Opinión

El Golpe que precipitó la caída del Imperio Soviético

TRIBUNA

Boris Cimorra | Martes 25 de agosto de 2026

Se produjo estos días de agosto, pero justo hace 35 años, en Moscú, la capital de la Unión Soviética.

Los dirigentes más cercanos del equipo de Mijail Gorbachov, el entonces presidente de la URSS, se sublevaron contra su máximo líder, descontentos con los resultados de la “Perestroika” que éste había empezado desde hace seis años (en abril de 1985). Los cabecillas del Golpe fueron el Vicepresidente Guenadiy Yanaev, el Jefe de la KGB (la policía política) Vladimir Kriuchkov, el Ministro de Defensa Dmitriy Yazov, el Ministro del Interior Boris Pugo y el Primer Ministro Valentín Pavlov.

La fecha elegida para el Golpe, el 19 de agosto, fue un día antes de la prevista firma por Gorbachov, junto con los 9 líderes de las 15 Repúblicas Socialistas Soviéticas (que en aquel momento formaban la Unión Soviética), de un Nuevo Tratado de Unión, que el Presidente de la URSS estaba negociando con los jefes republicanos durante varios meses, intentando salvar la integridad del país que estaba a punto de quebrarse. De hecho, las demás 6 Repúblicas se negaron aceptar este documento.

Es que para los finales del año 90, todas las Repúblicas que formaban la Unión Soviética, a consecuencia de las reformas descentralizadoras de Gorbachov, habían proclamado su “soberanía” (las tres bálticas incluso declararon la “independencia”), todavía, “de iure”, dentro de la estructura centralizada de la URSS. Eso significaba que dentro del territorio de estas Republicas las leyes republicanas tenían un rango superior que las que estaba emitiendo el “centro” (el gobierno de la URSS). Esta situación, “de facto”, disminuía enormemente el poder del Gobierno Central y su papel “unificador” entre las repúblicas que hasta entonces formaban un Estado unificado.

Por ello, el presidente Gorbachov, en un intento de salvar la unidad de la URSS, empezó a negociar con los demás líderes republicanos una nueva configuración de poderes dentro del país. Después de varios meses de unas tensas negociaciones (los jerarcas republicanos no querían aceptar la existencia de ningún órgano de poder por encima del que ellos tenían en sus respectivos “feudos”), Gorbachov consiguió redactar un documento que permitía crear un órgano “unificador”, al que todas las Repúblicas delegarían unas competencias específicas “comunitarias” en materia económica, de seguridad, de defensa y de política internacional. Este nuevo órgano dirigiría el actual presidente de la URSS, Mijail Gorbachov.

Pero el núcleo duro y más antireformista del propio equipo de Gorbachov, descontento con los resultados de las reformas liberales de su máximo jefe y, especialmente, con su política descentralizadora que, según ellos, estaba llevando la URSS a la desintegración y la desaparición como Estado (el Nuevo Tratado de Unión, tal como lo veían ellos, que pensaba firmar Gorbachov, apuntaba justo en esa dirección), decidieron no permitir que este destructivo documento fuera firmado por el Presidente de la URSS.

Para ello, los golpistas, con una excusa de que el presidente se puso enfermo y no podía cumplir con sus obligaciones del Jefe de Estado, aislaron a Gorbachov en su residencia veraniega en Crimea (donde él estaba pasando las vacaciones junto con su familia), desconectándola del exterior, lo que estaba impidiendo a Gorbachov salir del recinto del complejo residencial y poder desplazarse a Moscú para firmar, el día 20 de agosto, en el Kremlin el Nuevo Tratado de Unión.

En sustitución del presidente “convaleciente”, fue creado un Comité Estatal para la Situación de Emergencia, encabezado por el Vicepresidente de la URSS, Guenadiy Yanaev, con los cabecillas putchistas (citados al principio del artículo) como miembros.

Comité se proclamó como el único y el máximo órgano de poder, al que debían someterse todas las instituciones y los ciudadanos del país, hasta la “recuperación” del Presidente Gorbachiov. A partir de ahora sus funciones desempeñaría el Vicepresidente Yanaev.

Mientras se encerraban a Gorbachov en Crimea, a Moscú se estaban llegando las tropas del Ministerio de Defensa para establecer el toque de queda ordenado por el Comité, mantener el orden público, junto con la policía, y custodiar los edificios oficiales.

Y sólo la decidida y valiente actuación del Presidente de la Federación Rusa (una de las 15 repúblicas que formaban la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas - URSS), Boris Yeltsin, hizo fracasar el Golpe.

Desde la primera hora de creación por los golpistas del Comité de Emergencia, Boris Yeltsin se trasladó de su residencia veraniega afueras de Moscú (unos 30 kilómetros hasta el centro de la capital), en un coche oficial, con el banderín-insignia del Presidente de la Federación Rusa en el capote, que obligaba a lapolicía del tráfico y a las patrullas militares dar un paso preferente a la limusina presidencial.

Al principio, los ayudantes de Yeltsin no le aconsejaban salir de la residencia, precisamente porque temían que él podría haber sido detenido por los agentes de la KGB en cumplimiento de las órdenes de su jefe Kriuchkov. Pero resultó que tales órdenes no existían porque los golpistas no esperaban una reacción, como la del Presidente de la Federación Rusa, de ningún alto cargo del Estado Soviético.

