Con este título acaba de publicar Javier Barraca Mairal un libro en UPSA Bibliotheca Salmanticensis.
Ante todo distingamos los tres enfoques que aparecen en el libro:
A.-Psicológico. “Sentirse libres” Todas las personas tienen más o menos conscientemente este sentimiento.
B.- Objetivo. “Ser libres”. En la medida de lo posible hay que distanciarse del objeto en estudio, como el geólogo se separa del mineral que examina al microscopio. C.- Poético. “Amar la libertad”. Además de vocación de filósofo, hay que tener alma de artista. Barraca posee ambas cualidades.
Como ejemplo de enfoque psicológico Barraca recuerda el testimonio de Viktor Frankl sobre su experiencia en un campo de concentración nazi. Probablemente no puede encontrarse otro mejor. Como ejemplo de enfoque poético están las conocidísimas palabras de Cervantes al respecto. Como ejemplo de enfoque objetivo Barraca tiene la amabilidad de citarme, al entender la libertad, no como un valor, sino como el ente que tiene delante el entero arco de los valores y la misión de realizarlos. No es una idea original mía, sino de Nicolai Hartmann.
En la página 21 se alude a las ideas protestantes sosteniendo que los seres humanos estamos total e irremediablemente predestinados, que carecemos de libertad en sentido auténtico. El lector espera que este fundamental tema se desarrolle luego como merece. Pero no se vuelve a hablar de ello en el libro. Me permito por eso ofrecer al respecto una anécdota personal.
En una excursión a Gredos subía por un empinadísimo camino hacia la cima de un monte. En un recodo me sedujo un ramal menos trabajoso. que aparentemente también llevaba a la cima. Pero en realidad terminaba en una pared vertical. Era un sendero para escaladores. Di la vuelta para retomar el camino primitivo.
Ya en la cima divisé a otro montañero, que llegó al cruce, se detuvo a pensar y tomó, como yo antes, el ramal equivocado. Yo sabía de antemano lo que iba a hacer ese montañero y en efecto hizo: volver al cruce y retomar el camino correcto.
Me acordé de San Agustín. El hecho de que yo supiera previamente lo que iba a hacer ¿influyó en algo en las decisiones que tomó aquel montañero? Ni siquiera sabía que yo le observaba desde arriba.
En mi opinión, esto es lo que quería decir exactamente San Agustín al hablar de predestinación. Que Jesús supiera de antemano lo que Judas iba a hacer es perfectamente compatible con que Judas fuese totalmente libre en sentido positivo, o sea, responsable exclusivo de su traición, pleno y único culpable de la misma. Que Dios sepa de antemano lo que vamos a hacer en nada afecta a nuestra libertad y nuestra exclusiva responsabilidad.
Otra cosa es que San Agustín no estuviera muy afortunado al escoger precisamente la palabra predestinación. Se presta a ser mal interpretada, como de hecho ocurrió en el caso de Lutero y Calvino. El protestantismo es incompatible con
la libertad humana. Si lo pensamos hasta el fondo, negar la libertad positiva no sólo constituye el mayor insulto posible a la dignidad humana, sino sobre todo es la más horrible blasfemia pensable contra Dios. La anécdota me sacó de toda duda al respecto y espero que ayude también al lector. Invito a Barraca a que desarrolle más este capital tema de la predestinación en relación con la libertad positiva.
Otra cuestión que merece un comentario especial es la nota de la página 44. Se alude al célebre experimento de Libet. Un brevísimo tiempo antes de que el paciente decidiese mover su mano, se detectó actividad neuronal en el sitio correspondiente de su cerebro. Se habló entonces de neuro-todo; incluso de neuro-ética. Las corrientes neuronales serían causa o condición suficiente de la aparentemente libre decisión de mover la mano. Eso supondría que no somos en realidad libres, a lo que se opone Barraca con razón.
Pero las razones que aduce, y las de otros autores que cita, ni siquiera mencionan lo que la lógica decide de un plumazo. No se trata de una condición suficiente (P→ Q), sino de una condición necesaria (-P → -Q). La causalidad de los seres vivos implica el llamado finalismo interno. El conjunto completo de las condiciones necesarias se convierte en condición suficiente. Cuando el paciente aceptó someterse al experimento, se cumplieron en su mente las tres fases del proceso teleológico descrito por Nicolai Hartmann. Por fuerza tuvo que pasar algún tiempo desde la actividad neuronal hasta el actual movimiento de la mano. No tiene nada de extraño que Libet lo pudiera medir con un cronómetro adecuado.
