Opinión

Mejor Péguy

TRIBUNA

Carlos Díaz | Viernes 28 de agosto de 2026

Pijolandia, o Piojolandia, son muchos países. Ser pijo, como el mismísimo ser de la Metafísica de Aristóteles, se dice de muchas maneras, pero siempre respecto a un mismo sentido, a una misma naturaleza o condición, a un mismo núcleo, a una misma physis. En efecto, pijo se dice de muchas maneras, léguetai polajós: fresa en México, sifrino en Venezuela, gomelo en Colombia, pituco en Perú, cuico en Chile, caquero en Guatemala, pelucón en Ecuador, cheto en Argentina, chuchi en Paraguay, aunque en chino no sé cómo se dirá, y con este chorreo se alude a una forma de ser superficial, banal, trivial, porque la pijería no comprende lo tonta que es, ni lo ridícula que resulta.

El pijopija no distingue entre sexos, y por eso podría servir de común denominador para la masa minorizada, para niños y niñas (que desde pequeños vocalizan como si tuvieran una hogaza de pan o una sopa blanda en la boca), para adultos fijosdalgo que quisieran ser admirados como hijos de alguien porque no son nadie, para abuelitas fainomerides, por decirlo al modo griego, las cuales rivalizan con sus nietas en alzar la ropa muy por encima de las rodillas, o para abuelos bronceados con el pelo recogido en forma de caracol sobre la nuca y miradas de lanzallamas cual seductores Mañaras o brahmines envueltos en seda. En general, el pijo pinturero se abre a la negritud de playa (el calor les torra o torrifica) con vocina, pues con tanto ruido se superponen al ensordecedor griterío. Y al lado. el cachaciento compañero o la cachacienta compañera.

Cuando se matan por ver el eclipse ajeno sin capacidad para verlo en el propio, me chirrían tanto, que -a falta de catacumbas a mano- no me importaría vivir cual caracol ermitaño. Este verano lo paso junto a don Francisco de Quevedo, que, aun forzosamente clausurado en su Torre de Juan Abad, conversa con sus difuntos literarios; me ha confesado que se metió a escritor porque un día fue a la playa y no pudo soportar a los playeros pijos: a veces los recuerdos postraumáticos forjan escritores. Aunque Quevedo siga siendo envidioso, maledicente, y avaro, genio y figura hasta la sepultura, su ingenio me fascina. A él también le gustan mucho estos versos de Federico García Lorca: “y yo me iré lejos,/ más allá de esas sierras,/ más allá de los mares, / cerca de las estrellas, / para pedirle a Cristo / Señor que me devuelva/ mi alma antigua de niño. Creo firmemente que si hay un más allá tendré la agradable sorpresa de encontrarme en Él”.

Lo mismo le da leer a García Lorca que a Lope de Vega. pues todos los argumentos de la gran literatura universal en manos de un genio como Lope parecen nuevos, incluso las palabras manoseadas resignificadas, sabiduría colectiva compartida por público y por autor. Nada ayuda más a un autor que aunar la inteligente con otros autores y editores amigos. Qué falta nos haría esa españolidad melancólica.

Antes que a los pijos veraniegos, también Quevedo prefiere a Péguy, cuyos textos (excepto los relativos a su patriotismo francés: imposible lo uno sin lo otro) abrazo: “fuimos alimentados en un pueblo alegre. En la mayoría de los oficios, se cantaba. Hoy, se refunfuña. Y hoy en día, todo el mundo es burgués. Nosotros conocimos obreros que tenían ganas de trabajar. No pensaban más que en trabajar. Conocimos obreros que por la mañana no pensaban más que en trabajar. Se levantaban por la mañana, y a qué hora, y cantaban al pensar que se iban a trabajar. A las once cantaban al ir a la sopa. Iban, cantaban. Trabajar era su misma alegría y la raíz profunda de su ser. Y la razón de su ser. Había un honor increíble al trabajo, el más hermoso de todos los honores, el más cristiano, el único tal vez que se mantiene en pie. Por eso digo que un libre pensador de esa época era más cristiano que un devoto de hoy. Porque un devoto de hoy es necesariamente un burgués. Y hoy en día todo el mundo es burgués. Lluís Bagaría, Entrevista a García Lorca, 1936.

Conocimos un honor al trabajo exactamente igual al que en la Edad Media regía la mano y el corazón. Conocimos ese cuidado llevado hasta la perfección, igual en su totalidad, igual en el más mínimo detalle. Conocimos esa piedad por el trabajo bien hecho llevada, mantenida hasta sus más extremas exigencias. Vi toda mi infancia reparando sillas con exactamente el mismo espíritu, el mismo corazón y la misma mano con que ese mismo pueblo había tallado sus catedrales. ¿Qué queda hoy de todo eso? ¿Cómo se ha hecho del pueblo más laborioso de la tierra el único pueblo tal vez que amaba el trabajo por el trabajo, y por honor, y para trabajar, cómo se ha podido hacer de él ese pueblo de saboteadores que en un taller pone todo su empeño en no hacer nada?.

