Opinión

LA LIBERTAD: Más allá de toda alternativa

TRIBUNA

M. Álvarez | Lunes 24 de agosto de 2026

El artículo de José María Méndez, Libertad sin alternativas recientemente publicado, plantea una cuestión que difícilmente puede ser soslayada cuando hablamos del ser humano: qué significa realmente ser libre. Su defensa de una libertad positiva, entendida como capacidad de la voluntad para asumir responsablemente nuestros actos, constituye una reacción legítima frente a cualquier reduccionismo que pretenda convertir nuestras decisiones en meros efectos de procesos neuronales, biológicos o deterministas. También resulta sugerente su distinción entre sentirse libre y ser libre, así como su cautela ante la expresión «libertad-amor».

No pretendo matizar aquí ninguno de sus argumentos, sino prolongar la pregunta. Porque quizá la libertad no quede agotada cuando la situamos en la elección y en la responsabilidad. Puede suceder, y para mí sucede, que tenga todavía un recorrido que comienza precisamente cuando terminan las alternativas.

Estamos acostumbrados a pensar que ser libre significa poder escoger. Elegir esto o aquello, afirmar o negar, actuar de una manera u otra. Incluso la responsabilidad parece descansar sobre ese mismo supuesto: soy responsable porque pude haber actuado de otro modo y, sin embargo, elegí hacerlo así.

Nada de esto es discutible. Es indispensable para una antropología de la responsabilidad. Pero quizá no sea suficiente, y que para mí no lo es. Hay una experiencia humana en la que la libertad parece desbordar toda alternativa: el perdón.

Ante una ofensa real, quien la sufre, puede conservar el resentimiento o desprenderse de él; puede devolver el daño hasta cierto punto o renunciar a hacerlo. Pero el perdón, en su sentido más profundo, no es simplemente escoger una de esas posibilidades. Es introducir una novedad allí donde el pasado parecía haber fijado definitivamente el futuro.

El mal ha sucedido. La herida es real. La responsabilidad del que la causó permanece. Y, sin embargo, quien perdona decide que aquel acto no tendrá la última palabra.

El perdón, es la dimensión más profunda de la libertad: no negar el mal, sino impedir que el mal se convierta en destino.

Por eso el perdón no puede confundirse con la simple cancelación de una culpa. Si el mal rompe una relación, el perdón debe abrir la posibilidad de restaurarla. Si desestructura un mundo compartido, debe “re-crearlo”. Y aquí aparece necesariamente la “justicia”.

El perdón sin justicia, sin justificación, se convertiría en una nueva injusticia, porque terminaría negando la realidad del daño. Perdonar no significa afirmar que lo ocurrido carece de importancia, ni declarar justo aquello que fue injusto. Precisamente porque el daño es real, está ahí, permanece, aunque el tiempo pase. Ha quedado grabado ineludiblemente en la historia.

La história es el notario mayor de nuestra existencia, aspecto muy ignorado por muchos que se empeñan continuamente en reescribirla. La historia, la verdadera historia, acontece, y al ser narrada se desnaturaliza en mayor o en menor medida, por lo que el perdón, el verdadero perdón, tiene que incrustarse en las propias entrañas del acontecimiento. No en el relato.

Es una realidad que el tiempo por sí solo no puede borrar; porque alguien ha sido herido y porque una relación ha quedado rota, el perdón demanda una restauración integral del mal infringido. Y esta restauración no puede limitarse al culpable y a su víctima inmediata.

El ser humano, la persona, es un ser entitativamente relacional: nuestras acciones nunca terminan enteramente en nosotros mismos. Toda ruptura afecta a una trama de relaciones y toda restauración auténtica debe tener también una dimensión relacional.

De ahí nace una cuestión decisiva: ¿qué significa restaurar cuando el daño es irreparable? Pensemos en quien arrebata la vida al hijo de otra persona. La justicia humana puede juzgar al culpable; la madre de la víctima puede llegar incluso a perdonarlo. Pero ni una ni otra pueden devolver la vida perdida. ¿Quién puede entonces restaurar verdaderamente aquello que fue destruido? Siempre quedaría una víctima sin restaurar. La justicia sería injusta.

Aquí comienza a vislumbrarse el límite de nuestras categorías de posibilidades. Si la responsabilidad pregunta: ¿qué has hecho? Si la justicia pregunta: ¿qué corresponde hacer ante lo que has hecho? El perdón que busca la restauración, la justificación, introduce una pregunta mayor: ¿quién puede devolver aquello que la historia ha convertido en irreparable Y que en la historia ha quedado imborrable?

Si el ser humano es esencialmente relacional, la justicia plena debe abarcar a todo el espacio relacional del ser. Esta es la dimensión social del perdón. El perdón no es un pacto entre contendientes. Tiene que alcanzar también al propio culpable, a la víctima y al mundo de relaciones que el mal desestructuró. Y ahí la mera reparación humana resulta insuficiente por incapacidad.

Tal vez por eso debamos entender el perdón no solamente como una restitución, sino como una anticipación de algo mucho más profundo: una re-creación. Una restauración total, sin residuos.

Perdonar no significa olvidar, ni hacer como si el mal nunca hubiese acontecido. Significa impedir que el mal tenga la última palabra. El perdón no borra la historia; la reabre de par en par, para restaurar la paridad perdida.

En este sentido, la justicia encuentra en el perdón su horma, y la libertad se satura ante un horizonte sin límites. Este es ese punto en el que libertad, responsabilidad y justicia comienzan a ser saturadas.

Es por eso que aquí aparece una paradoja que merece ser pensada: quizá la libertad no alcance su plenitud ante la ausencia de posibilidades, sino cuando deja de necesitar toda posibilidad para ser enteramente libre.

Desde esta perspectiva, también adquiere un nuevo sentido la dimensión cristiana de la nueva creación. No como una realidad impuesta desde fuera que coarta la libertad, sino como su consumación. Si Dios no es simplemente alguien que posee libertad, sino la plenitud misma de la Libertad. Nuestra libertad puede entenderse como participación en Él. Él es la Libertad...

No se trataría entonces de que Dios me dé una libertad completamente autónoma frente a Él, sino de que mi libertad sea, en cierto modo, participación en la suya. Cuanto mayor es esa participación, mayor es también la plenitud de mi libertad.

La libertad absoluta es creativa y recreativa en infinitud de matices, nunca hace copias. Algo semejante sucede con la recreación. Dios me crea para recrearse en mí; y en ese recrearse en mí: por participación soy yo quien es recreado en Él. La recreación no es simplemente volver a colocar las piezas que el mal había roto, sino recuperar lo roto en un orden nuevo en el que la pérdida ya no tenga la última palabra.

En nuestra historia, en la historia humana de principio a fin, el perdón fue anticipación en el acto creativo. La nueva creación sería su consumación. En la filosofía griega y en cierto modo, ya se postulaba que el principio de finalidad primaba sobre el de principialidad.

Por eso, quizá el verdadero sentido de una «libertad sin alternativas» consista en una libertad que ha llegado a su plenitud y ya no necesita de ellas para realizarse.

¿Entonces, quién puede consumar el perdón, sino la Libertad Absoluta que no precisa de alternativas? Este es el misterioso límite en el que la libertad humana encuentra su límite, y la Creación adquiere pleno sentido de principio a fín.