Opinión

Pestes, tragedias, fatalidades

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 10 de agosto de 2026

El florentino Giovanni Boccaccio pasa su juventud en Nápoles siendo testigo de la epidemia de la peste negra del 1348, entre cuyas víctimas estuvieron su propio padre y su madrastra. Horrorizado por lo vivido, el Decamerón (diez relatos narrados por siete muchachas y tres jóvenes varones fue comenzado al año siguiente, pero volvió sobre parecidos espacios literarios hasta su muerte en 1375 en Certaldo, que muchos, incluido él mismo, creían su casa natal, sin serlo. Las enfermedades contagiosas han protagonizado también canciones de ciego y de cordel, relatos de cementerios y de almas en pena de filosofías (Albert Camus, La peste) y del surrealismo mágico latinoamericano, por ejemplo, en Casas muertas, de Manuel Otero Silva, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, Los hermanos Arango, de José María Arguedas; Calixto Garmendia, de Ciro Alegría; La ciudad de los tísicos, de Abraham Valdelomar.

Pero hay otras tragedias. Aún vive el francés Geoffroy Delorme (normando nacido en Nanterre), que según confesión propia estudió primaria, secundaria y bachillerato por correspondencia por imposición de sus padres, los cuales le transmitieron la idea de que la sociedad era un lugar muy peligroso, cosa que le aterraba tanto que a los 19 años se internó en el bosque de Louviers cercano a su casa, donde convivió siete años con un grupo de corzos buscando fundirse con la naturaleza para evitar la humanidad, todavía hay un rusoniano en cada francés. Hoy, a sus sesenta años, publica un libro relatando su experiencia: “convivir con corzos me ha demostrado hasta qué punto soy humano”. Pobres ciervos a los que trasladará el fugitivo su propia peste. Mala es la peste bubónica, pero ¿es la solución en convivir con corzos puros como argumento de alteridad?

¿O la peste consiste en cerrar los ojos a las tragedias para morir en ellas? Otra terrible epidemia devastó la ciudad de Tebas entre 430 y 420 a.C. Edipo consultó el oráculo: la plaga era consecuencia de un delito no resuelto que lastraba la atmósfera de la ciudad por no haber sido capturado el asesino del rey Layo. Edipo juró castigar al asesino y lo maldijo como causante de la epidemia. Para averiguar su identidad mandó llamar a Tiresias, el profeta ciego, quien pidió a Edipo que desistiese en su búsqueda: “¡tú mismo eres el criminal que buscas!”. Profundamente perturbado, Edipo no comprendió la respuesta y se burló de Tiresias, según el cual el asesino era un tebano, hermano y padre de sus propios hijos, e hijo y esposo de su propia madre.

