El triunfo de la selección española, trepidante y que parecía congelado por un embrujo maléfico casi hasta el final, frente a una marrullera y violenta Argentina sin ideas, con excepción de su magnífico portero ( esa no era la dignidad de Martín Fierro o de Manuel Mugica Laínez: la del oportunista y chaquetero Director General del Guano Avícola Nacional ya es otra cosa ), no ha sido llevado como ofrenda a Dios, a alguna de las Vírgenes de España, a Santiago, patrón de España, o a alguno de nuestros muchos grandes santos. Sólo las residencias del Rey y del presidente del Gobierno tuvieron la suerte de recibir la eutrapélica visita de la selección triunfante, pero sin Píndaro. Los triunfos nacionales ahora son laicos, como los matrimonios civiles, con final de música estridente, olvidándose los agones helénicos en los que no había triunfo en donde no se hiciese un sacrificio a un dios o diosa benefactor, como agradecimiento, ante un altar muchas veces levantado con las cenizas de las propias víctimas unidas con argamasa y agua del río Alfeo, el río más querido por Zeus. Sobre todo, las cenizas de las patas de animales. Efectivamente, el altar de Zeus Olímpico está hecho con las cenizas de las piernas de las víctimas sacrificadas a Zeus. Las víctimas eran sacrificadas en la parte inferior del altar, la “próthysis” o primer escalón, y las piernas se llevaban a lo más alto del altar y allí se consagraban. Los griegos han sido el pueblo más agonista, como corresponde a un pueblo de niños muy inteligentes, como subrayara tantas veces Marx. El deporte competitivo ha sido siempre un entrenamiento para la guerra, o un juego de niños que juegan a la guerra, el gran deporte de sus mayores.
Sí ha sido clásica, la pompa, la procesión del equipo victorioso en autobús, “stars shine together”, portando la copa merecidamente conquistada, festoneada por juveniles masas eufóricas de patriotas que no consideran que el pase de Nico Williams, español de origen no español, al valenciano Ferran Torres, deje de ser un gol español por falta de pedigrí étnico. Cantan miríadas de rojigualdas la alegría nacional, y este evento venturoso nos une en el contento patrio, y en un momento en que los españoles tenemos pocas razones comunes para reír.
Es notorio que a los argentinos, antes de comenzar esta Competición del Mundial de Fútbol, se les olvidó jurar ante el Zeus Horkio, o De los Juramentos, que tiene un rayo en cada mano, en Olimpia, de que no emplearían la violencia ni la trampa. Junto a él debían los atletas, sus padres y hermanos e incluso los entrenadores jurar sobre los trozos de un jabalí sacrificado que no harían ninguna falta en los juegos ni tratarían de corromper a ningún árbitro ( hellanódíka ), de los Juegos Olímpicos, ni a ninguna “árbitra” de las dieciséis mujeres que hacían cumplir las normas en los Juegos Hereos, entre mujeres, también celebrados en Olimpia. Nadie comería el jabalí, sino que debería ser arrojado al mar, como alimento de los peces. En aquella época clásica las faltas cometidas por los deportistas llevaban aparejadas grandes multas, con las que se levantaban estatuas de Zeus. Y dado que se calcula que hubo más de cien estatuas de Zeus Olímpico en el territorio eleo, está claro que los argentinos no han sido una excepción en la historia del deporte. Sería bueno que las actuales multas sirviesen para lo mismo, para fomentar las Bellas Artes, y no mafiosos arcanos de la FIFA. Gracias a aquellas multas contra el juego sucio nos quedan restos de estatuas de Mirón de Atenas, Cánaco de Sición, Pitágoras, Glaucias de Egina, Onatas de Egina, Cálamis, Ptólico de Egina, Calicles de Mégara, Naucides, Lisipo o del gran Policleto.
Desgraciadamente algunos argentinos han puesto en muy mal lugar aquella idea virginal y solidaria de Argentina, que evocó como nadie el gran Rubén Darío en su bellísimo Canto a la Argentina, verdadero paraíso y promesa visible para todos los pobres que había entonces en el mundo. Rubén Darío ha sido, a la vez, el Virgilio y el Livio de Argentina. Sin embargo, con su violencia física y verbal estos argentinos resentidos han vuelto a poner en vigor el mal chiste que contó el Director General del Guano Avícola Nacional. Resulta que cuando Dios estaba repartiendo las fortalezas y debilidades de cada país, al llegar a la Argentina le otorgó carne, cereales, leche, petróleo, pescado, todo tipo de metales preciosos, y era tanto lo que le concedía que San Pedro tuvo que intervenir.
Pero hablando en serio, Argentina es un gran país lleno de ingenio e inspiración. Está enhebrado de grandes filósofos, ( v. gr. Mario Bunge ) escritores ( v. gr. Julio Corázar ), artistas ( v. gr. Antonio Berni ), grandes cineastas ( v. gr. Adolfo Aristarain ), grandes científicos ( v. gr. Bernardo Houssay ), grandes ingenieros ( v. gr. Luis Augusto Huergo ), cantantes ( v. gr. Carlos Gardel, Mercedes Sosa ), grandes médicos ( v. gr. René Favaloro ), grandes poetas ( v.gr. Alfonsina Storni ), grandes músicos ( v. gr. Alberto Ginastera ), grandes capitanes de empresa ( v. gr. Marcos Galperin ), directores de orquesta ( v. gr. Daniel Barenboim ), grandes inventores ( v. gr. Raúl Pateras de Pescara ), y grandes futbolistas (v. g. Diego Armando Maradona ). De políticos no hablamos porque en eso Argentina tiene la misma mala suerte que España. Eso es herencia española pura. Y al que a los suyos sale a nadie yerra.
Por otro lado, tras nuestra Guerra Civil, Argentina nos salvó de la desnutrición con las proteínas que vinieron con sus maravillosas remesas de carne de la Pampa. Y terminemos con el Canto que le dedicara el gran Rubén: “¡Argentina, región de la aurora!/ ¡Oh, tierra abierta al sediento/ de libertad y de vida,/ dinámica y creadora!/ ¡Oh, barca augusta, de prora/ triunfante, de doradas velas!/ De allá de la bruma infinita,/ alzando la palma que agita,/ te saluda el divo Cristóbal, / príncipe de las Carabelas./ Te abriste como una granada,/ como una ubre te henchiste,/ como una espiga te erguiste/ a toda raza congojada,/ a toda humanidad triste,/ a los errabundos y parias/ que bajo nubes contrarias/ van en busca del buen trabajo,/ del buen comer, del buen dormir,/ del techo para descansar/ y ver a los niños reír,/ bajo el cual se sueña y bajo/ el cual se piensa morir./(…) ¡Hay en la tierra una Argentina!/ He aquí la región del Dorado,/ he aquí el paraíso terrestre,/ he aquí la ventura esperada,/ he aquí el Vellocino de Oro,/ he aquí Canaán la preñada,/ la Atlántida resucitada;/ he aquí los campos del Toro/ y del Becerro simbólicos;/ he aquí el existir que en sueños/ miraron los melancólicos,/ los clamorosos, los dolientes/ poetas visionarios/ que en sus olimpos o calvarios/ amaron a todas las gentes.”
¡Vivan siempre Argentina y España!