Penetro en campo minado.
Todavía no repuesto del estado de trance, que me ha producido la aparición de Zapatero, en carne mortal, voy hilvanando estas ideas.
Me refiero, no a una más de las apariciones seráficas, a las que nos tiene acostumbrados, sino a un Zapatero humano, defendiéndose, en los tribunales y en la prensa, de algunos de los desmanes que, a pesar de ser un secreto a voces, considerábamos muy dudoso, que manchasen, alguna vez, la orla de su clámide. Lo cual hace abrigar la esperanza de que no todo está perdido.
Y es que los líderes de la rama “progresista” y los del tronco comunista, de donde sale, son juzgados por lo que dicen y no por lo que hacen, predican con la palabra y no con el ejemplo. De ahí que sus líderes no sobresalen, precisamente, por su preparación, su coherencia o su moralidad, sino por su audacia, afán de mando y habilidad para manejar, con tenacidad, las ruedas de molino para la comunión de sus feligreses.
La pretendida legitimidad del mando de la izquierda se basa, no en la eficacia sino en la identidad. Piensan que es lógico que, con las ideas que ellos proclaman, gobiernen siempre y si son acusados de mal gobierno, siempre les vale lo de “peor sería que gobernase la derecha”.
Es una ideología negativa, que nace para destruir y no para crear, así que sus ídolos, no son alabados por lo que construyen, sino por lo que niegan o destruyen.
Y el expresidente Zapatero es, para mi, el ejemplo, purísimo, de un lider “progresista”. Un farsante que, a pesar de lo que tiene dentro, es capaz de decir que “un buen socialista es, normalmente. el que tiene poco y está dispuesto a dar mucho”. Así están, increíblemente, las cosas.
Me cuesta mucho comprenderlo pero vemos que, en los regímenes comunistas y “progresistas”, los dirigentes son ricos, sin el menor disimulo, no importa que el pueblo sea cada vez más pobre.
Y los segundones y seguidores, del tronco y de la rama, hace tiempo que tomaron ejemplo de sus líderes y gozan, plácidamente, de sus recursos, a veces muy abundantes, considerando que es el dinero de los ricos el que se ha de repartir justicieramente. Y consideran ricos a los que, en la clasificación de riquezas, tienen a partir de un euro más que ellos.
Son personas pacíficas, aburguesadas en grado sumo, buenos proveedores de sus alforjas y tremendamente caritativos con los bienes de “los ricos” o del Estado. Son muchos y son muy parecidos y muy trabajadores en la defensa de sus “ideas” que no practican.
El ideario comunista fracasó, totalmente, en su afán de crear un hombre nuevo, capaz de desarrollar una sociedad que sobrepasase a la capitalista y la reemplazase. Pero quedaron rescoldos, aquí y allá, sobre todo en Iberoamérica, que fueron atizándose, con el nuevo lema de que, a la vista de la imposibilidad de reavivar el comunismo, primero había que destruir la sociedad capitalista. Eso es el “Progresismo”.
El comunismo, tiene una trayectoria tan siniestra que, para aceptarlo, tal cual, hay que tener unas tragaderas capaces de engullir las Cataratas del Niágara. Aquellos ideólogos, que predicaban, con inaudito descaro, que el muro de Berlín se había construido para que los ciudadanos capitalistas no invadiesen el “paraíso comunista” o que convencían a los jóvenes de Alemania Occidental para que se tendieran en las vías, del ferrocarril, que transportaba los misiles, regalados por el Presidente Reagan, para defenderse de los que Rusia había instalado en Alemania Oriental, aquellos ideólogos comunistas, digo, no pueden ser digeridos ahora.
Pero esa dificultad no ha conseguido que esa ideología, que nos promete llevarnos a un mundo sin envidia, haya desaparecido. Aunque, como se ha comprobado, la envidia desaparece, porque allí por donde pasa, no deja nada que envidiar.
La transformación del mundo comunista en el mundo “progresista”, creo que es un proceso poco estudiado y del que me declaro ignorante. Parece que Cuba es el crisol donde se ha mantenido el caldo a la temperatura adecuada y desde donde, por sus canales iberoamericanos, se desparrama, transformado en la ideología “progresista”, que vierte su odio en la acción de demoler las columnas que sostienen el mundo democrático. Continuará.