Este verano está siendo revelador de nuestras vergüenzas: incendios inextinguibles, invasión posmo de la frontera sur, un eclipse solar casi simbólico y el televisor bramando con la moldeada voz del periodista que sabe poner énfasis en los nudos del mensaje: calor, derechos humanos, inversión, ático, La Mareta, Schengen, cambio climático, fascismo…
Nada ha podido detener el avance sobre mi pobre persona desarmada de la ola informativa que deja el espíritu en cenizas. Me aferré a Casiano, escuché con atención a los Padres del Desierto, me repetí ante la emergencia la fórmula segura: Deus, in adiutorium meum intende. Nada ha preservado mi defensa, han caído sobre mí las sombras del odio y el asco, de la desesperación y de la ira, la lascivia y la acedia. He sido el animal, he sido la llaga, he sido y soy la pululación de larvas y el rostro infame. Han caído sobre mí las potencias del mundo que moran hoy en mi alma impura. Estoy integrado y gozo del saludable bienestar del que respira el aliento de las bestias.
Sobrepujando toda esperanza un susurro tenue, albergado en la ciudadela inquebrantable, me permitió hace algunos días interrumpir el ruido constante. Se ha abierto paulatinamente un rosario de quietud, un paisaje de sosiego interminable por el que discurre el rumor de un agua de vida que no acaba. He agradecido la herida ardiente de la culpa y he suplicado la ayuda inmerecida de una gracia rebosante. Luego he apagado el televisor y he silenciado las pantallas.
He salido a caminar con la mirada inclinada hacia el suelo, he escuchado el ritmo de mis pasos en la grava, he sujetado a la fórmula el ritmo de mi respiración y no he pensado en nada. He contemplado la cruz oxidada en la puerta de un edificio moderno, de cerámica vidriada y cristal velado, del que procedía un murmullo sin palabras. He consultado el horario. Soy un miserable que se conoce, con la sensibilidad de una acémila y con un alma estragada por una larga intimidad con la nada, pero encuentro en mí la débil llama que titila y que nadie apaga. Me he aferrado a la voz que siempre me acompaña. En este verano revelador o apocalíptico que empezó con la fiesta pagana de la victoria mundial y que nunca acaba, trato de encontrar el camino que nos saca de la turbia desolación y la desesperanza.
Es una vía alejada de la sórdida entonación que se aprende en escuelas de periodistas: aprendices de lo efímero, ridícula contrafigura del maestro eterno. Alejada de la turbulencia de las palabras y de los ecos impensados que reiteran el croar de las ranas. Es una vía alejada de la legión creciente de los ciegos que reclaman atención a través de sus cámaras, almas diminutas que extienden la miasma. Técnicos de la emoción y la mejora de uno mismo por uno mismo: influyentes multitudes de la nada masiva, de la esterilidad y el viento helado.
Hay belleza en el calor abrasador y en el pasto seco, en el agua limpia que repara el cansancio, en el polvo del camino y en el rostro surcado por el sudor polvoriento y el gesto cansado. Hay belleza en la quietud que me abraza tras el fragor de una batalla que siempre he sabido perdida. Hay belleza en los que siguen mis pasos, que siguen otros cuya huella está en la mía. Hay belleza en rehacer el gesto y repetir la palabra que pronunciaron millones de labios a lo largo de los siglos. Hay una belleza infinita que se abre a los ojos que ya no miran el feo bramido del mundo: cifras, estrategias, emergencias, asaltos, exigencias. Datos una y otra vez reordenados al servicio del espíritu de abstracción que apesta la tierra.
No predico la huida del mundo. Clamo por la distancia que mida el valor de la defensa y el sentido del ataque. El resto es simple agitación que termina en derrota o en una victoria aparente que oculta la miseria real del que ignora la condición de sus actos.
Es éste el único sentido del descanso y hemos de abrazarlo hasta ser uno con nuestra substancia. En el combate cotidiano, en el dolor y en la alegría que no dejarán de tomarnos ante la voz desabrida o ante la mano tendida, ante el esfuerzo insignificante de cada día o ante el trazo tenue que aún percibimos en la escritura de nuestra vida. El resto son vacaciones bien gestionadas, eficaz reconstrucción que nos devolverá mañana a la negación que nos envuelve y nos domina. Tras el velo de los acontecimientos y bajo un sol de justicia, la única revelación se abre paso a través del silencio de las pantallas oscurecidas.