Opinión

La vida estancada en el tiempo

TRIBUNA

Ricardo Franco | Jueves 20 de agosto de 2026

La vida corre tanto en nuestra contra y se repite cada semana, cada mes, que pareciera una de aquellas cintas transportadoras del aeropuerto por las que pasan maletas, días, puentes y la
piedra facturada por Sísifo, cuando se va de vacaciones. Hacemos propósitos y ahora, sobre todo, eventos de cualquier cosa para elevarlos a categoría de Gran Acontecimiento. Pero nada parece imponerse sobre el tiránico paso del espacio físico en nuestros cuerpos, aplastados po la jornada, la reunión, la misma comida, la misma corbata, el mismo fingimiento. La erosión del tiempo nos empuja, nos zarandea, nos cansa, nos envenena poco a poco, llenando nuestros pulmones de un hambriento deseo por respirar otro aire y aspirar otras palabras, otros aromas, otros perfumes, otros rostros, otras latitudes. Así vamos de lunes a lunes como fichas aplastadas, estirando los cuerpos, ya entumecidos, y el alma casi muerta ante los mismos sucesos, las mismas reyertas, las mismas actitudes de todos los domingos; con ese hálito mortecino, fantasmal del viernes al amanecer, cuando todo nos obliga a la esperanza de un renacimiento distraído, alguna fiesta y, sin embargo, aparece tan sólo otra jornada más de promesas inconclusas sobre el diario, las opiniones, el editorial, los deportes, el cuchicheo, la cultura y si hay fuerzas, el restaurante, las copas y las risas. Y en medio de un aparente vitalismo, nadie habla de ese sentimiento luctuoso, de esa trastienda sucia de la semana, de ese almacén de fatigas y desencantos, de ese día del Señor en qué sólo para él existe la probabilidad de una resurrección y para nosotros —pobres mortales adultos— sólo nos queda su pan; tan sólo su pan en migajas desperdigadas sobre el mantel fino y limpio. Sí; jugueteamos ahí con ellas en la eterna sobremesa del sábado, en la cena programada donde todos decimos estar bien para quedarse ante nosotros como cuentas desperdigadas de un rosario roto de paciencias, junto al vino y las sobras de otra semana entera —otra más—, interminable, en la que nada y todo ha sucedido según lo previsto; según la inocente planificación de quien olvida que el resultado serà siempre igual. De ahí el enmudecimiento, o la riña, ante tanta abstracción y tanto lugar común de sentimentales tópicos en las palabras y, sobre todo, en la mentira de cada respuesta, envuelta en esa fatiga de conversar con los mismos rostros en el trabajo y en la casa, en el bar.

Así aparece otro olor de la infancia, un recuerdo de otros tiempos, una fotografía grabada en la memoria, el rostro de ella, una anécdota ancestral en la que la siesta no era el limbo deseado que hacía más corto el aburrimiento. Y así, desconcertados, volvemos al jugueteo con las cuentas de pan mientras seguimos contando los segundos para levantarnos, pues ya es hora de volver al cuarto, a la celda cual monje de clausura, cartujo de una pena a meditar, carmelita descalzo sobre los cristales rotos de una dicha, dominicano peregrino de una tristeza enroscada en la escalera oscura de caracol que nos lleva a la cama exhaustos, ebrios, llenos del mismo plato, el mismo sabor, la misma delicadeza, el mismo día sin sal y la misma noche sin aventura.

Sí; habrà que acostarse antes. El día ha sido muy largo. Leeremos unas páginas, quizá paseemos en el filo de las sombras donde algún remanso de sol posa todavía su polvo de oro en las esquinas, en los quicios de las puertas, en los cristales de las ventanas como el deseo de una vida nueva a las puertas de otra semana de dolores. Quizà haya cine. Quizà otra cita con amigos. Quizá el paseo largo de vuelta. Quizá todo eso y nada a la vez.

Quien no se duele en estos días es porque todavía es un bendito niño o un cínico contumaz. Porque si hay un signo del que brotan las preguntas más dramáticas a granel, ahogando toda fácil satisfacción es el eterno pesado paso del tiempo. Y tras el olor, los peros, las hipótesis y los silencios, de nuevo los lunes, los martes de una rueda infinita de presentes continuos en el mismo lugar. Ojalá nos despidan. Pero habrá que atravesar el martes, el miércoles, el jueves —otra vez— sin un verdadero cambio en nuestro corazón. Sin un verdadero amor que llene el inmenso hueco de nuestra espera.Y al fin sin fin de una vida sin filo, en la que ya no se teme a la muerte, sino al hastío de nuestra agenda vacía de significado. Por eso diría Manuel Altolaguirre:

« …Allá van nuestro recuerdos
mostrándonos lo que fuimos
y para siempre seremos,
cristal en que nuestras almas
revivirán lo vivido
en las prisiones del tiempo.
Estar lejos de la muerte
es no verse, es estar ciego,
con la memoria perdida,
nublado el entendimiento,
sin voluntad caminando,
volubles, desconociéndonos. »