La propia existencia debería conllevar la obligación de ser consciente de lo que se tiene delante. Por desgracia, son muchas las personas que siguen mirando sin en realidad ver. Los más agudos hacen un uso crítico de su facultad de pensar, aunque parezca no estar ya de moda. Uno de ellos es sin duda el poeta y crítico literario abulense José Luis Morante (1956). Uno de los ámbitos donde más ha despuntado, siendo éste bien difícil, es el del aforismo. A lo largo de distintas obras como Mejores días (De la Luna Libros, 2009), Motivos personales (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2015), Migas de voz (Universidad Autónoma Nacional de México, 2021) o Planos cortos (Ediciones Trea, 2021) nos ha brindado —en sus propias palabras— todo un “muestrario capaz de reflejar, con mínimos materiales, la sensibilidad escindida del yo pensante contemporáneo”. Su último libro que aquí presentamos, Oficio de callar —publicado por el sello Mahalta Ediciones en su colección Axiales— surge precisamente de forma paralela al estudio-antología sobre el aforismo español contemporáneo Paso ligero. La tradición de la brevedad en castellano (Siglos XX y XXI) —Ediciones de la Isla de Siltolá, 2024—. Morante se dejó impregnar por la influencia de aforistas consagrados como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Juan Eduardo Cirlot o Carlos Edmundo de Ory. Como afirma nuestro autor, “nadie es autosuficiente ni camina a solas hacia el amanecer. Somos un círculo aleatorio de lecturas y experiencias”.
Son muchos los ingeniosos nombres dados a lo largo de la historia por distintos autores a los aforismos: “Voces, cohetes, aflorismos, breverdades, pecios, relámpagos, pepitas, aerolitos, ideas líricas, luciérnagas, vilanos, migas de voz”. Para el autor, “la terminología aforística mantiene una incontenible floración tropical”. Eso sí, siempre breve: “Arquitectura subversiva que contiene la esencia: menos es más”. Toda una enmienda a la totalidad de la frase atribuida al arquitecto alemán Mies van der Rohe. Morante afirma que el aforismo “aísla pulsiones del pensar” y “construye enigmas que alteran la superficie del silencio”. Por ello “mide las palabras con humildad, las despoja. Trata de aprender el saludable oficio de callar”. Esta importante idea configura el título del libro, así como también el primero de los aforismos. Un eco de todo ello resuena en la cita previa de G. K. Chesterton: “La simplificación de una cosa es siempre algo extraordinario”.
Pero no sólo la brevedad es fundamental en la construcción del aforismo. También lo es la capacidad para aunar el pensamiento y la lírica. El poeta debe ser capaz de decir “verdades como puños” o “verdades como aforismos”. El propio autor dice en uno de ellos: “los aforismos nacen del abrazo tangencial entre poesía y pensamiento filosófico”, encontrándose “todo repartido desde el principio, al desgaire, abandonado en un rastro por descubrir”. Debe ser el aforista capaz de desencriptar los misterios de las cosas y labrar la tierra de la escritura a pesar de la incertidumbre a la que se enfrenta: “En el avance argumental del aforismo las dudas parecen certezas”. En su tarea, ha de saber captar lo más ínfimo dentro de la cotidianidad. Cualquier lugar es bueno para dejarse asombrar, recobrando esa capacidad que parece ya perdida de detenerse a analizar el mundo. Así nos lo transmite con humor el autor: “Los transportes públicos premian su lentitud con academias de observación costumbrista”. Hay en cierta forma que recuperar la curiosidad del infante: “El niño mira al mar como si tuviese en sus ojos un microscopio”. En ocasiones, la propia realidad puede ser amenazante hasta el punto de mostrar la fragilidad de quien l observa: “Mis ojos salen del telediario con el miedo de un jilguero apresado en la red”. Para conocer lo que le rodea, el escritor tiene la obligación de conocerse a sí mismo, tarea nada sencilla, como podemos comprobar en el siguiente aforismo: “No sabe que la identidad es un trabajo de nunca acabar, en fase de maquetación”. Y aunque se trabaje constantemente sobre uno mismo, nunca se dejará de ser insignificante: “Si miras con atención el lugar que ocupas, dónde estás no hay nadie”.
Una herramienta fundamental para conjugar las cosas conocidas y construir con ellas literatura será la imaginación, que “sale al sol […] y nunca busca sombra a sus divagaciones”. No obstante, para imaginar hay que también conocer, no solo viendo sino también leyendo. Lo contrario será cosa de necios: “Quien escribe y no lee. Una soledad sin árboles”. O: “No hay poetas autosuficientes. Todos precisan la pluralidad de voces”. El propio Morante nos deja entrever sus referencias: Oscar Wilde, Alejandra Pizarnik, Antonio Porchia, Gabriel Celaya, Jorge Luis Borges, Julio Ramón Ribeyro, o “Antonio Machado, Blas de Otero, Claudio Rodríguez, Ángel González… Poetas alejados del dandismo, que nunca se sientan”. Esa facultad del caminar con el pensamiento define al autor: “No tengo vocación de sedentario. Escribir es caminar”. O: “Tantear el camino exige habitar resquicios, ser moradores del extravío”.
