Opinión

Seguridad nacional

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 02 de septiembre de 2026

Como no puede ser de otra manera: "Ceuta no se vende, Ceuta se defiende". Y en esas estamos. Para que España tenga una oportunidad de no renunciar a su honor ni a su hegemonía territorial, es necesario lo que haría cualquier otra nación: no ceder ante la violación de la integridad nacional provocada por la invasión en Ceuta.

Un mes después de lo acontecido en la ciudad ceutí, que a la sazón es como si hubiera ocurrido en Santoña o en Pedrajas de San Esteban, resulta que Pedro Sánchez y sus adláteres, como de costumbre, ponen en práctica su particular negligencia ante la adversidad. Una vez más demuestran que los españoles somos una especie en extinción, pero no solo eso, sino que España, como país, les importa un carajo. La mayor catástrofe fronteriza de la democracia española, provocada por miles de marroquíes, ha servido para que, de nuevo, este Gobierno nos deje —y perdón por la expresión— con el culo al aire y abandonados a nuestra suerte. La indolencia de costumbre. Para ellos somos personas reducidas a un evidente objeto, ignorando nuestros propios sentimientos, inteligencia y derechos. Seres cosificados e inanimados.

De todos los acontecimientos adversos que venimos padeciendo desde hace ocho años, de los que Pedro Sánchez trae causa como presidente del Gobierno, faltaba el de no reaccionar frente a la ocupación territorial de Ceuta. No solo eso, el ciudadano ceutí está sirviendo como experimento de la sinrazón. No obstante, los "caballas" tienen agallas. Se oponen a la violencia, pero apoyan la supervivencia que, con justicia, se supone que incluye el derecho a llevar una vida cotidiana normal con libertad y respeto que todo pueblo y nación merece. Pero claro, para ello es preciso contar con un gobierno que sepa proteger a sus ciudadanos. Y este no lo hace. Son muchas las adversas situaciones en las que ha demostrado su pasividad y falta de responsabilidad. Demasiadas para utilizar el comodín de la casualidad.

En España, con sus gobernantes actuales, estamos expuestos a cualquier cosa, sobre todo a las que no queremos por nocivas y execrables. Cuando Pedro Sánchez levantó el muro de la vergüenza, lo hizo por venganza, por odio y por sentir que la vida le debía algo y que tenía que cobrárselo. Ha ido fragmentando a la sociedad, etiquetando a la ciudadanía por su estética de pensamiento frente a la ética de igualdad y libertad democrática. Don Pedro es la porfía por el poder. Para él, España es un juego, un Monopoly para comprar y vender voluntades donde los sumisos ocupan el arrabal mientras su pléyade goza de los dones del Estado como único método de gobierno.

Un mes después, Ceuta lo único que tiene claro es la instalación de una barrera flotante de plástico en El Tarajal para disuadir el acceso entre España y Marruecos; es como si se instalara un panel de pladur a modo de tabique para contener el ataque de Pearl Harbor. Por eso, “Ceuta no se vende, Ceuta se defiende”. Y ésa es la España a la que estamos obligados, sin odio, sin xenofobia, sin violencia, sin llegar a los extremos y sin la necesidad de ministros y ministras, pequeños diosecillos cuyo cuestionable nivel intelectual nos hace sentirnos degradados dentro y fuera de nuestras fronteras.

Otra cosa es la paciencia. Factor que juega cada nuevo día en contra de la integridad ceutí. A lo mejor este gobierno es lo que persigue para echarle la culpa al Rey, al Cid Campeador o a Bob Esponja. A cualquiera excepto molestar a Mohamed VI, por si el rey alauita envida a órdago y le pasa factura a don Pedro. Hay mucha degradación de poder y ocultación de supuestos secretos oscuros.