Cultura

Tankas de la firme luz, de Antonio Daganzo: agradecimientos de belleza

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Miércoles 02 de septiembre de 2026

Hace casi un milenio y medio que surgieron en tierras niponas. Cuentan que su origen está en los mensajes confidenciales que se enviaban los amantes tras una noche compartida, como forma de dar las gracias por los placeres carnales entregados. Con el paso del tiempo, la temática de estos poemas iría transformándose hacia distintos asuntos, como la naturaleza y el presente. Por ello, los tankas son similares a los haikus —que tampoco emplean rima consonante tradicional e incluso sus tres primeros versos tienen la misma medida (5-7-5)—. Sin embargo, se diferencian de los segundos en una variedad mayor de asuntos como el amor, el dolor, las relaciones y reflexiones personales. Hasta la actualidad, han sido muchos los poetas que se han valido de la fórmula del tanka: desde los clásicos japoneses de las Eras Heian y Jamakura como Izumi Shikibu, Ki no Tsurayuki, Ono no Komachi, Saigyō o Fujiwara no Teika, pasando por los modernizadores de la era meiji —Masaoka Shiki, Yosano Akiko o Ishikawa Takuboku— e, incluso, algunos de los poetas más célebres en lengua española del s. XX como Pablo Neruda, Octavio Paz o Jorge Luis Borges.

Que el tanka sigue vigente nos lo demuestra el madrileño Antonio Daganzo (1976) con su nuevo libro de poemas. Titulado precisamente Tankas de la firme luz y publicado en Buenos Aires, Argentina, por el sello Ruinas Circularesnombre que es un claro homenaje al cuento del citado Borges—, se incluye en la muy destacada Colección Iluminaciones. Daganzo ya dio muestra de su interés por la poética japonesa en su previa Pasos de centinela (2021), obra también publicada de forma consecuente en esta editorial. Poeta con ocho volúmenes publicados hasta la fecha —sin contar los dos ya mentados—, destacan los celebrados Juventud todavía (2015, Premio de la Crítica de Madrid), Los corazones recios (2019), La sangre Música (2021) y El murciélago entre fuegos de artificio (2024) —estos dos últimos en RIL Editores—. Su polifacética inquietud le ha llevado a ser autor de la novela Carrión (2017) —merecedora del Premio de Narrativa “Miguel Delibes” de Valladolid (2018)— y del compendio de narrativa breve recientemente publicado Leila Sebastián (Ondina Ediciones, 2026). Como ensayista, destacan los volúmenes de divulgación musical Clásicos a contratiempo (2014) y Música, delicias del asombro (2023, de nuevo bajo el sello de Ondina). Actualmente conduce el espacio radiofónico semanal Pinceladas clásicas en el magacín “La Clicktertulia”, de ClickRadio TV, y, en compañía de Carolina Barreira, el recital poético en formato radio-teatro Poesía de oídas.

Dada la amplitud del género en cuanto a temas, en Tankas de la firme luz se advierten asuntos tan dispares como autobiográficos: la sensibilidad del autor, ya desde temprana edad, y el choque de la misma con las personas de su edad y adultas con quienes trató; la semblanza del amor tanto en experiencias pasadas fructíferas como en otras más amargas; las amistades benéficas y aquellas que, engañosas, no llegaron a serlo; el canto a una música presente de forma literal o simbólica, así como la naturaleza forjadora del alma del individuo en su contacto. Esta última, como veremos, tiene gran presencia en el espíritu del libro, pues de ella mana el sentido de la vida, constituye el mundo y da lógica al ser humano. Así lo refleja Daganzo a la hora de organizar sus tankas en cuatro bloques, con los siguientes títulos: La firme luz, A fuego de sol, Gratitudes y La molienda y el cosmos. La luminiscencia, nos recuerda el poeta a través de la célebre cita de Claudio Rodríguez que precede uno de los tankas de la primera parte, es siempre benéfica para el ser terreno: “Siempre la claridad viene del cielo”.

