Opinión

Paella de religiones

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 06 de agosto de 2026

“Como en la India se practican todas las religiones principales, son frecuentes las reuniones ecuménicas para fomentar la convivencia, con ocasión o sin ella, e incluso hay una palabra larga y compleja como su contenido, que Gandhi puso en circulación, algo así como sentimiento igual religiones todas, que se usa constantemente en tales ambientes y funciones. En ellas un hindú habla sobre su hinduismo, un islámico sobre el islam, un jainista sobre el jainismo, un sikh sobre el sikhismo, un parsi sobre el zoroastrismo. Mientras el público paciente escucha el maratón ecuménico y aplaude y asiente con la cabeza, entona desafinado alguna salmodia neutra y sale con la satisfacción de haber cumplidlo con el deber de ciudadanos responsables y buenos vecinos de aguantar a todos sin entender a nadie. Yo solía aceptar con entusiasmo invitaciones a hablar en semejantes reuniones representando al cristianismo, pues pensaba que me daban una ocasión óptima para hablar de Jesús ante un público amigo, como yo deseaba. Fui infinidad de veces a esas sesiones del sentimiento igual religiones todas, preparé mis intervenciones, hablé recé, escuché, asentí, sonreí, hasta que caí irremediablemente en la cuenta de lo que era evidente desde un principio, y es que tales reuniones no eran más que una cariñosa y elaborada pérdida de tiempo…

Fue precisamente un gran emperador islámico de la India, Akbar, quien invitó a su corte en Agra a representantes del islam, hinduismo y cristianismo a que tratasen de resolver sus diferencias y crear una religión común, la Din-ilahi, que facilitara la unión del país y el gobierno de su pueblo. Cedí al impulso, que era más un capricho turístico que devoción piadosa, de sentarme en el sitio aproximado. El peligro de estas religiones es el irenismo, el eclecticismo, el sincretismo, el minimalismo, la reducción a común denominador. Las blandas sonrisas, las palmaditas mutuas en las espaldas mutuas, el ¡qué buenos sois vosotros!, ¡qué buenos somos nosotros!, ¡qué buenos somos todos!, el bailar todos cogidos de las manos al corro de la patata y perder la voz individual en el corro común. Pero la manera de aprender de otras religiones no es el mezclarlas todas, sino, al contrario, dejar que cada una sea lo que es con toda su originalidad y personalidad. No hay que limar aristas, hay que descubrir formas; no hay que emborronar colores, hay que respetar cuadros”[1].

Menuda mélange, café para todos, un Dios para todos que no es Dios. Me complace sin la menor restricción este inteligente texto de un jesuita con mucha sabiduría y experiencia al que me hubiera gustado tratar personalmente, Carlos G. Vallés. En efecto, demasiados capisayos, demasiados uniformes, demasiado chiringuito agazapado, demasiada diplomacia para hincar el diente en la yugular del congénere y chupar su sangre, pura hipocresía de los colmillos para adentro. Demasiado arroz para tan poco pollo es lo que también yo, a una escala mucho más reducida, aunque no tanto, he percibido en los congresos internacionales interreligiosos, uno de los cuales llegué a presidir. Al salir de aquellos lugares alguna vez sentí completamente reseca mi alma y el siroco del desierto en mi corazón, y eché de menos a Francisco de Asís arrancándose ante el mundo entero las extravagantes vestiduras de rico y quedando desnudo. Entre los parsis, en lo alto de la espiral abierta del interior de las torres circulares del silencio, se coloca el cuerpo del parsi difunto. Los buitres conocen la cita y saben su tarea. Apenas tardan minutos en limpiar los huesos, que luego calcina el sol de la India y arrastran, ya mineral puro, sus lluvias. A algunos les parece macabra la operación, pero bien mirada, es una solución, a un tiempo lógica y escatológica, al último problema del hombre: cómo desaparecer haciendo bien y causando las menores molestias. Las únicas industrias que no prosperan entre los parsis son las de pompas fúnebres”[2].

