Una placa en la parte alta de la calle Jardines, donde gira la cuesta hacia la derecha, bordeando el mercado de abastos, informa al paseante de que puede contemplar los restos de pavimento de siglos remotos; los mismos, se supone, suspendiendo la incredulidad, que pisaron Magallanes, Elcano, incluso un samurái, Hasekura Tsunenaga, que visitó la ciudad en el siglo XVII con grandes honores, recibido por el duque de Medina Sidonia.
La altura y el tiempo que rebosan tales nombres, se quedan en polvoriento soplo cuando uno repara en que los restos de pavimento, tapados por una vitrina, rebosan en realidad suciedad y un desaliñe para nada descuidado, no hay que engañarse. En Sanlúcar de Barrameda todavía puede uno maravillarse con ese lento dispersarse de las fachadas, de los balcones situados en las murallas según se va ascendiendo y la vista otorgando tejados maltrechos, otros planos con cuerdas para tender vacías y las torres de las parroquias. Al fondo, la línea del Guadalquivir y de los árboles de Doñana, en sombra por ese lado a pesar del sol con sus últimas gotas. Un limón arrugado, como se dice en un relato de Juan Bonilla, que ya no puede ofrecernos más.
Ese paso por los lugares, con todas sus implicaciones abstractas, y luego por los reales en los que no podemos deshacernos de las mismas, nos hace quedarnos con un peso que irá notándose de forma imprevisible. Con los duelos ocurre algo similar. Raúl Pizarro, en su último libro de poemas, Con el silencio a cuestas, refleja bien esa carga que, allá donde se mire, traerá sus resonancias. En la luz compasiva de la tarde, en las cercanías de las playas, y la anchura de estas no acaba de explicarnos el desconsuelo o el placer que se escapan a nuestra vista, van forjándose las respuestas a medias que son los versos, un silencio ‘con piedras e intemperie’, escribe Pizarro. Los poemas se mueven entre la serenidad andaluza reconocible en ciertos libros de poetas de la región jerezana, donde los estupores son apacibles y en pocas ocasiones se agitan verdaderamente, cuando deberían. Aceptan la mortificación y la belleza. ‘Quizás nunca me fui de aquel dolor/ y no era necesario regresar’. Detrás de los versos está la búsqueda, puede que ingenua, de considerar si estos han fracasado también, como la fe con su ardiente invitación a las confidencias al vacío. Con todo, la delicadeza en los ejemplos de los titulados Otros poemas del río Wang y Cementerio de Josefov, donde sí se llega a lo que no vemos.
El verano tiene esa cara B. Cuando empieza a distinguirse, la sordera de su alegría tiene derecho a cogerse vacaciones. La poesía toma su relevo, entonces, para guardarnos un cierto entusiasmo que podíamos creer perdido. Hace años, cuando Carlos Pardo publicó su libro de poemas Los allanadores, lo hizo retomando una escritura que pensaba agotada. Pero cada uno de los que integran su índice sirvieron para desmentirle esa coquetería. Volvió a pasar por lo fascinante y lo burdo de lo lírico, para afinarlo con un tono sarcástico y profundo. Varios de esos poemas se acuerdan de personas, lugares y escenas donde era posible reencontrarse con aquello que una vez impelió a borronear unos versos para más tarde repasarlos, dejarlos con un mejor aspecto, ya que, por muchas apatías y lamentos que nos visiten, el verano es, como escribe Pardo, ‘insoportablemente estético’.