Opinión

Un tren en agosto

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Martes 01 de septiembre de 2026

Último jueves de agosto por la tarde. En el andén con dirección a Madrid de la estación de ferrocarril de Zaragoza, un grupo numeroso de viajeros esperamos el tren procedente de Barcelona. Unos esperan sentados en los bancos, que se encuentran todos ocupados. Otros esperamos de pie, apoyados en nuestra maleta. La mayoría de las miradas parecen fijadas en algún punto y se guarda silencio.

Esta estación siempre me ha resultado extraordinariamente fría, sobre todo en los meses de invierno. Su gran envergadura engulle a los trenes y los alberga durante unos minutos. Esta forma de acoger la pausa exhibe a quien mira por la ventana de su vagón cierta calidez inexistente para quien espera fuera. Por eso, la estación anima a las despedidas rápidas, funcionales, apagadas. Se trata de un lugar que no invita a pasar mucho tiempo en ninguno de los espacios previos al descenso a las vías. Sin embargo, esa frialdad también otorga cierta eficiencia al movimiento, algo muy importante en una estación por la que pasan las principales rutas y donde los trenes apenas se detienen. La estación invita a cierto recogimiento. Uno acaba mirando un punto cualquiera, guardando silencio, repasando los últimos días. Septiembre trae nuevos comienzos. Por eso, tal vez, algunos rostros parecen un poco confundidos. Porque, además, en estos últimos tiempos, este medio de transporte no se caracteriza por la certidumbre.

Esta ceremonia de espera contrasta con ese jolgorio, esa marabunta que se montaba en los andenes de las viejas estaciones, tal como nos ha mostrado el cine. En aquellos momentos, las despedidas debían de imprimir un impulso extraordinario al espíritu con el que el viajero afrontaba el momento de la partida. Hoy, en cambio, las despedidas son más reflexivas e íntimas que teatrales.

Una muchacha agobiada resopla:

—¡Qué calor!

Se abanica con una mano y tira de la maleta. Otra señora cargada de bártulos recibe instrucciones a distancia de sus conocidos y desciende por la cinta de una forma vaga, dubitativa. Siempre resulta agradable encontrarse con gente así, donde además la edad no es sinónimo de experiencia. Luego conversa con un trabajador de la estación que ayuda a otra persona que necesita asistencia. La ingenuidad y la torpeza siempre han resultado buenas formas de suavizar la aspereza de algunos lugares comunes.

Una pareja se besa para ser vista. No se trata de una despedida. Simplemente es una forma de pasar el rato, como podría ser otra cualquiera.

Hace calor, pero es un calor grisáceo, atravesado por un aire que dibuja un paisaje de otoño. Estamos casi en septiembre y, aunque todavía quedan días de verano, la luz comienza también a despedirse.

El tren, sorprendentemente, llega puntual y, pasadas las seis y media de la tarde, la estación queda atrás. Un muchacho, a pesar de presentar una apariencia relajada, más propia de alguien que practica surf y disfruta mirando puestas de sol, habla por teléfono con énfasis a través de sus auriculares mientras mira la pantalla de su ordenador portátil y realiza una serie de gesticulaciones.

Me encuentro sentado en uno de esos asientos de cuatro, con una mesa en medio. Las palabras del muchacho llaman la atención de mis compañeros de trayecto: un matrimonio ya veterano. Nos cruzamos las miradas. Estamos en el «Coche Silencio».

Pasada media hora de viaje, como si obedecieran a una orden que nadie ha dado, los viajeros del vagón empiezan a moverse. Sospecho que algo tiene que ver con el cambio de territorio. Ya hemos pasado Aragón y nos encontramos en territorio castellano.

Mi posición, confrontada con la de la mayoría de los viajeros, me permite verlos con cierta facilidad. Sus ojos, demasiado caídos. Tal vez las tonalidades de amarillo, verde y marrón que se repiten en el paisaje cansan la mirada. Las nubes oscuras nos acompañan durante todo el viaje.

Un tiempo antes de llegar, la voz metálica de la compañía ferroviaria nos ofrece una información precisa: una serie de indicaciones que explican que, una vez que el tren llegue a la estación de Atocha, hay que subir por las escaleras para poder salir. Hasta hace poco, esta información, que no genera equívoco, no la facilitaban. Ahora, además, la acompañan con un viaje a menor velocidad. Parece ser que el progreso tiene que ser algo así: ir más lentos a los sitios, guiados hasta en lo más banal, y con el menor compromiso posible.

La señora que tengo enfrente se levanta; su marido tiene que dejarle salir. Una vez la señora está en el pasillo, él ocupa su lugar:

—Perdone que le molestemos. Llevamos un caos de maletas que no veas —me dice el señor.

—No se preocupe, de verdad, no me molestan.

—Llevamos once trenes.

—¿De dónde vienen?

—Este tren lo hemos cogido en Barcelona, porque no hay tren directo desde París.

—¿Entonces vienen de París? ¿Once trenes desde allí? ¿No son muchos?

—Venimos de Londres y Birmingham. Estuvimos en un festival de música. Tuve un problema médico el pasado mayo y no me dejaban viajar en avión. Así que, antes de cancelarlo, optamos por el tren.

—¿De qué tipo de música era el festival?

—Un festival de música de los años ochenta, cerca de Londres, en Henley.

—¿Qué grupos?

—The Proclaimers, The Human League…

—La verdad es que no los conozco.

—Pues estos son los más conocidos. Eran grupos que en su época estaban fuera del circuito español. Además, tú pareces joven para conocerlos. Hay muy buen ambiente. La gente de sesenta se emborracha y va disfrazada. Ya estuvimos el año pasado. Pero estamos agotados. También estuvimos visitando Birmingham.

—Una ciudad muy relevante y con menos nombre que otras. La segunda más grande del país, ¿no?

—Eso es, me ha sorprendido. Además, queríamos ir por Peaky Blinders. Aunque había poca cosa relacionada con la serie.

—Bueno, ya estamos llegando. Ahora, a descansar.

Siempre he creído que el ferrocarril da más sentido y significado a los lugares a los que uno se dirige. El tren llega un poco antes de lo previsto a la estación. En este país, últimamente, se hace todo con demasiada tolerancia.