Aprendimos pronto a guardar el fruto de fuego de aquel primer rayo. Tan bien lo hicimos que seguimos viviendo de él, encontrándole múltiples funciones para nuestra cotidianidad y para hacerle imposible la vida al prójimo. De la primera llama al último disparo medió la observación humana.
También supimos guardar el agua en cuencos que parecían manos para dar un sorbo placentero y, con el tiempo, cambiar el curso de las corrientes, construir presas, abastecer del líquido elemento a nuestros pueblos y arrebatarlo al vecino, haciéndolo huir, o quemando a toda su tribu, incluyendo féminas empoderadas y críos con flequillo. Entre el primer vaso y la última invasión, también medió la observancia humana. Y sin la rueda...ay, sin ella nada hubiera podido ser llevado a cabo o al interior; nada hubiera sido transportado por las llanuras de esa gran migración hacia tierras fértiles que somos todos nosotros, a falta del retorno a un paraíso definitivo donde nos aguanten con todos nuestros traumas. Pero entre la primera piedra que rodó por la falda de una colina y la piedra rodante del octogenario cantautor norteamericano —Bob Dylan—, también medió la atenta inteligencia humana. No en vano estos tres recursos nos llevarán, tarde o temprano, a otros planetas para seguir observando atmósferas, elegir parcelas y matar a todos aquellos que puedan ser llamados enemigos del sistema, existan o no. Y no en vano un día, el menos pensado, acabaremos con la aridez desértica en nuestra tierra para entregársela al vecino, sobre todo si éste sobrevive sobre un mar de petróleo, o no reza lo suficiente a Yaveh, Dios de los ejércitos.
Hablando de ejércitos y de mares; entre la hojita de limón verde que un crío dejó en el riachuelo y los portaaviones en cuyo almacén se oxidan los drones para Oriente y Occidente, también medió la inteligente medida de lo humano. Porque si algo somos es inteligencia para construir y, dramáticamente, destruir a quien pise nuestras lindes físicas y morales.
En el entremés de tanta construcción y destrucción he olvidado una mención importante: junto a la presa, se construyó también la muralla y el miedo a ser devorados por depredadores de la otra familia de la mujer que, al cruzarse con otro un poco corto y malo, impuso rodear el poblacho con verjas, torres, fosos y empalizadas, ya que conocía de sobra a sus hermanos. Así que sí; somos inteligentes. Valemos un potosí. Tanto —tanto— que sabemos incluso la clase de bestia en la que el eminente constructor de carreteras y puentes se convierte cuando le pisan el cemento aún fresco, antes de volver a cenar a su casa tan tranquilo, después de cuatro voces y tres despidos.
La paradoja de esta inteligencia cuasiperfecta està en su incisiva observación de la realidad externa y su roma —mellada—, o nula observación del alma cuando esta mira la hipótesis, la obra, la consecución, la meta, y no encuentra explicación alguna a ese éxtasis operativo, o a esa frustración después de la alegria llamada tristeza, bochorno, rubor, ira, miedo, angustia, depresión, abandono, desamor, muerte...
Aquí, en este punto, el parlanchín ingeniero tartamudea, se echa la mano a la nuca, se rasca, mira al cielo y luego al teléfono móvil para tapar con su incesante actividad toda la inquietud de su misterio, como si dentro de sí no encontrara nada más que contradicciones.
Y el exitoso economista con mansión y yate a pie de playa en Ibiza, portento del número y la divisa, cuando piensa en la pérdida o el fracaso balbucea, carraspea, se le va el humo del habano por otro lado seco, sin saliva. Porque la ganancia, la opulencia, la garantía es para él la ciencia pero su alma, ¿cuánto vale su alma? ¿Sabe acaso cuánto vale el metro cuadrado de más acà y más allà en el que habita? Nada; de eso no sabe nada. Sólo ha sabido observar la práctica de amasar dinero. Pero nunca se ha preguntado por el modo —método— en que el alma no explote de estrés, de soberbia, de vacío después del triunfo. Ese fastidioso vacío del no bastarnos a nosotros mismos, ni tan siquiera cuando tenemos el warholiano cuarto de hora glorioso y somos el centro del mundo. O esa extraña sensación del límite carnal, la fronteriza distancia, la lejanía infranqueable y perpetua con el ser más querido. O la ausencia del amor. ¡Dónde, dónde se ha metido el amor! ¿No sabemos reproducir más amor...? No, apenas sabemos sentirlo y verlo morir, según pasan los años. Sabemos de todo y al mismo tiempo nada de nosotros mismos por acumulación de planes, sueños, ilusiones, proyectos...
Apenas sabemos nada a propósito de la relación entre todos esos generosos objetivos vitales y si estos tienen algo que ver con nuestro deseo de felicidad y el porqué hay días en que se nos rompe el corazón de olvido, de ausencia de nadie sabe qué. Y entonces todos los objetos guardados dejan de tener valor porque no tenemos ni fuerzas para usarlos. Si el puente nos llevara a otro mundo. Si el coche no estuviera roto. Si no hiciera tanto calor. Si nosotros mismos fuéramos de otro modo. Quizà, quizá, quizà sería todo distinto. Pero habría que empezar de nuevo la vida —otra vida nueva— otorgando al corazón su importancia y a su inteligencia el espacio para las preguntas que son la antesala de la ternura con nosotros y con los demás. Porque quien se pregunta por su propio misterio, empieza a verlo en el rostro del otro. Ese otro que, cotidianamente, nos fastidia con su sola presencia. Y qué bien describe Lola Mascarell esta honda experiencia en su Préstame tu voz:
«Cuántas veces despiertas sin saber ni quién eres ni dónde
Has dejado tu cuerpo,
Absuelto de la carga de saberte
Y también de las penas que atesoras.
Esos breves segundos
En que aún no eres nadie te regalan el sueño de ser otro, la limpia absolución de cualquier culpa.
Muy corto es ese lapso,
Tan fugaz, tan precario
Que apenas te das cuenta
De qué aún eres tú, que tus preguntas siguen siendo las mismas.
Después todo regresa a sus inercias».