¿O acaso la culpable es la inexorable fatalidad? Esquilo murió aplastado por una tortuga. Para evitar el oráculo que le había vaticinado que moriría al caerle una casa encima, se trasladó al campo; un día salió a pasear y un águila que llevaba una tortuga entre las garras confundió su calva cabeza con una roca. Tales de Mileto fue castigado por caminar mirando al cielo sin atender al hoyo en el que cayó. Pitágoras permitió que le asesinaran antes que cruzar un campo de habas. Sócrates fue condenado a morir bebiendo cicuta por haber expresado sus ideas. Heráclito, enfermo de hidropesía, preguntaba a los médicos si podrían hacer sequía de la lluvia, pero, como no lo entendieron, se enterró en estiércol de vaca suponiendo que el calor de éste absorbería las humedades, acelerando el fatal desenlace, aunque la causa de la afección habría sido su retiro al monte, donde se alimentaba de hierbas movido por su misantropía. Empédocles se arrojó al monte Etna con la esperanza de convertirse en un dios, pero una de sus sandalias de bronce salió expulsada por las llamas como confirmación de su mortalidad. Diógenes murió de un cólico provocado por la ingestión de un pulpo vivo y sus últimas palabras fueron: “cuando me muera echadme a los perros, ya estoy acostumbrado”. Zenón de Elea se rompió el dedo índice, el de enseñar, si bien la tradición aseguraba que -estoico como era- se provocó la muerte aguantando la respiración. Claro que, fiel al nombre de Zenón y dada su hambre, murió según otros heroicamente mordiendo la oreja de un tirano hasta que fue muerto a puñaladas. Siglos después Suárez, futbolista uruguayo, influido por Zenón, dio tal mordisco a su contrincante, que casi se zampó su apéndice auditivo. Lucrecio se suicidó tras volverse loco por haber tomado un filtro de amor. Hipatia fue asesinada por una multitud de cristianos furiosos, que le arrancaron la piel utilizando conchas de ostra. Boecio fue cruelmente torturado antes de que lo mataran a garrotazos por orden del rey ostrogodo Teodorico. Juan Escoto Erígena fue apuñalado hasta la muerte por sus nada flemáticos alumnos ingleses. Avicena murió de una sobredosis de opio tras entregarse demasiado a la actividad sexual. Tomás de Aquino se despidió del mundo mortal a cuarenta kilómetros de su lugar de nacimiento tras golpearse la cabeza contra la rama de un árbol durante un viaje. Pico della Mirandola fue envenenado por su secretario, y Sigerio de Brabante por el suyo. A Guillermo de Ockham se lo llevó la peste negra. Tomás Moro fue decapitado y su cabeza colocada en la punta de una lanza en el Puente de Londres. Giordano Bruno fue quemado vivo en la hoguera por la Inquisición. Bacon se desplomó fatalmente en las calles de Londres tras rellenar de nieve un pollo para comprobar los efectos de la refrigeración. A Descartes no le respetó la neumonía tras dar clase a primera hora de la mañana, en pleno invierno de Estocolmo, a la reina Cristina de Suecia, que solía vestir como un hombre. El problema es que, antes de darle sepultura, se abrió el ataúd y se descubrió que faltaba su cráneo, poco después aparecido durante una subasta en Suecia porque había sido apartado del resto del cuerpo durante el primer traslado. La Mettrie, pese a su materialismo ateo no dado a metafísicas, la palmó por una indigestión causada por la ingesta de una enorme cantidad de paté de trufas. Rousseau se despidió de este mundo poco idílico de una hemorragia cerebral masiva causada por un violento choque con un gran danés en las calles de París ocurrido dos años atrás. Diderot se asfixió atragantado por un albaricoque para demostrar que se podía experimentar placer hasta el último aliento. Bentham, académico hasta la hora final, hizo que le disecaran y sigue sentado a la vista del público en una urna de cristal del University College de Londres. A Max Stirner le picó un insecto en el cuello y murió de la infección. La lápida de la tumba de Kierkegaard se apoya en la de su padre, como si no hubiera podido morir solo. El colapso de Nietzsche sucedió el 3 de enero de 1889 antes de abalanzarse llorando al cuello de un caballo maltratado con ánimo de protegerlo, cayendo al suelo sin sentido y siendo a los pocos días trasladado a un nosocomio en Basilea. Moritz Schlick fue asesinado por un estudiante perturbado que después ingresó en el partido nazi. Wittgenstein se fue al día siguiente de su cumpleaños; había recibido como regalo de su amiga la señora Bevan una manta eléctrica con la irónica inscripción “que cumplas muchos más”, si bien el estoico Wittgenstein replicó: “no habrá más”. Simone Weil se dejó morir de hambre en solidaridad con la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. Edith Stein se fue al otro mundo en Auschwitz. Merleau-Ponty fue encontrado muerto en su despacho con la cara sobre un libro de Descartes. Gilles Deleuze se defenestró desde su apartamento de París para escapar del sufrimiento que le provocaba el enfisema. Michel Foucault acabó sus días comido por el sida en París. Albert Camus dijo el 3 de enero de 1960, en referencia a la pérdida de Fausto Coppi: “no conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”. Al día siguiente, se dejaba la vida sobre el asfalto de la carretera de Borgoña. A mí mismo me predijo la hora, el día y el año de mi occisión en Córdoba (Argentina) un supuesto filósofo argentino, pero impresionó tan poco que antes de bajarme del transporte ya me había olvidado de mi muerte. Y, como no lo recuerdo, no podré nunca saber si aquel pájaro de mal agüero llevaba razón, la razón de la sinrazón que a mi razón o sinrazón se hace.