Desnudo/despierto. Al escribir todo esto, no sé muy bien por qué, me viene a la cabeza el psicólogo Binswanger un reputado discípulo temprano de Freud y de Bleuer[3], que dijo grandes barbaridades vinculadas a grandes verdades. Entre las primeras, que “la psicología existencial niega que exista algo detrás de los fenómenos que los explique o cause su aparición”[4], y entre las segundas, que “la verdad no se alcanza por un ejercicio intelectual, se descubre por los mismos fenómenos”[5]. A mí personalmente me parece que estas baladas ecuménicas, en su doble sentido de canciones y de balidos, esos moqueos beatíficos, también en su doble sentido de beatitud y de clínex, no me dan buena espina, ni siquiera me dan espina, dada la amorfía pringosa de sus partes blandas. Estas religiones sin Dios son la consternación de Dios, por eso el ateísmo es la religión con más adeptos. Su verbal adherencia a lo duro -pero adheridos a lo blando- los lleva a vivir sin Dios.

De repente, en esta tarde de silencio, tal situación me planta ante los joaquinitas medievales, cuyo fundador, Joaquín de Fiore, distingue en su libro Las edades del espíritu entre la Edad del Padre, la Edad del Hijo y la Edad del Espíritu. En efecto, también en esta España calcinada por las llamas un nuevo joaquinismo parece repetirse. Cuando yo era niño, regía un Dios Padre reducido a su ejercicio del dies irae, es decir, de infierno y condenación, que hube de padecer con la calavera sobre la mesa, el recinto oscuro y el miedo, ¡escenario precisamente dominado por los padres jesuitas! Más tarde, ya de joven, el Dios Padre fue sustituido por el Dios Hijo, es decir, por el Cristo obrero que cantaban los de Palacagüina, y al que se adhirió malamente el movimiento obrero católico de la HOAC, la JOC, la ZYX, los curas obreros, etc, la mayoría de los cuales perdieron sus sotanas en el intento. Finalmente, en la actualidad de nuestro calendario sin calendas, estamos sin el Padre y sin el Hijo, pero en la edad del Espíritu, un Espíritu desencarnado, incensado, ultralitúrgico en las formas, interiorista sin alteridad con velitas para alegrarse con sonrisa Profidén, y derechismo social. Que Dios nos asista, Leopoldo de centrocampista. Cuán difícil es vivir entre los profesionales de la contingencia a la que absolutizan, y los profesionales de lo absoluto a lo que ponen absolutamente a su servicio.

Ni nos enriqueció la llegada de ninguna nueva Edad, ni tampoco nos enriqueció su despedida, porque las unas sin las otras suponen la despedida, al menos momentánea, del hecho religioso. Hoy se extiende como las llamas hasta el polvorín una sola religión bifaz, la religión bancaria empírica -de que hablara Paolo Freire en su día- y su otra rama la religión la bancaria mística. Dicho de otro modo, se llena el vacío de Dios con la telegenia de sus devociones

Desde luego, no viviré para ver otra cosa, pues nos está faltando a los cristianos una religión en el nombre del Padre, y del Espíritu Santo, nuestro nombre más propio persignado ostensivamente en la cabeza, en el corazón, y en el cuerpo entero. Una religión de la sal y del azúcar, pues eso es precisamente el cristianismo, en lugar de tanta jaculatoria: “una vez estaba yo una conferencia en Madrida a unas religiosas católicas cuando una religiosa apenada me preguntó: “padre, ya que las monjas jainitas de la India no creen en Dios, al menos creerán en la Virgen, ¿no?”[6].

[1] Vallés, C-J: Dejar a Dios ser Dios. Ed. Sal Terrae, Santander, 2006, pp. 122-126.

[2][2] Vallés: Op. cit, p. 125.

[3] Cfr. May, R: Existence. A New Dimension In Psychiatry and Psychology. Theories of Personality. John Wiley&Sons, Nueva York, 1970, pp. 96 ss.

[4] Hall, C y Indzey, G: Theories of Personality. John Wiley&Sons, Nueva York, 1970, p. 16.

[5] Ibi, p. 17.

[6] Vallés: Op. cit, p. 1485.