Un artesano de hoy ya no es un artesano. En este hermoso honor del oficio convergían todos los sentimientos más bellos, todos los más nobles. Una dignidad. Un orgullo: ‘nunca pedir nada a nadie’, decían. He aquí en qué ideas fuimos criados. Porque pedir trabajo no era pedir. Era lo más normal del mundo, lo más lo más natural que se podía reclamar, y ni siquiera se reclamaba. Era reclamar su lugar en un taller. Era, en una ciudad trabajadora, ponerse tranquilamente en el puesto de trabajo que te esperaba. Un obrero de esa época no sabía lo que es mendigar. Es la burguesía la que, al hacerlos burgueses, les enseñó a mendigar. Aquellos obreros no servían. Trabajaban. Tenían un honor, absoluto, como es propio de un honor. Era necesario que un palo de silla estuviera bien hecho. Era un principio. No era necesario que estuviera bien hecho por el salario o a cambio del salario. No era necesario que estuviera bien hecho para el patrón ni para los expertos ni para los clientes del patrón. Era necesario que estuviera bien hecho por sí mismo, en sí mismo, para sí mismo, en su ser mismo. Una tradición, nacida, surgida desde lo más profundo de la raza, una historia, un absoluto, un honor quería que ese palo de silla estuviera bien hecho. Toda parte de la silla, que no se veía, estaba exactamente tan perfectamente hecha como lo que se veía. Es el principio mismo de las catedrales.

Trabajaban bien. No se trataba de ser visto o no ser visto. Era el ser mismo del trabajo lo que debía estar bien hecho. Y un sentimiento increíblemente profundo de lo que hoy llamamos ‘honor deportivo’, estaba en aquel tiempo extendido por todas partes. No solo la idea de hacerlo lo mejor posible, sino en lo mejor, en lo bien hecho, la exigencia de llevarlo al máximo. No solo para quien lo hacía mejor, sino también para quien hacía más: era un hermoso ejercicio continuo, a todas horas, que impregnaba la vida misma. La atravesaba. Había un asco sin fin por el trabajo mal hecho. Había un desprecio hacia quien hubiera trabajado mal. Pero esa idea, sencillamente, ni siquiera la albergaban. Todos los honores convergían en este honor. Una decencia, y una fineza de lenguaje. Un respeto al hogar. Un sentido del respeto, de todos los respetos, del ser mismo del respeto. Una ceremonia, por así decirlo, constante. Además, el hogar a menudo se confundía con el taller, y el honor del hogar y el honor del taller eran el mismo honor. Era el honor del mismo lugar. Era el honor del mismo fuego. ¿Qué se ha sucedido con todo eso? Todo era un ritmo y un rito y una ceremonia desde el primer despertar. Todo era un acontecimiento; sagrado. Todo era una tradición, una enseñanza, todo estaba legado, todo era la más santa de las costumbres. Todo era una elevación, interior, y una oración, todo el día, el sueño y la vigilia, el trabajo y el poco descanso, la cama y la mesa, la sopa y la carne, la casa y el jardín, la puerta y la calle, el patio y el umbral, y los platos sobre la mesa. Ellos decían riendo, y para molestar a los curas, que trabajar es rezar, y no sabían cuán bien decían. Su trabajo era una oración tanto como el taller era un oratorio. Todo era el largo evento de un hermoso rito. Se habrían sorprendido mucho esos obreros, y cuál habría sido, no solo su asco, sino su incredulidad, como si hubieran creído que estaban bromeando, si les hubieran dicho que unos años después, en los talleres, los obreros, sus compañeros, se propondrían oficialmente hacer lo menos posible; y que considerarían eso una gran victoria. Una idea así para ellos, suponiendo que pudieran concebirla, habría sido una afrenta directa a ellos mismos, a su ser, habría sido dudar de su capacidad, ya que habría supuesto que no rendirían como podían. Ellos también vivían en una victoria perpetua, una victoria de todas las horas del día en todos los días de la vida. Y, por lo tanto, vivían en conjunto todos los bellos sentimientos conexos, todos los bellos sentimientos derivados y filiales. Un respeto por los ancianos; por los padres, por la parentela. Un admirable respeto por los niños. Naturalmente, un respeto por la mujer (hay que decirlo bien, ya que hoy es eso lo que tanto falta, un respeto de la mujer por la misma mujer). Un respeto por la familia, un respeto por el hogar. Y, sobre todo, un gusto propio y un respeto por el respeto mismo. Un respeto por la herramienta, y por las manos, esas herramientas supremas. ¡Pierdo mi mano al trabajar’, decían los viejos! La idea de que uno pudiera estropear sus herramientas a propósito les habría parecido el último de los sacrilegios. Les habría parecido la suposición más extravagante. Habría sido como si les hubieran hablado de cortarse la mano. La herramienta no era más que una mano más larga, o más dura, con uñas de acero, o más especialmente adaptada. Para un obrero, estropear una herramienta habría sido el recluta que se corta el pulgar. Hoy, en el fondo, su brazo se fastidia por no hacer nada. Y en el fondo se desprecian a sí mismos por estropear las herramientas. Pero aquí está, unos señores de buena posición, unos sabios, unos burgueses les han explicado que eso era el socialismo, y que eso era la revolución”.