Los pensamientos surgidos desde la pluralidad de perspectivas se someten de forma disciplinada a la obligada métrica, consistente en 31 sonidos o sílabas que se distribuyen en cinco versos con la estructura fija de 5, 7, 5, 7 y 7. Esa capacidad de síntesis que se le exige al poeta confirma textos tan enigmáticos como líricos por musicales. De La firme luz destacan los dedicados a lo que esplende, distinguiendo su capacidad de alumbrar de su carácter puro y protector: “Esta es la luz / no de turbios cristales / de estrellas rotas / sino la del pan ácimo / que invoca la molienda”. Su potencial se asocia al del individuo, recordando su cara oculta: “Ya está la luz / más completa y más firme / cuando amanece. / Tú tendrás su reverso / si amaneciera pronto”.

La música llega presta, asociando en un juego sinestésico las voces de sus instrumentos con los evocados por los elementos naturales: “Dúo de oboes / con el balcón abierto / sobre los prados. / Llegarán los flautines / a jugar en la hierba”. O también: “En cada nota / su perfecto racimo / de mediodías. / Suma edades el coro. / Láminas de la luz”. El ser humano busca alcanzar lo imposible volviéndose también música: “Cuánto dispendio: / del tambor, el redoble. / Fallida estrella. / Hoy te logran mis manos / con baquetas calladas”. También la música se asocia con otras formas de ser pasadas, en este caso erróneas aunque necesarias para el aprendizaje vital: “Tanto silencio / que guardaron mis discos / aquellos días / de la música absurda, / cuando quise ser otro”.

La luz, nuevamente de las estrellas, también se traslada simbólicamente al conocimiento y al alimento espiritual: “El firmamento: / resplandece en lo oscuro / mi biblioteca. / Son los astros más fijos / sus prestados volúmenes”. Igualmente iluminan las experiencias marginales vitales, confirmadoras del propio libro de la vida: “Notas al margen / en la extraña espesura / de esta novela. / Formidables antorchas / que ni queman ni duelen”. De forma paralela se manifiesta el transitar en los accidentes geográficos: “La carretera, / una recta implacable; / a su costado, / la gozosa revancha / de las cuatro lagunas”. La naturaleza sobrevive a las personas, mutando con las generaciones: “Me lo contaron: / han crecido los pinos / sobre la loma. / Ría de mis mayores, / lienzo nuevo de ramas”. En ocasiones, instantes de una vida pueden quedar detenidos en determinados lugares, retornando con la memoria y el regreso a ellos: “En los cristales / de la vieja estación, / sencillo, noble, / todavía atrapado, / el sol de los regresos”. Lo luminiscente puede surgir de forma artificiosa, aunque igualmente cálida: “Cede la tarde. / Miras por la ventana. / Algo se gesta; / tiene su pundonor. / Súbitas, las farolas”.

A fuego de sol amplía esa mirada hacia la luminosidad que proviene de arriba, siempre humanizadora: “La firme luz / no conoce el rencor / ni ajusta cuentas. / Guarda exacta memoria; / sana a fuego de sol”. Surge el amor en sus múltiples vertientes: del asociado al deseo por el otro (“‘Un don Juan era…’, / dicen de un bisabuelo / de boina y pana. / Lo descubro, ladino, / por mi sangre rondando”) al consentido o no correspondido (“También la quiso / el muchacho altanero / y esa vez pálido. / Decidió cortejarla. / Encontró el mismo muro”). El rechazo e incluso el desprecio o la crueldad se presentan como la otra faz de la moneda: “Rudo maestro / que humillaste al doliente / niño de entonces: / para ti, las batallas; / para mí, los caminos”. O: “Ella murmura; / él sonríe, obediente. / Pareja infame. / De un muchacho se mofan. / Al que yo fui, lo abrazo”.

