Opinión

Cuatro días en el Camino de Santiago

TRIBUNA

Gabriel Alonso-Carro | Martes 18 de agosto de 2026

Los peregrinos comenzamos a reunirnos un jueves de agosto. Una amiga estaba ya en el monasterio de S. Salvador del Monte Irago, disfrutando de la paz y el silencio monástico. Yo mismo llegué la noche anterior a Astorga, aún no muy entrada la madrugada. Otro matrimonio amigo viajó esa misma mañana desde Madrid. Al ser la festividad de La Transfiguración comenzó el viaje con la solemne Misa de la festividad titular del monasterio benedictino de los monjes junto a los que nos alojamos: San Salvador.

Habíamos comprado para ellos un exquisito chocolate en Asturica Augusta, 80% de cacao, que agradecieron tanto que se ve su debilidad por algo tan agradable al paladar. Comimos invitados a su fiesta con los religiosos y a la salida del refectorio y tras la comida monástica en silencio, conversamos muy animadamente sobre la experiencia del Camino a Santiago con algunos peregrinos y algún residente en la hospedería que pasaba unos días allí.

Tras una charla de enjundia y honda en el hotel, sobre asuntos que habíamos recientemente vivido, hicimos un breve descanso para subir en coche a la Cruz de Ferro, hito del Camino de Santiago: al lado de una pequeña ermita dedicada al Patrón de España. A la vera y a la sombra del Apóstol hablamos acerca de Santiago, su vida y su presencia actual en la tradición hispana. Tras leer allí la bendición del peregrino como oración se inició caminando un tramo del Camino de Santiago en sentido inverso hasta Rabanal del Camino, final de una de las más conocidas etapas.

Por el sendero peregrino se divisaban los verdores de la vegetación exuberante de los lugares húmedos y a lo lejos, en el horizonte, amenas y suaves colinas: a la izquierda de los Montes de León y , en lontananza, la histórica ciudad bimilenaria de Astorga. Tras una breve parada en un animado hostal de Foncebadón, en que los peregrinos cenaban alegremente y hasta bailaron al son de un acordeón, se prosiguió caminando.

La tarde comenzaba a caer. La luz solar iba decayendo y pronto, con el ocaso, comenzaría muy lentamente -al estar al oeste y ser verano- a ir desapareciendo. Corría una brisa agradable para ser agosto, alguna persona hasta pedía una chaqueta: es el encanto de los montes y promotorios elevados como este del Irago: terrible en los inviernos por las nieblas que extravían, las lluvias húmedas constantes, las nevadas copiosas y los vientos impetuoso gélidos como las temperaturas que en este lugar habían de soportarse. Es el punto más alto de Roncesvalles a Santiago de Compostela. El andar peregrino, sin embargo, durante siglos ha superado las dificultades mirando sin cesar a la meta, el Pórtico de la Gloria y el Sepulcro del Apóstol, donde se le abraza devotamente.

Llegó la noche y se iluminó el cielo con miles de estrellas en ese cielo limpio y nítido que inspira el recuerdo de la infinitud del cosmos y de nuestra propia finitud. La Vía Láctea indica el Camino, así como a los marinos la Estrella Polar. Se olvidó recoger el hecho de que en la Cruz de Ferro se pudo hacer una breve oración y dejar una piedra, como hacen los caminantes, algunos la portan de muy lejos como signo penitencial y de arrepentimiento, camino de la gran perdonanza en Santiago. "Utreia e Suseia", siempre "adelante, y más arriba", es la consigna hacia Compostela.

Llegó al día siguiente, viernes, la última peregrina del grupo, que unió a los que estaban visitando el Palacio de Gaudí en Astorga y en la plaza nos unimos, por fin, el grupo al completo. Los varones fuimos a dar una vuelta en coche -por un pequeño percance que tuvimos- mientras ellas caminaban cruzando Astorga por sus calles y plazas exclamando en la Plaza Mayor: ¡aquí nos tenemos que tomar un café! Y a buena fe que lo hicieron después, por la tarde, a los pies de los maragatos dando las horas. Esa mañana ellas también tuvieron oportunidad de conocer el Jardín de la Sinagoga y recorrer la muralla medieval por su parte superior hasta encontrarse todos en la plaza junto a la calle de la Culebra, muy cerca de la Catedral.

Pudimos visitar el antaño hogar familiar de uno de los amigos que íbamos en el grupo, construido a principios del s. XX. Tras la visita doméstica, el grupo salió en dos coches, nos acompañaban invitados, hacia al mesón donde una original camarera sirvió las viandas. Debimos llegar con hambre porque nos apuntamos a las especialidades de la casa: croquetas, huevos con zorza o con panceta y beicon. Tras el almuerzo, un paseo por Astorga con café y buena charla en la Plaza Mayor (y, por supuesto, buena compra de chocolate de la tierra, especialidad de la ciudad).

Camino de regreso en dos coches a Rabanal, con algunas sobras recogidas de las comidas, subimos de nuevo a la Cruz de Ferro -aún con luz del día- para que la rezagada viera la subida al puerto de Foncebadón y cenar allí a la luz de las estrellas. Cena maravillosa iluminada por los astros con un firmamento nocturno limpio y claro: con un cielo plenamente estrellado y una Vía Láctea preciosa. Hacía frío, a pesar de ser agosto, y gracias a alguna ropa de abrigo pudimos abrigarnos y aguantar la baja temperatura y el relente de la noche.

El sábado pasábamos el ecuador del viaje. Tras un breve encuentro y saludo, en el que la última en incorporarse compartió sus recuerdos alemanes con el P. Juan Antonio, superior de los benedictinos, tomamos la ruta de Santa Colomba de Somoza para ver una casa antigua maragata. Llegados al pueblo estaban aún abriendo el caserón. La visita pareció gustar, dada su antigüedad, tipismo y decoración. Se pudo disfrutar de una visita pausada y completa: no es fácil conocer casas así de añejas y cuidadas, creo: una suerte y una oportunidad.

A continuación fuimos al pueblo típico de Castrillo de los Polvazares: uno de los pueblos con encanto de España y donde vivió una temporada Concha Espina para escribir "La Esfinge Maragata". Tras una copiosa comida de embutidos leoneses, adornada con tomates y helados de postre, con buena compañía, buena conversación y buena mesa nos dirigimos al Torreón de los Osorio -en Turienzo de los Caballeros-. Los marqueses de Astorga tienen aquello fabulosamente decorado y allí hasta durmió Felipe II, el emperador. La Torre es lo que queda de la fortaleza templaria que hubo anteriormente. El lugar cuenta con una hermosa leyenda sobre dos amantes convertidos en piedra que aguardan su liberación como parte petrificada de la catedral de León.

Sin olvidar de esa tarde el rato pasado con Maxi Arce, pastor y músico popular de la comarca, que nos contó muchas anécdotas de toda una vida en el campo, nos tocó el tamborín y su flauta maragata. La parte de la tarde con él no pudo ser más auténtica. Un hombre de una pieza -de los del campo español-. El día siguiente, domingo, fue el día de regreso. Fue un viaje rápido e intenso que queda como un bonito recuerdo de amistad, convivencia, contemplación, historia, paisaje y paisanaje. El recuerdo del lema: "¡utreia et suseia!, ¡adelante, más arriba!" del Camino a Santiago queda grabado a fuego como lección vital aprendida en estos preciosos días.