Opinión

EEUU: momento de definiciones; entre Obama y Trump Carlos Ramírez

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 05 de agosto de 2026

Aquí hemos comentado que hay un Donald Trump detrás de Donald Trump: la apariencia de un político superficial, grosero y desordenado estaría ocultando a un político con un perfil de proyecto ideológico de largo plazo. Inclusive, el Trump de su primera presidencia se perdió en los pasillos del poder de la Casa Blanca, pero el Trump del segundo período mostró ya un proyecto de reorganización de Estados Unidos y de su presencia en el mundo.

Suele causar irritación y comentarios superficiales cuando Trump hace lo que acaba de hacer: distribuir en su red social un mapa de Sudamérica donde aparece Venezuela como bandera de Estados Unidos y dice que se trata del Estado 51. Lo mismo había jugueteado antes con que Canadá era estado 51, pero en todos estos meses de gobierno no existió nunca ninguna iniciativa para avanzar en esa dirección.

El mismo secretario de Estado Marco Rubio, precandidato oficial de Trump a la presidencia para las elecciones de noviembre de 2028, también se congratuló de que la mayoría de los países de América Latina y el Caribe estaban gobernados por políticos conservadores articulados a la Casa Blanca. Y de manera consistente, el mismo Rubio ha iniciado un activismo significativo para convertir sus contactos en una verdadera red política transnacional.

Aquí también señalé desde mi punto de vista que Donald Trump no debería ser visto como una anomalía en la lógica política de Estados Unidos, sino que tendría que enfocarse como un producto histórico de las contradicciones ideológicas y sociales estadounidenses. La diferencia radica en que la primera percepción de anomalía implicaría que el contenido político, ideológico e imperial de Trump no existiría en Estados Unidos, pero para nadie es un secreto es la principal potencia imperial del planeta.

El fondo se puede dilucidar desde dos puntos de vista:

Primero, que Estados Unidos ha tenido de manera general cuatro grandes etapas de construcción de su poderío: la primera, el expansionismo territorial del siglo XIX a partir de la lengüeta vertical en el Atlántico que ocuparon las 13 Colonias hasta la conquista del otro lado del territorio para llegar al Pacífico, incluyendo la guerra fabricada contra México para quitarle la mitad de su territorio.

La segunda etapa fue en el siglo XX: desde los 14 puntos del presidente Wilson en 1918 para apoderarse del nuevo equilibrio mundial después de la Primera Guerra e irrumpir a Estados Unidos como la potencia dominante hasta la desaparición de la Unión Soviética en 1991, incluyendo que a finales de 1989 comenzó la globalización que había adelantado el famoso Consenso de Washington para la creación de cadenas internacionales productivas y de consumo.

La tercera etapa fue la de la globalización de mercados internacionales, comenzando, en efecto, con los tratados internacionales y sobre todo el de Comercio Libre con México y Canadá y terminando en 2018 con la primera revisión del Tratado con Trump para comenzar a dar marcha atrás a la globalización y buscar el regreso de las plantas productivas al territorio estadounidense.

La cuarta etapa comenzó con la toma de posesión para la segunda presidencia de Trump, pero ya en la lógica del proyecto de reconfiguración del imperio estadounidense que definió la Fundación Heritage en su famoso y actual Proyecto 25,

Los que critican a Trump presentándolo como una anomalía suponen que Estados Unidos estaba siendo un modelo ideal de democracia tipo la clásica de Grecia, pero en realidad se trata de una democracia imperial que apoyó en todo momento las cuatro expansiones estadounidenses. Solo hasta ahora se percibe la existencia de un sector progresista minoritario que comienza a avanzar en la conquista territorial de espacios de gobiernos locales, comenzando con el alcalde musulmán de Nueva York Zohran Kwame Mamdani, a quien se identifica y se autodefine como socialista y hasta comunista.

Segundo: lo que está en debate ahora son los dos modelos de EE UU: el primero de corte liberal social --que nada tiene que ver con el socialismo y menos con la socialdemocracia-- que quiso imponer el presidente Barack Obama con su discurso muy famoso en Berlín anunciando que terminaban los tiempos del imperialismo estadounidense para comenzar un liderazgo político y moral pero no impositivo.

Del otro lado estaría el modelo de Trump: la reconstrucción del viejo imperialismo que comenzó con los 14 Puntos de Wilson tomó el control económico con los Acuerdos de Bretton Woods, impuso el poder militar nuclear con la Cumbre de Yalta y se alzó con la victoria de la historia –Fukuyama dixit-- a favor del capitalismo con el fin de la URSS.

Pero en el fondo se trata --y aquí se usa el concepto desde el punto de vista científico social-- de un dominio imperial que controla a través de la fuerza militar-nuclear, la hegemonía del dólar y el mercado de producción y consumo. El proyecto de Obama --si se permite una licencia literaria-- sería el del imperialismo bueno o bondadoso, pero imperialismo dominante al final de cuentas, en tanto que el de Trump destacaría por ser bronco, brusco, peleonero e impositivo.

En el fondo se trata de lo mismo: el dominio absolutista de Estados Unidos en lo económico, político, social, geopolítico y de imposición del american way of life como el objetivo del planeta.

Obama definió su proyecto moral, pero no pudo convertirlo en decisiones de poder. Trump no disfraza su dominación imperial y ahí es en donde nos encontramos en la actualidad y en este escenario se tendrá que pasar la prueba de la validación social con las elecciones intermedias de noviembre de este año y las presidenciales del 2028.