Opinión

Centenario de la Guerra Cristera

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 06 de agosto de 2026

México ha vivido al menos 4 enfrentamientos armados para consolidar la separación entre los cultos religiosos y el Estado laico. Hace cien años vivió su guerra intestina más intensa por el clamor que supuso y las causas que la generaron: la Guerra Cristera, la Cristiada, como también es conocida o la Guerra de los Cristeros (1926-29).

¿Quiénes eran tales? Los que se oponían al control del Estado mexicano sobre las prácticas religiosas y limitaciones a la Iglesia católica, restringiéndola con leyes anticlericales recalcitrantes, excesivas, abusivas; y se alzaron contra tales propalando su grito de furia ¡Viva Cristo Rey! azuzados por clérigos y grupos conservadores que los armaron, retando al Estado mexicano. Nunca fue una guerra de creencias. Era un cómo creer, mas no un qué creer. Eso debe dejarse en claro.

Tales leyes anticlericales resultantes de la Revolución Mexicana –venganza, afirman, desde Venustiano Carraza cobrándole a la Iglesia católica su apoyo a Porfirio Díaz y al traidor Huerta– se materializaron al dictar la Ley Calles, así conocida por su impulsor, Plutarco Elías Calles, que luego fundara el putrefacto PRI, y que, reconózcase, tal norma limitaba exageradamente el culto público –restringía el número de religiosos, prohibía su vestimenta en vía pública o que presidieran centros educativos, hubo exclaustramientos, retiraba la ciudadanía a quien jurara fidelidad al Papa, un príncipe extranjero, y obligaba a primero celebrar el matrimonio civil, antes que el religioso– aparejando la consiguiente quema de iglesias, fusilamiento de fieles y clérigos, la ocupación militar y cierre de templos en la noche del 31 de julio al 1 de agosto de 1926; y a renglón seguido los primeros enfrentamientos. Los caminos llenos de colgados se volvieron habituales. Costó 250 mil muertos que sumaron al millón de la Revolución Mexicana.

Antes de los desmanes de 1931 o 36 en España, la quema de templos se popularizó en México y existió la persistente condena de Pío XI a tales acciones y conflicto. Figúrese, durante la visita oficial del rey Alfonso XIII al pabellón de México de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929) no se ahorró un reclamo a las autoridades mexicanas presentes por causa de la guerra que en México estaba costando la vida a sus conciudadanos. España elevó su protesta. En medio, también esa guerra es vista como una de las causas del asesinato del presidente elegido por segunda vez, Álvaro Obregón. Es que se llevaban pesado los bandos en pugna.

Al tiempo, el cierre de iglesias con el aviso a la feligresía de ser indefinido; la gente acudiendo en tropel a recibir los últimos sacramentos. La expulsión del delegado apostólico Filippi (1923) –rotas las relaciones diplomáticas con la Santa Sede desde 1859, en vez de nuncios enviábanse a México tales dignatarios– señalado de injerencista y acusaciones a los obispos de ser los instigadores de toda esta batahola. México dejó de profesar el culto público por esa guerra. No faltaron locos seguidores de Calles como Garrido Canabal en Tabasco, y una réplica, una segunda Cristiada (más suave entre 1934 y 1941). Como sucedió con la Guerra Civil española, no se hablaba de la Cristiada y por décadas. Yo la oí mentar de mis mayores, quizá por ser de Michoacán, uno de sus escenarios. De manera somera. La historiografía oficial la ignoró. Una pariente religiosa no tenía a Plutarco Elías Calles en sus afectos. Los niños no aprendían de ese episodio en los libros de Historia oficiales. Solo hasta los años noventa historiadores como Jean Mayer documentaron el suceso. En cambio, las consignas nunca se ocultaron.

Cabe apostillar que Calles es el fundador del putrefacto y represor PRI. Así que el autoritarismo de tal no nos extraña, tampoco. La guerra acabó solo cuando él ya no era presidente, casualmente.

