Opinión

Las mezquitas ante la Constitución

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Martes 11 de agosto de 2026

Me molesta intelectualmente estar más de acuerdo con Vox que con el PP en algunas cuestiones precautorias, porque mi desacuerdo con esta versión de la derecha, que no califico de ultra, aunque se sitúe al extremo, tiende a ser pleno. Sin embargo, la desconfianza hacia un régimen musulmán como el malayo es más rotunda que mi lejanía de Vox. Malasia tiene, como Marruecos, una autocracia parlamentaria de semejanza democrática porque hay elecciones, pero es mera apariencia para despistar, en el caso marroquí, a los crédulos trumpistas y afianzar su disponibilidad para una causa en la que ni en Malasia ni en Marruecos sus gobernantes creen. Se distingue de los parlamentos democráticos europeos, entre otros matices, en que, por ser regímenes confesionales, no separan Religión de Estado. Lo que hay que dar a Dios allí es lo mismo que hay que dar al César que lo representa en la tierra. Si en un caso se llama Mohamed, en el otro es un sultán rotatorio entre nueve familias musulmanas que se alternan para reinar cada quinquenio.

Las informaciones sobre la mezquita que trata de construirse en Sevilla me acercan a se precavido y no tomarlo a la ligera. Me desazona porque sospecho que sembrar mezquitas en la costa mediterránea no es cosa inocente. No creo que los del PP sean blandos por naturaleza, pero la candidez no es una actitud prestada cuando alguien se presta al camelo. ¿Una gran mezquita en Sevilla pagada con dinero malasio, es decir con dinero suní, escuela safí? Es dar de comer al lobo para que proteja a las ovejas en el redil democrático. Sospechaba que Vox había encontrado un buen tema para vacunarse del PP mientras gobiernan conjuntamente la región y que el alcalde es algo bobalicón si no se ha enterado de que Sevilla cuenta con una quincena de centros de culto suníes. Da igual si son maliquís o safís, dado que ambas escuelas son suníes y quedan englobadas en la umma que reúne la tradición de los sultanes malasios a la del rey Mohamed cuya respiración no solo se oye en Ceuta, Melilla.

Vacilaba sobre cómo enfocar esta discusión que enfrenta a los de Vox con el PP en el mismo gobierno andaluz, cuando llegó la avalancha magrebí a Ceuta. Basta ahora para comprender el riesgo de instalar una nueva mezquita con recelar cuántos podrán arribar a Sevilla cuando están llegando en lancha a Marbella tanto si se les deja como si no se les deja nadar cuando les deja la lancha. Sevilla no puede ser invadida como Ceuta en un día, pero puede serlo a cámara lenta. En Ceuta ya hay tantos apellidos bereberes como españoles. Obviamente los muchachos que huyen de Mohamed necesitan nuevas mezquitas donde agradecer su devoción a Alá tras fugarse de la pobreza de sus reinos terrenales. Los regidores de Mohamed, que no son tan tontos como Albares que llamó a consultas al embajador italiano como si representara a un sultán suní, procuran satisfacer las necesidades espirituales de sus huidizos súbditos en mezquitas para asegurar que no se sumen a la liberalidad democrática europea. Las aleyas de la respiración de Mohamed se propagarán de este modo. El problema de fondo es que las mezquitas no son centros de integración en la cultura que los acoge, sino centros de consolidación de la cuota que los expulsa. Basta pasearse por distritos de Paris o Marsella para entenderlo. En Cataluña lo saben mejor que en Andalucía. No querían hispanoparlantes y han conseguido árabes que, en lugar de aprender catalán, rezan en bereber en las mezquitas. Ahora se llevan las manos a la cabeza con Orriols. En Sevilla se las podrán llevar con Vox si el PP anda igual de listo que los de Junts.

En el caso andaluz la cosa viene de más lejos. Los omeyas se inventaron la comunidad de Al Andalus al invadirla, y ahora la recuerdan como si fueran los propietarios de una comunidad de vecinos. Al Andalus no se refiere a Andalucía, como se pudiera creer por las resonancias semánticas, sino a toda la península ibérica y parte de la Septimania francesa. Las sucesivas invasiones bereberes no desmontaron la fórmula, la mantuvieron para no desperdiciar el recuerdo de la conquista omeya. Dejaron símbolos tan reconocibles como la Giralda en Sevilla que, por ser almohade, responde a la misma tradición suní que reina en Marruecos para que ahora el dinero malasio patrocine la construcción de un alminar casi tan alto para llamar a la oración.

Los ingenuos del PP, hayan o no leído el Corán, no parecen saber de qué va la cosa coránica si reducen la construcción del minarete a un asunto de libertad religiosa en una zona en que, al parecer, las ordenanzas prevén otros menesteres. No se enteran de que la libertad se esfuma cuando se deja a sus enemigos cultivar sus profecías sobre cómo instalar su reino en este mundo. No es lo mismo una devoción islámica que una devoción evangélica. La primera es incompatible con la libertad, avanza por conquista o por inmersión gradual. Comienza obligando a la enseñanza pública a hacer excepciones a sus reglamentos por ser incompatibles con sus prescripciones coránicas. No penetra en el lugar que le acoge para integrarse en sus reglas sino para modificarlas, islamizarlas. En la práctica significa que no hay derecho que sea reconocido si no es compatible con la tradición suní. Lo conflictivo no es restringir la libertad religiosa, lo conflictivo es que la tradición suní es incompatible con las libertades de una sociedad democrática. Si hay un reglamento legal al que acogerse, es preferible aplicarlo a lamentarse después.

La mezquita de Sevilla no sería chantajista, como lo fue la invasión de Ceuta que puede volver a repetirse sin previo aviso, es un aplazamiento de la trampa que necesita del chantaje para extender sus consecuencias a cierto plazo. Si en Ceuta y Melilla el principio de soberanía nacional no asegura la protección de un territorio que solo la ignorancia o la mala fe pueden fingir irredento, el peligro emboscado en la concesión de mezquitas no se remedia invocando el principio de libertad religiosa allí donde la ley exige a los malayos que sean musulmanes y se castiga la apostasía. Hay que abordarlo desde la perspectiva de la autodefensa del estado democrático para que la libertad de culto no supedite las libertades constitucionales a las exigencias de un dogmatismo autocrático que no las concibe.