera Amalfitana ya contaba con una capilla específica para el pesebre. Siempre en Nápoles, en 1.470, los hermanos Alemanno crearon las primeras esculturas de madera para la representación de la Navidad, mientras que las primeras figuras de barro cocido aparecieron en el siglo XVI en Sorrento, ciudad cercana a la capital campana.
La afición por los belenes no tardó en extenderse por todos los rincones y clases sociales: en toda la Europa cristiana, los belenes se convirtieron en pequeñas obras de arte por sí solas, en figuras de adorno para altares o salones de la nobleza. Su máxima difusión fue después del Concilio de Trento, ya que el papa invito a los ricos a “crear” capillas domésticas que representasen la natividad. En España, la práctica se difundió en el siglo XVIII gracias al rey Carlos III, tras su llegada a Nápoles, donde la tradición estaba en auge.
En la actualidad, un paseo por la calle de San Gregorio Armeno, en el Centro histórico de Nápoles, representa una etapa obligada por los amantes del belén. Centro de producción y venta de pastores, la calle mezcla luces, música, colores, olores y sabores creando una atmosfera de magia típica y sugestión navideña, confirmando el encanto de Nápoles y el espíritu vivo de una ciudad con un millar de contrastes. El arte y la cultura se mezclan en la vivacidad y complejidad de la ciudad creando un ambiente espumoso compuesto de sonidos, gritos, colores y aroma de castañas.
La tradición del Belén ha ido evolucionando y las descarnadas y simples representaciones han ido ampliándose: en principio eran representados solo la Virgen María, San José, el niño Jesús, un buey y una mula, con unos cuantos pastores. Luego se le agregaron los Reyes de Oriente y sólo en el siglo XVII los escenarios cambiaron, escenificando el mundo “profano”: mercados, tabernas, panaderías, personajes de cualquier especie (muchas veces manifiestamente anacrónicos). Y precisamente en este campo es donde se materializa la fantasía de los napolitanos, ya que en sus belenes aparecen personajes de actualidad, políticos y deportistas, o se representa el mal a través del diablo o los camorristas. De esa manera, este año, en las casas de Nápoles será posible ver a San José con Obama a lado, a Hillary Clinton vender pescados junto a Sophia Loren, al ángel Gabriel encima de Fabio Cannavaro, que levanta la copa del mundo, o a Berlusconi en medio de los dos ladrones (¿suman tres?). Realismo profano o actualización del pasado.
Después de haber pasado por una “crisis” con motivo de la competencia de las modas anglosajonas y del árbol de Navidad, el belén vuelve a estar de moda y la gente vuelve a prepararlo. Durante las festividades, Nápoles, ciudad que casi siempre es portada sólo por los episodios negativos de crónica (Camorra, emergencia basura, robos, mal gobierno, corrupción) añade a sus múltiples bellezas una más: la calle de San Gregorio Armeno, símbolo y sede de los belenes napolitanos, parece caer en un estatus irreal y onírico, suspendido en una dimensión fantástica. Mientras el pastor Benito duerme en medio del belén soñando la natividad, historia y leyenda mezclan lo sacro y lo profano, creencia y escepticismo.
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