Una vez llegado a Moscú, incluso antes que el grueso de las tropas golpistas con sus blindados, Yeltsin empezó a llamar a los dirigentes de las principales instituciones estatales, tanto “centrales” como regionales, para advertirles de que no siguieran las órdenes del Comité de Emergencia, dado que éste representaba un Golpe de Estado encubierto y que Gorbachov no estaba enfermo, sino recluido en su residencia en Crimea. Yeltsin comunicaba que desde ahora él, como el Presidente de la Federación Rusa, la más grande y la más importante de la URSS, asumía el poder que los golpistas habían secuestrado al legítimo Presidente de la URSS, Mijail Gorbachov.

Yeltsin se puso enseguida en contacto con los cabecillas del Golpe, especialmente con el Jefe de la KGB y con el Ministro de Defensa, advirtiéndoles que la Federación Rusa no se va a someter a sus órdenes y que va a ofrecer una resistencia con todos los medios a su alcance, incluida la movilización de todos los ciudadanos “rusos”, en primer lugar de los moscovitas, para protestar contra las acciones golpistas e impedir el paso a las tropas golpistas por las calles de Moscú. Y así fue. La respuesta de la ciudadanía al llamamiento de

Yeltsin fue ejemplar. Cientos de miles de personas se movilizaron para protestar contra las acciones del Comité de Emergencia. Más de 250 mil personas se reunieron alrededor de la Casa Blanca (la residencia oficial de la Presidencia y del Gobierno de la Federación Rusa) para formar un escudo humano contra el previsto asalto por las tropas insurrectas de la sede de la soberanía de la Federación Rusa y la detención del propio presidente Yeltsin por la desobediencia a las órdenes de los putchistas.

Pero el previsto asalto no se produjo ni el día 19 ni el 20 ni el 21 de agosto. Yeltsin consiguió hablar directamente con algunos generales que comandaban las tropas del Ministerio de Defensa para convencerles de que no siguieran las órdenes de los altos mandos castrenses involucrados en el Golpe de Estado y que no mancharan sus manos con la sangre de los ciudadanos, que habían decidido defender la democracia y el orden constitucional contra los que intentaban volver el país de nuevo al régimen socialista soviético.

El llamamiento surtió efecto. Una avanzadilla de los blindados, que se acercaba a la Casa Blanca para rodearla, se unió a la gente que se encontraba allí para defenderla del previsto ataque de los comandos para las operaciones especiales. De allí viene la famosa foto en la cual Boris Yeltsin, subido al costado de un blindado, está leyendo el llamamiento a la resistencia a los golpistas.

Al encontrar tan inesperada respuesta de la ciudadanía y de uno de los principales líderes de la URSS – el Presidente de la Federación Rusa –, algunos cabecillas del Golpe empezaron a
recular. No querían sangre en la calle. El primero fue el Ministro de Defensa, Dmitri Yazov. El último el Jefe de la KGB, Vladimir Kriuchkov. Las tropas del ejército empezaron salir de Moscú por la tarde del día 21. El Golpe resultó desactivado. Duró sólo tres días. Pero su consecuencia para el futuro de la URSS, a la que los golpistas querían salvar de la quiebra, fue catastrófico y precipitó su desintegración y la desaparición del mapa mundial pasados cuatro meses.

A los que interesa conocer todos los detalles de aquella intentona golpista y lo que había sucedido a posteriori, los pueden encontrar en mi libro “La caída del Imperio Soviético” (Editorial ACTAS, Madrid. 2021), en el que cuento toda la “historia” como un testigo presencial, ya que me encontraba entonces en Moscú, trabajando para una importante empresa española, que estaba abriendo el camino en la URSS de la “Perestroika”).

Aquel golpe que he vivido en agosto de 1991 fue el segundo en mi vida. El primero lo he presenciado, cuando estaba viviendo en Madrid, el 23 de febrero de 1981, cuyo 45 aniversario hemos celebrado este año. Algunos historiadores, tanto rusos como españoles, encuentran ciertas similitudes entre estos dos acontecimientos que tanto influyeron en el futuro desarrollo de ambos países recién salidos de los regímenes dictatoriales camino a la democrática, pero chocando con la resistencia de parte de las fuerzas nostálgicas de los regímenes anteriores. Incluso existen insinuaciones de que detrás de ambos Golpes se encontraban “en la sombra” los propios Jefes de Estado, en España el Rey Juan Carlos l y en la URSS, el presidente Gorbachov. No existe una documentación irrefutable que lo avale, por tanto, siguen siendo unas teorías y especulaciones.

En lo que sí veo bastante similitud es en la deriva antidemocrática que están sufriendo tanto Rusia como España, con la llegada al poder en Rusia de Vladimir Putin y en España de Pedro Sánchez, quienes están destruyendo la democracia en sus respectivos países desde dentro.

El procedimiento consiste en acabar con la división de los poderes (legislativo, judicial y ejecutivo), en los que se sustenta el sistema democrático, sometiendo el poder ejecutivo bajo su control los otros dos, convirtiéndose en el único poder, dictatorial, sin ningún control ni vigilancia. Putin ya lo ha hecho en Rusia donde está gobernando 26 años, convirtiendo un país democrático, heredado del reformista Presidente Yeltsin, en una dictadura repugnante y agresiva. Sánchez no lo ha logrado todavía, pero va en la misma dirección.

Hay golpes y golpes. Hay los que acaban con las dictaduras y hay los que intentan acabar con la democracia. He vivido los segundos. Pero no pierdo la esperanza de que en España, donde todavía existen las fuerzas democráticas no sometidas al dictado de La Moncloa, hay posibilidad de desalojar el Palacio gubernamental de su actual inquilino con aspiraciones dictatoriales, por medio de un “Golpe democrático”, ganando en las urnas, votando todos los demócratas contra el actual régimen social-comunista, para impedir que España se convirtiera con el tiempo en la Rusia de hoy.