Opinión

El bochorno del trigo

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 09 de agosto de 2026

Ideas sueltas que se quedaron en revoltijo después de una carta recibida en el pueblo de parte de la marquesa de S. Sí, esa imagen le había gustado. Las infinitas cañas con su amarillo paliducho, después troceadas en la recogida y hechas balas que poder amontonar en dameros, como una instalación de museo; otras, envueltas en lonas de plástico de colores mustios, pero también cumpliendo su estatus de obra de artista improvista y desconocida. Le copié íntegro el poema y el título del libro del que procedían, Evitar la niebla, uno de Fernando Sanmartín. Me pidió que, cuando volviera a Madrid, le hiciera llegar un ejemplar de ese y del último de poemas, suyo también. Estuve por ponerle un WhatsApp diciéndole que, con sólo pisar la calle, podría tener acceso directo a ambos, y comprarlos, incluso, ya que tiene la editorial a menos de un tiro de piedra. Pero no quise romper el pacto epistolar. Cualquier recriminación, mejor que fuera reconducida mediante un circunloquio de estilográfica. Menudo par que somos.

Sí, el comienzo de agosto, antes de que todo el protagonismo acabe llevándoselo el eclipse —y raro me parece que la marquesa no haya comentado nada, si quedará o no con su incombustible grupo de amigas para verlo desde el ático de alguna o desde una de las terrazas del paseo de Pintor Rosales, y le he pedido que me adjunte foto de todas ellas con las gafas puestas—, está en la paleta de colores castellanos. El gualdo, el ocre, el rojo, el verde que se sacrifica para la emulsión final de todos esos tonos, abundantes para las distracciones. Y mejorados de forma significativa cuando se alza detrás una tormenta. Su blancura y su gris penden como un reflejo inexacto dentro de una habitación cerrada. Los dameros de paja, entonces, se desvisten de sus insignias modernas y ejercen de mojones que han de dividir la lluvia. El campo se muestra en esos segundos previos orgulloso como un guerrero de inspiraciones épicas. Los demás sólo tenemos que ponernos a cubierto y observar, pues ya han sido otros los que mejor han sabido describir, filmar, pintar la escena. Ese escenario como de desastre, se mantiene durante mucho tiempo nítido en nuestra lucidez.

Sí, le escribo de respuesta a la marquesa, de la que llevo empezados tres borradores porque entre pitos y flautas me equivoco y tengo que coger otro folio nuevo. Le digo que esa imagen del verso de Sanmartín es, si se quiere, poderosamente erótica. Le hablo de esas escenas de películas en las que los protagonistas se revuelcan sobre los sembrados presos de su furor sexual, y si es posible, cayéndoles un poco apaciguador aguacero. Me imagino qué me contestará. A lo de los amores veraniegos, mucho cinismo y frases escogidas para mantener la distancia adecuada, pero a esto otro, todas las atenciones posibles, eh, sin ningún remedio. Bueno. Cada uno lo hace como mejor puede. Tampoco es que uno lo elija de lugar ideal en el que erotizarse. Llegado el momento, se comprobará, si es que sucede. En el verso, por suerte, en cualquiera que se escriba, lo hace continuamente.

De fondo, se van las pocas nubes que han amenizado la tarde. He apurado el cuarto y último folio. En la radio sonaba el Elegíaco, de Sibelius, en un programa repetido. Esta serie de entretenimientos no han sido más que una búsqueda de armonía, puede pensarse, y así se lo dejé por escrito a la marquesa, pero no han sido menos, tampoco, que el gusto de perderse en el centro de uno, recordando el sabor en la palabra reiterada, en su adjetivo, y el resto perdiéndose en la niebla inventada.