Opinión

Begoñomics

TRIBUNA

Jorge Vigil | Miércoles 05 de agosto de 2026

Hasta el más templado debelador del florido y manido concepto de ‘patriarcado’, si tal puede considerarse algo más que un mantra para el agit-prop ideológico, debería reconocer que, en el marco de la división social del trabajo durante siglos (o incluso milenios) le correspondió a la mujer un papel profesionalmente subordinado al del varón -obviamente excepción hecha de la élite femenina que ejerció su supremacía en el gobierno, o la dirección vicaria de los asuntos públicos en nombre de un varón poderoso. Es proverbial el poder -también en sentido político- que muchas mujeres ejercieron sojuzgando o controlando a sus maridos, familiares o amantes en la gestión de la cosa pública. El caso de Cleopatra, que subyugó y dirigió a distancia a dos césares romanos (Julio César y el emperador Marco Antonio) no es seguramente más que la punta de lanza del imperium de la élite femenina desde aún mucho antes en el mundo antiguo. Estoy hablando de la macropolítica pero también de la microética doméstica desde la época de los más antiguos asentamientos del Paleolítico, en la que el soft power femenino se ejerció via evitación o extrañamiento de su cónyuge -podemos suponer que Pedro Picapiedra tuvo que dormir en el incómodo sofá de troncos tras un enfado de Wilma, su severa ama. Es la historia íntima del ‘varón domado’ que, para escándalo de las feministas de los años 80, detalló la socióloga alemana Esther Vilar. Antes de la nueva mujer empoderada fue endémica la política femenina de piernas cerradas, que ejercía su poder desde el semáforo vaginal.

Pero volvamos del allende al aquende. En la citada división social del trabajo, y mucho antes de la moderna eclosión de mujeres profesionales en todos los ámbitos de la ciencia, la judicatura, la docencia o de profesiones tradicionalmente reservadas a los hombres, el tradicional sesgo masculino en la división del trabajo asignaba a la mujer a ocupaciones soft o de cuidados (todavía hoy nos cuesta masculinizar a azafatas, secretarias, limpiadoras). Al amparo de este evidente -y menguante- sesgo, a la incipiente mujer profesional se le asignaban carreras profesionales y estudios secundarios en áreas como la venta, la moda, la dietética, el magisterio, la enfermería o el cuidado doméstico o de mayores. Carreras como filosofía y letras, pedagogía o psicología constituían el grueso de las opciones académicas o profesionales de la mujer, un corsé que pronto saltó hecho pedazos en los tres últimos decenios -hoy día hay en España más mujeres juezas, fiscales o magistradas que varones con dichos títulos, por no decir nada de médicas (el 55% frente al 45% de varones, según cifras del INE), para desconsuelo de la habitual jauría feminazi.

Sin embargo, antes de llegar a esta situación, hubo un contingente de mujeres -mayoritariamente de clase media/alta- que, sin afición/capacidad para desarrollar un perfil académico o profesional hardcore como ingenieras, altas funcionarias, arquitectas o abogadas- se lanzaron al mercado laboral desde posiciones de “serie B” como asesoras, influencers, profesionales de marketing, modistas, dietistas o políticas (en el gobierno actual tenemos una ministra -Sira Rego- que ostenta ambos perfiles: imprescindible ministra de infancia y juventud y nutricionista: el gobierno más progresista y feminista de la historia sabe a quién confiar las cosas importantes). La mala uva de los medios sociales ha agrupado a este sector de mujeres profesionales bajo el epígrafe de la “Charocracia”: mujeres modernas, de buen vestir, con alguna profesión soft en el mundo de la política, las relaciones públicas o el mundo del arte. Igual que en su día hubo en Francia una “cultura de los salones”, mayoritariamente aristócratas y escritoras que dinamizaban clubs de lectura/discusión para las clases altas del país, las modernas Charos se dejan ver en el universo de cócteles, desfiles, presentaciones y programas de debate televisivos. Reniegan sustancialmente de la ociosidad y la dependencia de la mujer tradicional, y despliegan una frenética actividad social cuya divisa es la visibilidad: saben dónde hay que estar, cómo, con quién y cuándo. La imagen y la actividad galante ocupa su tiempo, y a menudo sobreviven gracias a un eficaz mecenazgo. No es ya la mujer trabajadora, la profesional de éxito, la estrella del cine o de la moda, pero reclama de todas ellas su lugar en la escena pública.