El asunto lo llevo a un plano más cercano, porque la guerra siempre puede tener su lado cotidiano. Mi abuela materna tenía 7 años cuando terminó la primera Guerra Cristera (1929) la más violenta de las dos que hubo. Recordaba en charlas de familia que en la plaza de su pueblo en Michoacán, los domingos luego de la misa de doce, salían a pasear los jóvenes produciéndose el cortejo de rigor. En eso, la conmoción al oírse el rompedor grito de alarma: ¡ahí vienen los Cristeros! Y entonces, despavoridas, las chicas acelerando el paso, imploraban al vendedor de caña que con su fiero machete cortara sus vestidos por entre las piernas – estirando la tela, cerrando los ojos clamando por el tino, para no ver si fallaba– y así, liberadas sus extremidades, pudieran correr y no ser alzadas por aquellos foragidos. Por su parte, mi madre cuenta que un tío abuelo ocultó en un tapete a un sacerdote perseguido y así lo libró del peligro a ser capturado por los federales para matarlo. Que mi familia materna quedó en ambos bandos por azares de la Historia y represalias y venganzas, las hubo. Aun así, la Guerra Cristera queda para los anales y las crónicas.

Un siglo después ¿qué es lo que nos queda de la lucha cristera? bueno, la libertad religiosa está garantizada, el Estado y los credos en general, conviven armónicamente, no sin ríspidos debates sobre temas espinosos –desaparecidos, narco, familia, educación sexual, aborto, ideología de genéro y otros– y los Cristeros con los caminos llenos de árboles cuajados de colgados, suena más a terrífica leyenda. Durante la contienda se creó una Iglesia Católica Apostólica Mexicana, una ridiculez que rivalizara con Roma y hasta con su propio Papa y apareció Quetzalcóatl suplantando al Niño Dios como dador de regalos en Navidad. Eso quedó en agua de borrajas. Se buscaba robustecer al protestantismo para debilitar al catolicismo cuando, sentenciaron los apóstatas gobernantes odiadores del catolicismo, lanzaron su “¡vaciaremos sus iglesias!” lo cual, en realidad, no consiguieron ni siquiera con una educación descreída, laica, anticlerical o científica.

Quienes hoy acusan que recibir la presidenta Sheinbaum al secretario de Estado Parolin sí compromete al Estado laico, olvidan que hay relaciones diplomáticas, apertura y reglas claras. Olvidan que los partidos de su preferencia trajeron al Papa en 7 ocasiones y le panista Fox besó indebidamente la mano al Papa. Ser opositores por serlo, solo los exhibe. Ni una ni otro han aludido a este centenario y más se habla de armar una visita pastoral de León XIV.

Mas el Estado se impuso en los demás órdenes, sometiendo voluntades. No había concluido la segunda Guerra Cristera, cuando se matizó en la campaña electoral de 1940, y el candidato oficial (luego dudosamente ganador) Ávila Camacho declaró su famoso: “soy creyente”. Después vendría lo que los estudiosos de las relaciones Iglesia-Estado llamaron en México el modus vivendi, un entendimiento, un acomodamiento, la convivencia pactada entre ambas potestades, leales sin interferirse y que desembocarían en nuevas alianzas y contubernios de simulación legal, hasta que, por conveniencia política mutua, se consolidó una reforma religiosa aperturista –votos a los religiosos, reconocimiento legal de sus actos y otros– y la reanudación de relaciones diplomáticas con la Santa Sede, en 1992.

Por su parte, la Iglesia ha canonizado a mártires de aquella conflagración y han proliferado estudios grandes y chiquitos de aquel acontecimiento. Hasta una película infumable que trajo a un decrépito Peter O’toole que, pobre, apenas si podía ya hablar.

La Guerra Cristera es hoy vista como algo lejano, anecdótico –ya le di un par de ejemplos– y como no supuso un debate religioso, sino un juego de poder, ha traído reacomodos que, un siglo después deja el tema en algo pasado. O, al menos, así lo considero yo.