La semblanza hacia los familiares, que ya hemos podido advertir previamente, se amplía concretando poemas en los progenitores y en su nobleza: “Lo inconcebible: / a mi padre, los suyos / le desahuciaron. / Lo inconcebible, limpio: / mi padre perdonó”. En ocasiones, aunque puede no comprenderse a los hijos, no se les deja de querer: “‘¡Seréis artistas!’ / Brindaron con sus hijos. / Sólo mis padres, / por mí, no lo creyeron: / se sufre el arte en ciernes”. Es precisamente esa sensibilidad la que hace sufrir cuando no penetra en los demás: “Cruzó la plaza / la estudiante ejemplar: / sonaba música, / y despreció la lírica. / Su presente es mediocre”. Del mismo modo: “Cómo olvidarlo. / Cine en la Facultad. / Visconti. Burlas. / Colegas: hoy ya espectros / en parques de atracciones”. Y con cierto humor: “Frente a mi casa, / aquel músico malo / perdía el tiempo / encerando su coche. / Yo escuchaba a Bellini”. Son quienes se muestran inmunes a la belleza los que yerran en el amor: “Piensa el infame / que podría ser suya / de un solo cielo. / No la conoce apenas. / Yo me sonrío, astrónomo”. El ser amado y perdido se rememora en cada una de sus circunstancias y desde distintas emociones: “Rechacé pronto / su voz con sus palabras. / Ya no me duele. / He visto un gesto suyo / cruzando por mi olvido”.

Gratitudes se inaugura con personalidades admiradas y ya míticas de la cultura —Juan Ramón Jiménez. Cristóbal Halffter, Sergéi Rachmaninov, Ángel Guinda—, entrelazándose con otras presentes y queridas. De entre estas últimas destacan figuras como la de Bernardino Hernando que, desde su magisterio y amistad, tanto marcó al poeta: “Por ti, maestro, / supe que las palabras / no se codician. / Son amor: nos persiguen. / Y acaso nos alcancen”. De nuevo llegan los antepasados, conformadores del poeta presente: “Gallego nómada, / hacedor de caminos / mi abuelo, siempre. / Vino azul que encontraba / el cielo de los justos”. O: “Claro refugio, / lumbre clavó en el tiempo / mi abuela heroica. / Como salvó la lengua / de su perdida patria”. Regresan los padres, con poemas bien profundos: “Cada poema / que no sepas leer / en esta casa / lo compuso el silencio / con la voz de mi padre”. Y: “Sube mi madre / a un mirador tan alto / cuando anochece / que la luz venidera / como un dios ya se asoma”. Surgen después lugares, geografías que dan forma a lo sentimental: “Era muy joven / y no logré abarcarte. / Vino la edad. / París: primera gloria / de mis segundas veces”. El Eros se advierte en otros poemas: “Que ocultas, dicen, / las grietas de la tapia. / Tu sombra adoro. / Párpado que adormece / las llagas del recuerdo”.

Sigue el amor para cerrar el volumen con La molienda y el cosmos: “Sube a mis ojos / la nostálgica altura / de una cometa, / y me digo, mi amada, / que es la luz de pensarte”. La música ayuda a seguir con la vida cuando lo amado falta: “No tengas miedo: / por la música vivo / y, de esperarte, / ya se posan los pájaros / en la piel de mis robles”. Se anuncia el regreso de quien se quiere en estos tankas, siempre luminosos por esperanzadores: “Estás llegando / y la luz no improvisa, / pues la luz firme / aprendió soledad / para anunciarte siempre”. El paso del tiempo y otras hostilidades como lo gélido se combaten con el querer hecho lírica: “Vuelvo a mirarte. / Tus facciones parecen / más angulosas. / Más rincones conquisto / donde saberme tuyo”. Después: “No recordaba / un otoño tan frío. / Nieve en octubre. / Yo imaginaba el marzo / de tus hombros desnudos”. Remembranza de momentos felices en geografías que fueron de los amantes: “La esquina dulce, / la plaza que fue pueblo, / el laberinto / de luz que te esperaba / con mis sonoras huellas”. La naturaleza se torna símbolo para evocar los encuentros de la pareja: “Reinan las algas / en la noche flexible / de los abrazos. / Olas fértiles, nuestras, / con su sol escondido”. Se cierra el ciclo con el poema que da título al apartado y que representa el viaje de la vida y el precio de alcanzar la plenitud: “Luz del impulso, / claridad caminada: / molienda y cosmos. / Inapelable riesgo / de merecer la dicha”.

Con sus tankas, Daganzo no solo reflexiona sobre su existencia e inquietudes, sino que los hace comprensibles a todo lector dando carácter universal a cada una de estas cuestiones. Son en resumen agradecimientos de belleza a las características de un mundo por el que sigue transitando y que supone un regalo para todo ser humano.

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