Opinión

De la discreción del turista japonés

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 20 de agosto de 2026
Ahora que transcurre el veranito y estamos entre días de esparcimiento y ya el regreso a clases habiendo pasado la Copa del Mundo 2026, traigo a la memoria una anécdota del verano anterior que viene muy a cuento al ver a los turistas deambulando por los museos de la capital mexicana, en medio del anuncio del gobierno federal acerca de las cifras de visitantes internacionales registradas entre junio de 2025 y junio de 2026, que alcanzan los 51 millones. Una cifra no vista antes y, claro, se nota en las calles, porque en algún lugar hay que meterlos.
Pues bien, encontrándose servidorito en una conferencia en el Museo Nacional del Virreinato, en Tepotzotlán –ese portentoso escenario que resulta ser el extemplo jesuítico de San Fracisco Xavier con sus gigantescos retablos barrocos en pan de oro– admirando todo aquello, mientras el expositor disertaba su proverbial ponencia ante un público medianamente nutrido, atento, yo incluido; y en eso, ingresó al recinto por el transepto un nutrido grupo de turistas japoneses, alrededor de unos 20 a lo máximo –de todas las edades y entre ellos iba un sacerdote a juzgar por su alzacuellos (presumo que católico, sí)– y ya sabe, con sus clásicos gorritos, portando su infaltable cámara en mano, apenas hablando entre sí al percatarse que, si bien, el lugar ya no es un templo activo, había un acto académico.
Discretamente, apenas tocando el suelo, avanzaron sigilosos sorteando el espacio dirigiéndose al fondo de la nave central para visitar el Camarín de la Virgen de Loreto que se erige contiguo al sotocoro. Quienes estaban de espaldas a ellos siguiendo al orador, apenas si los notaron por la diligencia con la que transitaron. Como me encontraba sentado en la primera fila del segundo grupo de sillas, bordeando esa suerte de deambulatorio improvisado, fue que pasaron frente a mí y no perdí detalle de su indumentaria, actitud y gestos. No es que me guste el chisme, pero estaba con un ojo al gato y otro al garabato. Puede contemplar la nave central aquí https://cem.org.mx/la-experiencia-sensible-en-el-templo-de-san-francisco-javier-de-tepotzotlan%EF%BF%BC/ .
Se perdieron un rato dentro del Camarín de la Virgen, que es un verdadero portento del barroco novohispano, un despliegue artístico sin par, que quita el hipo como todo el recinto –y que usted no debe perderse si acude a Tepotzotlán– y tardaron en salir, como era natural. Cuando lo hicieron, se esperaron unos a otros en orden en tanto admiraban el entorno, se reconformó el grupito ajeno a ser bandada y tras de tirar algunas fotos más, discretamente tomadas, abandonaron la extinta iglesia, exactamente como habían ingresado a tal: en silencio absoluto. La rampa que permite el acceso cruje un poco, todo dígase. Algunos al percatarse de ello, la esquivaron y con una zancada dejaron ese espacio con tal de evitar la mínima molestia, el mínimo ruido distractor al ponente y al público allí congregado. Un ejemplo de civismo, un derroche impecable de civilidad, absolutamente encomiable. El conferenciante desde el otrora presbiterio no detuvo su exposición jamás alterada por la presencia de aquellos visitantes y me atrevo a decir que no se percató de esa incursión con el detalle que he descrito, absorto en su labor, como le hice ver cuando coincidiendo en una comida posterior, le conté lo mismo que usted está leyendo.
Admirable. Simplemente admirable fue el respeto, el cuidado, la educación, la cortesía de estos turistas japoneses que prodigaron en su recorrido con una discreción más que absoluta. Así da gusto, convendrá apreciado lector, cuando campean esa deferencia y esa actitud tan formidablemente comedida. Tan me resultó llamativo como sorpresiva su presencia –pues no había visto un contingente japonés en esos pagos– que la sigo recordando y se la comparto con muchísimo gusto.
Excuso decir que el último en salir y de manera más pausada, fue el sacerdote. Ponía más atención en los lucidores componentes y artilugios de origen ritual, en las exuberantes imágenes que paramentan con singular belleza y encomio y las eclesiales estatuas que ornamentan los recargados retablos de esa herencia jesuítica; notábase más curioso que sus acompañantes e iba mirando con más detenimiento los prominentes y exquisitos decorados que conforman los abigarrados altares de la iglesia en comento. Cuando llegó a la puerta terminando su recorrido, subió la rampa con sumo cuidado y echó una mirada fugaz a la nave central con cierto ¿regusto? ¿nostalgia? ¿anemoia? Como si deseara ver aquello en su uso original, acaso revestido de una magnificencia que solo el barroco puede prodigar y que no tuviese o haya visto en su país de origen. No lo sé. Fue apenas una furtiva mirada inventariando ese excelso legado y prosiguió su andar para alcanzar a sus paisanos, entre quienes ninguno hizo lo que él.
Como apostilla más que como colofón, le cuento que preguntando en la caseta de información turística situada a varias decenas de kilómetros de Tepotzotlán, a las afueras del Museo Nacional de Antropología ubicado en el bosque de Chapultepec –espacio tan elogiado por la Princesa de Asturias en la pasada entrega de los premios homónimos, galardonándolo– me dijo la encargada de turno que durante el Mundial lo que más atendió fue a rusos, ucranianos, uzbekos y colombianos. Me quedé algo estupefacto. ¿Rusos, ucranianos? No cabe duda que la guerra de Ucrania no es para todos. Unos a padecerla y otros andaban en el Mundial.