Más allá de la compañía simbólica libresca está la literal, a la que Morante también brinda reflexiones. El ser amado y su carácter omnipresente aparece de continuo, como no puede ser de otro modo, en aforismos como éste, tan lógico como paradójico: “No conozco tu ausencia; también estás conmigo cuando no estás”. El optimismo y el sentido del humor están igualmente presentes como otras formas de amar a lo que nos rodea. El segundo “cita a Samuel Beckett como autor cómico”.
Por contra, están las formas de ser negativas, como esa generosidad que “suele sentarse de espaldas” —el poeta aconseja no esperar “más de lo que depende de ti”—. También destaca la vanidad, que “se oye hablar a sí misma con letras mayúsculas”. Hay quien odia, pero incluso para esto se necesita “invertir mucho tiempo en el quehacer teórico”. Quien falta a la verdad posee la extraña “habilidad” de rellenar “la mentira con materiales fiables”. El egocéntrico “traza circunferencias cuyo centro está en ninguna parte”. Hay que tener cuidado con la sobrevaloración de uno mismo, pues “entre el poeta cósmico y el poeta cómico solo hay un siseo”. La “soberbia” en literatura, al descartar “correcciones”, provoca “antologías del disparate”. La crítica literaria también puede salir mal parada si lo que busca es hacer “gastronomía”, juzgando “condimentaciones e ingredientes del poema”. Es así como se convierte en antítesis de la creación literaria, en resultado de un escritor frustrado —o de un “crítico frustrado”, que diría Rafael Azcona con su humor ácido tan único—. Sin duda, la escritura ha de poseer un poderoso contenido y no constituirse con humo: “El verbalismo artificioso encaja la escritura; pinta fachadas de víspera de feria”.
Teniendo en cuenta todas estas cuestiones, se llega a la dicotomía del ser frente a la masa, es decir, de la cohabitación entre el intelecto y su amenaza: “Cuánta convivencia forzada entre multitud y razón”. Pero ese infierno sartreano que dice estar en “los otros” también está en nosotros mismos: “El monstruo que me habita habla de mí”. Resulta inevitable en ocasiones disfrazar el propio rostro de otra identidad, tan poderosa en ocasiones que ocupa el lugar de la propia carne: “Hay máscaras tan reales que imprimen sus trazos y acaban sustituyendo al rostro verdadero”. Igualmente “quienes se disfrazan de sí mismos aciertan. Pasan inadvertidos. Se convierten en simples ilusiones ficcionales”.
Frente al amenazante ser humano, se encuentra la perfecta Naturaleza a la que éste aspira, viniendo a pesar de todo de ella: “En el bucolismo, la espontáne colaboración de una coral diversa y ecológica. Abrevan en la claridad del manantial piedras, juncos, pájaros, nubes…”. Incluso hay algún aforismo que quiere convertirse en haiku, como los que el autor nos brindó en su volumen Viajeros sedentarios (La Garúa, 2025): “En el jardín, con voz enfática, diálogo socrático entre el mirlo y la higuera. El cristal escucha y calla”. O: “En las rendijas de la persiana, la mirada cautelar del día. Desata los nudos negros que dejó la noche”. Esa sabiduría solo puede darla la experiencia de los años. Sobre el paso de los mismos también realizará el poeta distintas meditaciones, como ésta: “Cuando la herida es cicatriz, carne tranquila. Senectud”. Queda atrás pues el tiempo donde el autor imaginaba “el futuro como un acertijo desapacible”: “Entonces, mi ego era una esfinge y quería respuestas inmediatas”.
En sus anotaciones sobre el libro, tituladas Con voz de diario íntimo y publicadas en el número 30 de la revista 142, Morante expresa: “Lo insólito no está lejos, vive en lo cotidiano, en la mirada abierta de la cercanía y allí se dispone a mostrarnos lógica formal, memoria en tránsito y el caminar continuo hasta el presente”. Es precisamente la palabra del aforista lo que remarca el carácter mágico de lo eventual, haciéndolo a su vez familiar para quien lo lee, pues su materia prima es lo universal. Morante consigue acercar lo trascendente desde la sencillez de esas cosas que todos conocemos y conforman nuestro alrededor. Son las circunstancias orteguianas expresadas desde el yo poético lo que da contenido a Oficio de callar, volviéndolas sublimes. De ahí su prodigio.