Denomino “Begoñomics” al espacio académico creado por la esposa de nuestro actual presidente de gobierno que, quizás para mitigar el profundo tedio protocolario de las “esposas de” un gobernante, se ha abierto paso en la resbaladiza zona de interfaz entre la política y la academia. No siempre fueron mujeres, pero sí estuvieron en ese espacio de lentejuelas y cócteles donde se cuecen algunos grandes negocios. El caso más señalado fue el del antiguo yerno del Rey Juan Carlos I, que fue abducido/descarriado para los negocios sucios por el profesor de una escuela de (sus propios) negocios. Estas escuelas, que son como los clubs de golf un lugar de encuentro y cambio de tarjetas de visita, han desempeñado a menudo un papel instrumental en la formación de “pelotazos”, cuando no de inmensos fraudes -recuérdese el papel de Arthur Andersen en los 90, que se sustanció en el affaire Enron, la mayor energética de los EE.UU.: “tu me das el contrato de gestión y yo te hago la auditoría de cuentas, que siempre saldrán inmaculadas”. El escándalo dio lugar al desmembramiento de Enron y la desaparición de Arthur Andersen.

Nuestra Begoña, con una formación de enseñanza secundaria y un diploma de management de una escuela privada, se lanzó con decisión a organizar un master en “Transformación social competitiva”, cuyos perfiles son tan difusos como su formación. Con la ayuda de una escuela de negocios privada y de la Universidad Complutense montó/le montaron una cátedra universitaria, cuyos clientes/participantes eran grandes empresas a las que la esposa del presidente del gobierno amablemente “invitaba” a matricularse.

¿Quién no quiere la ‘transformación’, que además sea ‘social’ pero a la vez competitiva? Y, por supuesto, sostenible, además de ‘estratégica’. Estamos ante una nueva página de la ‘historia de la economía, unos centímetros por debajo de la sociedad del bienestar o de la escuela austriaca de economía. Como dice la propia Sra. Gómez, "desde esta cátedra le invitamos a pensar sobre modelos que nos permitan resetear el capitalismo como lo entendió Milton Friedman (a quien por supuesto no ha leído) hace más de 50 años.” En la desfalleciente página web del citado master se explica que en el master “se promueve la investigación y la generación de conocimiento en el área de la transformación social competitiva a través de la elaboración de diferentes informes y artículos académicos, y su posterior publicación y difusión.” Bajo el apartado “Formación” se recuerda que “a través del desarrollo de itinerarios formativos de excelencia que sean vehículo para el encuentro, aprendizaje y reflexión entre los actores implicados; sector privado, sociedad civil, instituciones públicas y universidad”, se evoca la posible ‘mentorización’ de empresas e instituciones públicas, aunque a la vista de las circunstancias (sub iudice), finalmente han borrado esta sección (just in case).

Con la dirección del IE Africa Center, nuestra Begoña-Charo pudo pasearse por Africa a hacer demagogia altermundialista y de ayuda al desarrollo, además de enseñar su variado vestuario a mandatarias de raza negra. Quizás hasta les vendió algún curso, o el mismo software elaborado por la Complutense, del que se apropió sin un título legítimo. Es esta la historia triste de una mujer que no quiso ser primera dama florero y se adentró en la academia, aunque por una puerta equivocada, desperdiciando su consolidada trayectoria como administrativa de varios puticlúbs. Ahí podría haber apuntalado mejor su relación con la academia, mediante un master de gestión de burdeles para políticos y profesores, notables clientes de saunas calientes.