En página 55 se recoge una cita de Pieper sobre los bienaventurados en el cielo a los que se atribuye una libertad de orden superior, no poder pecar. Obviamente libertad y no poder forman una contradicción. Yo entiendo más bien que Dios jamás arrebatará al ser humano el don supremo de la libertad, que previamente le otorgó. Sería contradecirse. Entiendo en cambio que un ser libre para pecar no peque nunca de hecho, si está en la presencia de Dios. Toda su libertad estará volcada en el amor a Dios. Quizá Pieper llama a esto libertad de orden superior. Pero me parece una expresión desafortunada y que sólo puede engendrar confusión.
Casi la segunda mitad del libro está dedicada a examinar la relación entre dos sublimes palabras: libertad y amor. Barraca es a la vez filosofo profesional y artista literario. Lo esperable es que tienda hacia ese atractivo ideal que los griegos designaban con el término kaloagazon, lo verdadero y bello a la vez. Es cierto que somos libres y no hay nada más bello que la libertad.
En efecto, en esa segunda parte encontramos con frecuencia frases felices, que son verdaderas y bellas a la vez. Y como icono de ese ideal de la perfecta libertad en el amor Barraca nos ofrece el impresionante testimonio de la joven holandesa Etty Hillesum en un campo de concentración nazi. (El libro citado en la página 76 luego no aparece en la lista de Fuentes).
Por mi parte, soy más bien escéptico sobre el bloque conceptual que designaremos como libertad-amor. También es lo esperable de quien filosofa, pero carece de creatividad artística, como es mi caso. En vez de tender a la unificación entre los aspectos A, B y C señalados al principio, procura instintivamente separarlos.
El amor es sin duda el más noble y elevado de todos los sentimientos humanos. Pero no deja de ser un sentimiento, algo que proviene de la psique y que compartimos
con los animales superiores. Incluso el nivel de generosidad y desinterés del amor de un perro a su amo difícilmente es alcanzado por los humanos. En todo caso el amor nace de lo fisiológico y lo psíquico, de lo corporal, aunque luego se eleve al nivel de lo espiritual, al ser asumido y hecho suyo por la libertad positiva o voluntad
La libertad en cambio se sitúa netamente en el plano superior del espíritu. Parto desde luego de la concepción platónica del hombre, que me parece la única que se compadece con la convicción de que Dios nos pone a prueba en este mundo, para que decidamos nuestro propio destino eterno con plena libertad y responsabilidad. Por eso se comprende el contraste entre cuerpo y espíritu, como prueba a superar.
La psique humana es complejísima. Se ha hablado con razón de laberinto sentimental. El salto desde la psique de un perro hasta la psique humana es inmenso. Pero lo que la libertad positiva o voluntad puede hacer con los sentimientos que recibe del cuerpo es aún más extenso y formidable. Añádase a esto que cada persona es única e irrepetible en la historia de la humanidad.
La conclusión de todo lo anterior es que no hay ciencia sobre el conjunto libertad-amor. Ya Aristóteles decía que no cabe ciencia alguna de lo que ocurre una vez y no vuelve a repetirse. Sobran aquí las teorías. Sólo cabe ofrecer descripciones, novelas o mejor aún testimonios como el de Etty Hillesum. Testimonio ciertamente muy valioso y ejemplar. Imagino que por eso lo propone con gran acierto Barraca.
La conclusión anterior vale para todos los sentimientos y no sólo para el amor. A mi juicio, la mejor descripción disponible en este tema es la novela “Abel Sánchez” de Unamuno. Trata de la envidia. Describe cómo nace de modo ciego e instintivo, cómo es asumida luego por la voluntad. Pero además expone lúcidamente los complejos procesos de retroalimentación entre lo psíquico y lo voluntario.
Sin duda la envidia es un sentimiento muy rudimentario y elemental. En los “Hermanos Karamazov” Dostoiewsky nos habla del sorprendente amor y odio a la vez de Katia hacia Mitia. En cambio nadie envidia y desea éxito a la vez a la misma persona. El amor es ciertamente el más noble y elevado de todos los sentimientos. Pero es también el más intrincado, retorcido y versátil, capaz de llegar hasta la contradicción.
Por eso desconfío de las teorías sobre el bloque libertad-amor, y hasta del más amplio cabeza-corazón. El confuso mundo de los sentimientos es irreductible a la claridad de la lógica. Hay que limitarse a describir, y renunciar a teorizar. Eso es lo mejor que podemos hacer los que carecemos de creatividad artística. Aunque también comprendo que aquellos que la posean se sientan con arrestos para teorizar sobre los sentimientos. Es sin duda el caso de Barraca y de las personas que tienden al ideal del kaloagazon antes citado.
El libro tiene 86 páginas. Me parece demasiado poco para lo que podemos esperar tanto de su autor como del tema que trata.